Huper era considerado el más noble; sin embargo, su espíritu era débil y con el tiempo se corrompió. Deseaba el poder absoluto como meta, sin importarle el precio en vidas. Un día, recibió a Xor y a sus acompañantes en el templo. Las cosas marchaban bien; él fingió regocijo, al igual que Yepuniku. Se reunieron con las diosas hermanas para conversar, comer y beber un poco de vino. Cada vez que la diosa se encontraba cerca de él, se sentía desgraciada.
Cuando oscureció, Huper se alejó hacia los sótanos del recinto sagrado. Allí se encontró con Yove, "el ciego", un demonio con apariencia de sapo que había engendrado con su propia sangre. Él le ordenó:
—Demonio, irás a la morada de Xor, buscarás la piedra sagrada y me la traerás; lo más seguro es que en ese lugar resguarde su poder. Si me traicionas, te destruiré.
Luego, Huper le entregó un mineral extraño que él mismo había forjado con magia oscura, y continuó diciéndole:
—Lleva esta piedra: ella te mostrará el camino hacia el hogar del dios. Nadie te detendrá, porque yo soy el guardián de las profundidades.
Yove salió del templo por uno de los pasajes subterráneos, donde su presencia pasaba inadvertida. Se adentró en la oscuridad del bosque mientras observaba con atención el mineral; aquel objeto le mostró el sendero hasta llegar a la morada. El lugar estaba custodiado por unos animales que advertían de cualquier amenaza; no obstante, el demonio, con agilidad, los atrapó con su lengua y los devoró. Registró cada rincón en busca de la reliquia sagrada, aunque no lograba encontrarla.
Huper estaba preocupado por su tardanza y le habló a través de la piedra que le había suministrado:
—Yove, date prisa; Xor ya quiere marcharse a su hogar.
El gran dios se levantó de su asiento para despedirse. En ese momento, Huper lo interrumpió y le insistió en que se quedara por un tiempo más. A Yepuniku no le agradaba la idea porque sospechaba de él; temía por lo que pudiera estar planeando y por el bienestar de su soberano, así que le suplicó a Xor:
—Te pido por favor que nos marchemos.
A continuación, Xor se despidió de todos una vez más. Él y sus acompañantes montaron sobre Juvuxu y ascendieron al cielo en dirección a su hogar.
Huper trataba de comunicarse con Yove; sin embargo, el demonio había engullido la piedra por accidente cuando se enfrentó a los animales. De pronto, él escuchó el descenso de las deidades, por lo que se acercó y terminaron encontrándose. Xor le preguntó con firmeza:
—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi hogar? ¿Qué buscas aquí?
—Soy Yove, deberías estar temblando ante mi presencia. Entrégame la Oxuj y los dejaré vivir —respondió el demonio.
Enseguida, con un solo golpe, el monstruo destruyó la vivienda. Xor pidió a sus acompañantes que se apartaran e, invadido por la ira, se abalanzó sobre él para arrancarle la cabeza con sus propias manos. El cuerpo cayó al suelo haciendo retumbar la tierra; de la herida brotaba abundante sangre que parecía hervir mientras los restos se retorcían.
De aquella materia orgánica surgieron dos figuras de aspecto diabólico: Vako, "el guardián", y Ñezi, "la noble". Eran dos perros enormes y feroces: el macho lucía un pelaje negro azabache, mientras que la hembra era de color blanco puro. Al nacer, fijaron sus ojos en Xor, se arrodillaron ante él y lo reconocieron como su padre; juraron servicio y fidelidad a las divinidades, y esa misma noche custodiaron su descanso.
Al día siguiente, los perros demonios poseedores de una presencia majestuosa, ayudaron a reconstruir la morada de su señor. Ellos se alimentaban de la carne y la sangre de otros demonios; sin embargo, se mostraban dóciles y leales ante las deidades.