La felicidad llega a jirones.
A veces aguardas su rastro,
otras veces, cuando nadie la busca,
golpea suave a la ventana
o aparece en la parada del autobús.
No hay manera de cambiar
lo que ya hice;
ni devolver el tiempo, ni rescatarlo.
Pero queda la decisión
de ser distinto:
tomarse en serio las lecciones,
sacudir la pereza del cuerpo y de la mente.
Aprender, por fin, a recibir
la pequeña brisa de cada mañana,
el rigor del sol en verano
y este frío de invierno,
con la esperanza intacta en la primavera.
No darle tregua a la rabia
ni a la terquedad de negar los errores;
cambiar de raíz, de verdad.
No sé si el futuro me guarde a tu lado.
Solo sé que elijo este presente,
para no volver a perderme
en un pasado que ya fue
y que nadie puede rehacer.