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El mapa de las ausencias

agustin
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PERSONAJES:

  • TOMÁS (30 años): Un hombre atrapado en la inercia de las expectativas ajenas, con un deseo irrefrenable de escapar y rediseñar su vida en soledad.

  • MARÍA (58 años): La madre de Tomás. Protectora, posesiva, convencida de que el amor familiar exige cercanía física permanente.

  • ROBERTO (62 años): El padre de Tomás. Pragmático, de pocas palabras, considera la huida de su hijo como una traición al esfuerzo familiar.

  • VALENTINA (28 años): La hermana menor. Irónica, observadora, la única que intuye las verdaderas razones del distanciamiento de Tomás.

  • CHEN (40 años): Un habitante de Pekín, de actitud pausada y reflexiva, que se cruza con Tomás durante su estadía en China.

  • GAEL (35 años): Barman en Cancún, desenfadado y pragmático, observador del tránsito constante de turistas en busca de respuestas rápidas.

ACTO I: La casa que sofoca

(Escenario: El comedor de una casa familiar tradicional. Hay platos apilados, fotos familiares en las paredes y una luz cálida pero pesada. ROBERTO lee el periódico en la mesa, MARÍA sirve café de una cafetera ruidosa y VALENTINA mira su teléfono. TOMÁS permanece de pie junto a una maleta cerrada cerca de la puerta principal.)

MARÍA: (Dejando caer la taza sobre el plato con violencia contenida) No podés resolver la vida de un día para el otro metiendo tres camisas en un bolso, Tomás. Las cosas no funcionan así. La gente adulta se sienta, habla, resuelve los problemas donde los creó.

TOMÁS: No estoy escapando de un problema, mamá. Estoy intentando encontrar un lugar donde mis pensamientos no suenen con la voz de ustedes.

ROBERTO: (Sin levantar la vista del diario) En China vas a comer aire y vas a hablar con señas. Acá tenés un trabajo estable, un techo y a tu familia. Afuera sos un número con pasaporte.

TOMÁS: Preferible ser un número que una sombra acá adentro. Llevo treinta años cumpliendo la rutina que armaron para mí. Si no me voy ahora, no me voy nunca más.

VALENTINA: No seas dramático, Tomás. Tampoco es que vivías en una cárcel. Solamente no te bancás que te digan la verdad.

TOMÁS: La verdad de ustedes, Valentina. La verdad de que hay que quedarse en el mismo barrio, en la misma mesa, comentando las mismas miserias todos los domingos hasta que nos entierren.

MARÍA: (Se acerca a Tomás y le agarra el brazo con firmeza) ¿Y si me pasa algo mientras estás del otro lado del mundo? ¿Vas a tomarte un avión de treinta horas para llegar a un funeral? ¿Eso vale tu famosa independencia?

TOMÁS: Si vivo midiendo mis pasos por el miedo a lo que les pueda pasar a ustedes, el que ya está muerto soy yo.

(Tomás toma su maleta, abre la puerta sin mirar atrás y sale. El portón de hierro se cierra con un golpe seco. La familia queda en silencio. María limpia la mesa instintivamente; Roberto dobla el diario.)

ACTO II: Las nieblas de Pekín

(Escenario: Un parque en Pekín bajo un cielo gris. Ruido lejano de tráfico y murmullos en mandarín. Un banco de madera. TOMÁS está sentado con un abrigo grueso, mirando un mapa en su teléfono. CHEN se sienta al otro lado del banco, sosteniendo un termo de té.)

TOMÁS: (Hablando para sí mismo, frustrado) Ni el GPS entiende hacia dónde voy.

CHEN: (En español pausado, con un acento marcado) El teléfono muestra las calles, no el destino. Si busca un lugar específico, quizás le esté mirando el lado equivocado a la pantalla.

TOMÁS: (Sorprendido) Habla español.

CHEN: Estudié años en Madrid. Volví cuando entendí que el ruido de Europa no era el mío. ¿Usted de dónde viene?

TOMÁS: De muy lejos. De un lugar donde la gente habla demasiado y escucha muy poco. Creí que si venía al lugar más lejano del planeta iba a encontrar silencio.

CHEN: Pekín no es un lugar silencioso. Hay catorce millones de personas buscando lo mismo que usted: un espacio propio. La diferencia es que aquí nadie le va a preguntar quién es su padre ni qué espera de su futuro.

TOMÁS: Eso era lo que quería. El anonimato total. Pero llevo tres semanas acá y me doy cuenta de que la soledad ensordece. Cuando nadie te conoce, empieza a costar recordar quién eras antes de subirte al avión.

CHEN: Usted no vino a buscar silencio, vino a huir de las voces de su casa. Pero las voces no pagan billete de avión, viajan dentro de la cabeza. Si no aprende a dialogar con ellas, da igual que esté en Pekín o en la luna.

