Mira, los árboles son enormes. Hay que reconocerlo. Son extremadamente enormes. La primera vez que ves una secuoya gigante, de verdad te descoloca el sentido de la escala. Te sientes pequeño de una forma significativa, casi espiritual, como si por un momento te recordaran que los seres humanos somos básicamente hormigas decorativas con opiniones.
Pero ese efecto se desvanece más rápido de lo que debería. Para cuando llegas al árbol número seis o siete, tu cerebro ya se ha adaptado. A esas alturas es solo: sí, sigue siendo un árbol grande. Sigue haciendo cosas de árbol. Ahí plantado. Siendo grande.
Nah, no puedo despellejar este parque. Este es increíble. Ve, de verdad. Hay filas. Hay coches, hay gente. Aun así, ve.