Zion es de una belleza que rompe el corazón. En las fotos y en la realidad.
Llegas desde el desierto y de repente todo cambia: acantilados imponentes, jardines colgantes, ríos, álamos, la luz del sol rebotando en la piedra roja como si el cañón entero tuviera su propio brillo interior. De verdad se siente bíblico. Como si por accidente te hubieras adentrado en el lugar donde los profetas oyen voces.
Cada sendero de Zion se siente como la fila de una atracción de Disney World. ¿Angels Landing? Fila. ¿The Narrows? Fila. ¿El autobús lanzadera? Fila gigantesca. ¿Los baños? Fila de nivel plaga bíblica. Lleva botellas vacías y arréglatelas tú solo.
Le preguntas a un guardabosques si hay algún sendero más tranquilo y te mira igual que una enfermera agotada mira a alguien que acaba de entrar a urgencias pidiendo un jugo en cajita. El guardabosques expira lentamente y te dice "no, siempre está lleno".
Y la cosa es que Zion se merece el bombo. De verdad es así de hermoso. Lo cual de algún modo hace que las multitudes sean aún más molestas, porque no llegas a disfrutar nada de eso. ¿Ir? Quizá, ilegalmente durante la próxima pandemia, cuando todos estén en casa.