TOMÁS: (Mira hacia el horizonte borroso por la niebla) Pensé que la distancia limpiaba los recuerdos.

CHEN: La distancia solo agranda el escenario. El actor sigue siendo el mismo.

ACTO III: La ilusión de la arena

(Escenario: La barra de un bar de playa en Cancún. Luz tropical brillante, sonido de olas y música suave de fondo. TOMÁS está sentado en una banqueta, vestido con ropa ligera, sosteniendo un vaso con hielo. GAEL limpia vasos detrás de la barra.)

GAEL: Te ves demasiado serio para alguien que está tirado al lado del Caribe con un trago en la mano, hermano. Acá la gente viene a olvidar el reloj.

TOMÁS: El problema no es el reloj, es la memoria. Vine de China buscando calor después de tanta niebla, pero esto se siente como una escenografía.

GAEL: Todo Cancún es una escenografía. La gente paga por la ilusión de que el mundo es azul y el sol no se apaga. Si querés realidad, tomate un camión hacia el interior de la península. Esto es para descansar del peso de la vida real.

TOMÁS: (Saca su teléfono, ve varias llamadas perdidas de su madre y lo vuelve a guardar boca abajo) Mi familia piensa que estoy loco. Empecé en Asia, ahora estoy en el Caribe, y ya estoy pensando en comprar un pasaje para Alaska o Nueva Zelanda.

GAEL: El que mucho corre, de algo se escapa. ¿Qué te hicieron? ¿Te robaron algo?

TOMÁS: Me robaron el aire. O quizás yo dejé que me lo sacaran. Vivir con ellos era como estar atrapado en una red de afecto que te ahoga. Te quieren tanto que no te dejan moverte porque tienen miedo de que te rompas.

GAEL: El amor familiar a veces es como este sol: si te quedás parado abajo todo el día sin sombrilla, te quema. Pero si te metés adentro de una cueva a oscuras, te extrañás de la luz. Hay que aprender a tomar distancia sin meterse en el desierto.

TOMÁS: A veces siento que si freno un segundo, la culpa me alcanza y me hace volver.

GAEL: Pues sigue caminando, pero elegí un lugar hacia dónde ir, no solo un lugar del que huir.

ACTO IV: El límite del mapa

(Escenario: Una pequeña habitación austera en un albergue de un pueblo remoto en la Patagonia o un acantilado aislado. Hay una ventana por la que se ve una llanura fría y desierta. TOMÁS está sentado frente a una pequeña mesa de madera con una libreta abierta. Toma su teléfono y marca un número. Tras varios tonos, se escucha la voz de MARÍA a través del altavoz.)

MARÍA: (Voz cansada, a través del teléfono) ¿Tomás? ¿Sos vos?

TOMÁS: Sí, mamá. Soy yo.

MARÍA: ¿Dónde estás? La última vez que llamaste estabas en México... no entendemos nada, Tomás. Tu padre casi no habla del tema, pero mira tus fotos viejas todas las noches.

TOMÁS: Estoy lejos. En un lugar donde no hay casi nada. Solo viento y espacio.

MARÍA: ¿Por qué te fuiste tan lejos de nosotros? ¿Qué hicimos tan mal para que no quieras estar cerca?

TOMÁS: (Pausa larga. Contempla el paisaje helado a través de la ventana) No hicieron nada mal, mamá. Ese fue el problema. Estaba todo tan armado, tan protegido, que yo no existía ahí adentro. Solo existía el hijo que ustedes querían que fuera.

MARÍA: Te queríamos cuidar, Tomás.

TOMÁS: Lo sé. Pero para aprender a respirar por mi cuenta tenía que salirme de su sombra. Recorrí miles de kilómetros, crucé océanos, me aislé en ciudades donde no entendía el idioma, creyendo que la distancia física me iba a dar la respuesta.

MARÍA: ¿Y la encontraste?

TOMÁS: Encontré que no se puede vivir escapando. El mapa se acaba, mamá. Llega un punto donde ya no hay más países adonde ir, y tenés que hacerte cargo del espacio que ocupás.

MARÍA: ¿Vas a volver?

TOMÁS: No a la casa de antes. No al hombre que era. Pero algún día voy a ir a visitarlos, a sentarme en esa mesa, no como alguien que necesita permiso para vivir, sino como alguien que eligió su propio camino.

MARÍA: (Tras un breve silencio) Acá la mesa sigue estando, Tomás.

TOMÁS: Lo sé. Cuídense.

(Tomás corta la llamada. Guarda el teléfono en su bolsillo. Mira por la ventana, respira hondo, cierra la libreta y camina despacio hacia la puerta exterior, saliendo a la luz fría del atardecer.)

TELÓN