Son las once y no llego.
Sus ojos no dejan de ver el reloj,
cuenta los segundos que se vuelven horas;
las horas golpean su pecho, ahondan su desesperación.
Recurre al rosario y a cada oración,
su corazón se asusta con cada ruido del salón.
Llama y mensajea, y se va a buzón,
y como punzada se aprieta su corazón.
Sus manos se congelan por la tensión,
sus ojos no esperan y no encuentran razón.
Se asoma con ansia de verme, con ilusión;
la penumbra en la calle es como pozo
que todo lo esconde y nada revela.
La angustia gana y su cuerpo ya no pelea,
queda al borde de la cama con el sueño que no llega.
Se escucha que abren la puerta
y el alivio no escucha, no llega;
con ojos llorosos, con ganas de pelea,
pero el alivio y la emoción marcan la tregua.
Y le digo:
—Mamá, ¿estás despierta?
Me toca el rostro y no me condena;
con una calma que termina en gozo,
me da un beso en la mejilla y me dice:
—¿Dónde estabas?