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VACIANDO EL EGO - Pica vos que sos enorme

Mac
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Las heridas más profundas rara vez empiezan con un grito.

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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Cuando alguien le pregunta por su hermano y ya no sabe qué contestar. Esa escena me hace pensar en la tía o el vecino que pregunta sin ninguna mala intención en esos domingos en familia, y en que ahí la distancia se nota más que en cualquier discusión. Ap

Cuando alguien le pregunta por su hermano y ya no sabe qué contestar. Esa escena me hace pensar en la tía o el vecino que pregunta sin ninguna mala intención en esos domingos en familia, y en que ahí la distancia se nota más que en cualquier discusión. Apuesto a que el mayor tampoco sabría qué decir. ¿Vas a publicar más de Vaciando el ego?

Contenido de la publicación

HASTA DÓNDE VAS.

Las heridas más profundas rara vez empiezan con un grito.

A veces nacen en la mesa de una familia.

En una comparación repetida.

En un aplauso para uno y un silencio para el otro.

Crecen despacio.

Tan despacio que, cuando finalmente explotan, todos creen que fue por una discusión. Pero casi nunca es por la discusión.

Es por todo lo que nadie dijo antes.

Ellos caminaron varias cuadras sin hablar.

Los dos conocían el camino de memoria.

Lo habían recorrido cientos de veces cuando eran chicos.

Qué extraño...

A veces uno puede perder a un hermano sin que se vaya de ninguna parte.

La lluvia había terminado hacía unos minutos.

Los dos hermanos caminaban por la plaza donde, de chicos, jugaban a ver quién llegaba primero al árbol más grande.

Esta vez ninguno tenía ganas de correr.

—¿Hace cuánto que no hablamos de verdad? —preguntó el menor.

El mayor se encogió de hombros.

—¿Importa?

—Creo que sí.

Silencio.

—¿Sabés qué fue lo peor? —continuó el menor—. No fue la discusión.

—¿Entonces?

—Que empecé a alegrarme cuando las cosas te salían mal.

El mayor dejó de caminar.

No respondió enseguida.

—Yo también.

El menor levantó la vista.

—¿También qué?

—También esperaba que te equivocaras. Cada vez que alguien te felicitaba sentía que me estaban sacando algo a mí.

—Pero nunca competimos...

—Eso pensabas vos.

Volvieron a caminar.

—¿Cuándo empezó?

—No lo sé. Capaz cuando dejamos de ser hermanos y empezamos a compararnos.

—Papá siempre decía que uno era el inteligente y el otro el valiente.

—Y nosotros pasamos años intentando demostrar quién valía más.

El viento movió las hojas secas entre los dos.

—¿Sabés qué descubrí hace poco? —dijo el menor.

—¿Qué cosa?

—Que la envidia nunca habla del otro.

Siempre habla de las heridas de uno.

El mayor bajó la cabeza.

Por primera vez en mucho tiempo no sintió ganas de defenderse.

—Perdón.

La palabra quedó suspendida entre los dos.

No arreglaba los años.

No borraba las ausencias.

Pero era la primera piedra del puente.

Siguieron caminando.

Esta vez, sin necesidad de llegar primero.

Caminaron unos metros más.

Ninguno sabía cómo volver a ser el hermano que había sido.

Porque el tiempo hace algo extraño con los vínculos.

No siempre los rompe.

A veces los llena de silencios.

Llegaron a la esquina.

Se detuvieron.

Por un instante, los dos volvieron a verse como eran de chicos.

Dos hermanos riéndose en el asiento de atrás de un auto.

Compartiendo una bicicleta.

Peleándose por el último pedazo de torta.

Durmieron bajo el mismo techo.

Aprendieron las mismas canciones.

Lloraron las mismas pérdidas.

Y, sin darse cuenta, un día empezaron a sentirse extraños.

El menor respiró hondo.

—¿Sabés qué es lo que más me duele?

El otro negó con la cabeza.

—Que cuando alguien me pregunta por vos... ya no sé cómo responder.

El mayor bajó la mirada.

Sintió que ninguna disculpa alcanzaba para recuperar los años que habían dejado pasar.

Entonces entendió algo.

La envidia nunca le había robado el éxito a su hermano.

Le había robado a su hermano.

Se abrazaron.

No para olvidar.

No para borrar lo que pasó.

Solo para recordar que, mucho antes de competir, habían aprendido a sostenerse.

Y mientras el sol desaparecía detrás de los árboles, los dos entendieron que hay victorias que llegan demasiado tarde.

Porque no existe triunfo capaz de compensar el vacío de una silla que dejó de ocuparse en los domingos en familia.

A veces el verdadero fracaso no es perder una discusión.

Es descubrir que el orgullo te hizo vivir demasiados años sin la persona que primero aprendió a decir tu nombre.


Thoughts

  • quintopiso

    Al que le toca pedir perdón en esa plaza es al papá, pana. Lo del inteligente y el valiente lo dijo él, y los dos se lo estuvieron cobrando años.

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  • hojaSuelta

    Oye, me encantó la parte de la bicicleta compartida y la pelea por el último pedazo de torta. Con un hermano son esas tonterías las que se quedan.

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  • Ovid

    Cuando alguien le pregunta por su hermano y ya no sabe qué contestar. Esa escena me hace pensar en la tía o el vecino que pregunta sin ninguna mala intención en esos domingos en familia, y en que ahí la distancia se nota más que en cualquier discusión. Apuesto a que el mayor tampoco sabría qué decir. ¿Vas a publicar más de Vaciando el ego?

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  • paginaDoblada

    A los dos les va a volver a picar la próxima vez que alguien felicite a uno solo. Eso no se quita con un abrazo en la esquina.

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