En la penumbra de la noche,
cuando las lágrimas pesan,
mi respiración agitada
busca un aire que falta
por una pesadilla que parecía real.
De vuelta en la realidad,
la oscuridad me cobija.
La habitación, desprovista de alma,
solo conserva el latido que me acompaña.
No quiero pensar
en si tú también me extrañas.
Me levanto a tomar agua,
como si eso pudiera limpiar
y devolverme la calma.
Enciendo las luces de la habitación:
solo un colchón a medio tender
da indicios de un ser
que dejó de ser.
Escribo para ocupar la mente,
aunque fracaso en cada intento
de buscar versos bonitos
donde solo quedan gritos.
Desesperado, persigo el silencio;
pongo música de piano, violín o arpa,
pero ya es tarde:
caen las lágrimas
mientras el cuerpo, vencido, se duerme.
Ya van trescientos días
sin poder conciliar una noche,
sin que tu huella me despierte
y me mantenga en vigilia.
Qué cruel ha sido la vida
al dejarme a solas con el silencio
y la penumbra de un amor
donde nunca lo hubo...
Porque amar es cosa de dos,
y aquí dos nunca hubo.
¿Verdad?