Upuxu y Woq "la hermana fiel" eran las diosas más hermosas. Woq, la menor, se consideraba la deidad de la belleza; ambas eran muy unidas y se las conocía como las diosas hermanas. Upuxu figuraba entre las divinidades más importantes del panteón y también se la consideraba la deidad del vino. Poseía un gran jardín donde mantenía una variedad de plantas medicinales, cada una con una utilidad específica, y entre ellas cultivaba la uva, fruto con el que fabricaba el dulce licor valorado como la bebida sagrada.
Muxko "el artista" era un fiel servidor de las diosas hermanas, destacado por su disciplina, perfección, laboriosidad y humildad, aunque su debilidad era el vino. Juntos cultivaron la uva, la recolectaron y extrajeron su jugo para luego almacenarlo en unos barriles donde fermentó. Cuando el brebaje estuvo listo para el consumo, lo probaron: su olor era dulce y fuerte a la vez, su sabor delicioso y su color hermoso; una bebida capaz de infundir fuerza al débil, a la cual Upuxu llamó Goñe "vino".
Muxko quedó seducido por su sabor. Ellos bebieron hasta embriagarse; no obstante, el dios consumió tanto hasta entorpecerse que su ser cambió y la lujuria ardió en su cuerpo, llegando a ser atrevido con Woq. Upuxu, molesta, lo desalojó del laboratorio y lo llevó a su casa. Después, ella estudió los efectos de la bebida: determinó que era digna de una divinidad, pero que no se podía tomar en exceso; por lo tanto, como su creadora, controlaría su consumo, pues consideraba una ofensa beberla hasta perder el juicio.
La diosa quería ofrendarle el brebaje a Xor y a las demás deidades, ya que anhelaba que probaran su creación. Ella llamó a su vehículo Vuhu y le ordenó:
—Ve a casa de Xor e invítalo al templo.
Vuhu ascendió al cielo y se dirigió al hogar del gran dios. Cuando llegó, se encontró con Yepuniku y le preguntó:
—¿Quién eres?
En ese momento se acercó Xor y le contestó a Vuhu:
—Ella es Yepuniku, yo le di la vida.
Vuhu se arrodilló ante la nueva diosa, y Xor le preguntó:
—¿A qué se debe tu visita?
—Upuxu te invita al templo; ha preparado algo para ti. Ven con los demás —contestó Vuhu.
—Me gustaría presentarles a Yepuniku —dijo Xor.
Xor llamó a Juvuxu, subió a Yepuniku en su lomo y luego montó él; juntos ascendieron al cielo en compañía de Vuhu con dirección al santuario, alrededor del cual se erigían las moradas de los dioses. Al llegar, descubrieron que todos estaban reunidos esperando su arribo. Las divinidades les dieron la bienvenida y, de inmediato, Xor les presentó a Yepuniku, relatándoles cómo le había otorgado la vida, ante lo cual todos se acercaron a saludarla.
En medio de la reunión, Upuxu anunció:
—Con la ayuda de Woq y Muxko, hemos fabricado una bebida agradable que sirve de alimento. La he nombrado Goñe, y todos la probarán.
La diosa sirvió tres copas de vino: ofreció la primera al gran dios y las restantes a sus acompañantes. Ellos degustaron el elixir, calmando con él su sed y su hambre; era delicioso, por lo que enseguida los demás lo probaron.
Xor le pidió a Muxko que se sentara a su lado y bebiera con él; sin embargo, tras varias copas, el artista continuó ingiriendo el licor hasta entorpecerse. Al perder el juicio, fue atrevido una vez más con las diosas. Upuxu no soportó la vergüenza e, invadida por la ira, lo desalojó del santuario.
Xor se levantó del trono y lo escoltó hasta su hogar; en el trayecto, lo escuchaba y le seguía la idea, pues el artesano se había tornado vulgar y decía cosas sin sentido. El gran dios lo dejó en su morada, donde este cayó profundamente dormido, para luego regresar al templo y despedirse de la asamblea.
Al día siguiente, Muxko reflexionó sobre lo sucedido y sintió una profunda pena; debido a esto, renunció al templo y al servicio de las diosas hermanas, abandonó su hogar y se marchó hacia un bosque lejano sin que nadie lo notara.
A partir de ese día, el vino acompañó las fiestas y ceremonias, consolidándose como la ofrenda principal para Xor. Su consumo moderado era beneficioso; no obstante, en exceso alteraba los sentidos y entorpecía a quienes carecían de dominio. Las deidades lo bebían con templanza, y Upuxu se convirtió en el espíritu del brebaje, encargada de regularlo, por lo que se consideraba una afrenta para ella consumirlo hasta perder el juicio.
A la diosa no solo se le atribuye la invención de este elixir, sino que también creó la bebida que otorgaba la inmortalidad, la cual era celosamente custodiada en una de las habitaciones del santuario.