Pobre Sonrisa, che.
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Pensamiento
Pobre Sonrisa, che.
Contenido de la publicación
Era el protector. En realidad, era mucho más que eso.
Se movía entre los árboles casi como si volara.
Los ríos cantaban para recibirlo, serpenteando por los caminos que él mismo les había creado.
Su día comenzaba tallando las grandes montañas, para mantener la imagen del amanecer emergiendo entre sus picos. Con la roca que extraía de aquel tallado, se dirigía a los ríos más caudalosos. Sabía que, en su transcurrir, separarían todo aquello que pudiera enriquecer la tierra y lo llevarían hasta el verde valle.
Después de eso llegaba su parte favorita: atravesar el valle, vadeando los ríos, hasta llegar a su bosque.
Era el lugar más mágico que existía.
Los animales fantásticos que cambiaban de forma y de color eran sus favoritos. Pero también disfrutaba mucho de los monos alados.
Tenía largas conversaciones entre las ramas con ellos. Le contaban todo lo que ocurría en el bosque y él se divertía escuchándolos.
Luego llegaba el atardecer, y se dirigía a la orilla del océano para acomodar los médanos y recibir a los ifniferes: unos seres con forma de caballo, pero cubiertos de escamas, con poderosas aletas de colores que los impulsaban en el agua y que, al salir de ella, lucían como elegantes vestidos.
Todas las tardes salían durante un minuto para despedir al sol en aquella playa, antes de volver a perderse en el agua.
Luego llegaba la noche.
El momento de mayor adrenalina.
Las criaturas oscuras salían desde el pantano, y él iba a su encuentro para combatirlas y devolverlas a su lugar.
Después se relajaba y se entregaba al descanso.
Ese ciclo se repetía de forma perfecta cada jornada.
Pero aquel día, mientras avanzaba por el bosque mágico para encontrarse con los monos alados, sintió un dolor muy fuerte en el vientre.
De pronto, cayó entre las ramas, sin poder detenerse.
Las personas del barrio salieron a la calle para intentar ayudar.
Nadie lo conocía en profundidad, pero todos sabían que era un tipo bueno al que le había pasado algo malo.
«El Sonrisa» le decían.
Porque siempre tenía una sonrisa dibujada en el rostro mientras daba vueltas, pegaba algún salto, como si estuviera bailando. Siempre con la mirada perdida.
Pero aquel día, especialmente perdida.
Alguien lo había apuñalado varias veces.
No tenía sentido. Vivía en la calle y no tenía nada. No molestaba a nadie.
Pero, aun así, otra cosa mala le había sucedido a aquel hombre bueno.
Algunos intentaban detener la hemorragia, mientras otros no paraban de llamar, suplicando por asistencia. Otros lloraban.
Y algunos simplemente miraban, como buscando por dónde se le escapaba la vida.
Y la vida se le escapó.
Pero la sonrisa quedó dibujada en su rostro.
Nadie supo nunca qué había pasado.
Pero elijo creer que, en ese instante, partió hacia su mundo.
Para seguir protegiendo el orden que había creado.
Thoughts
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PermalinkIba metido con los ifniferes y sus aletas de vestido, y lo de las puñaladas me sacó de golpe. No, hombre.
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PermalinkEsperé al culpable hasta el final y no llega nunca. Que nadie supiera qué pasó, en un barrio casi siempre significa que alguien sí sabe y no habla.
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PermalinkTodo el primer tramo, tallar montañas al amanecer, charlar con los monos alados, pelear con lo que sale del pantano de noche, lo leí como un cuento, y cuando aparece el barrio entendí que era el día de un hombre que dormía en la calle visto desde dentro. Las vueltas y los saltos que la gente veía eran él acomodando médanos. A mí me parece lo más justo que quien cuenta elija creer que se fue a su mundo, porque nadie en el barrio sabía más de él que eso.
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PermalinkCon todo respeto, fíjese que leí todo el principio como un cuento de hadas y no vi venir el barrio. ¡Híjole!
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PermalinkEn cualquier desgracia en la calle hay tres que ayudan y diez que miran, y después nadie sabe qué pasó. Apuesto a que al Sonrisa lo tenía visto medio barrio y nadie sabía su nombre.
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PermalinkCuatro minutos a la hora de la comida, y tuve que volver al dolor en el vientre para entender que ya estábamos en la calle. Está grueso.
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PermalinkPobre Sonrisa, che.
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PermalinkEl Sonrisa dando vueltas y saltando por el barrio mientras por dentro acomodaba médanos y despedía al sol con los ifniferes me hizo pensar en toda la gente que vemos cada día en la calle y de la que no sabemos nada. Apuesto a que después de leer esto más de uno los va a mirar un segundo más. Gracias por escribirlo.
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Era el protector. En realidad, era mucho más que eso.