En el templo, Xor reunió a las deidades y las invitó a un festín. Todos colaboraron en la organización: unos se encargaron de la comida, otros de decorar el lugar, las diosas hermanas de traer el vino y Wuhoju de la música. Mientras todos disfrutaban de la reunión, Huper, "el tramposo", aprovechó ese momento de distracción y vertió el jugo de una hierba venenosa en la copa del gran dios, camuflándolo con el color de la bebida. Solo Yepuniku se dio cuenta; no obstante, no alcanzó a advertir a su señor porque el mismo Huper la detuvo, agarrándola con fuerza del brazo y cubriendo su boca. Él le susurró:
—No te preocupes, yo soy el único que tiene el antídoto. Si abres la boca, dejaré que muera y que su espíritu se pierda en el abismo más profundo. Ahora te soltaré y me obedecerás; te quedarás a mi lado.
Enseguida la soltó. Ella permaneció en silencio y absoluta quietud mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. En ese instante, Xor bebió de la copa envenenada; Huper continuó diciendo:
—Yo le devolveré su aliento, sin embargo tendrás que obedecerme. Muy pronto iré a buscarte: abandonarás a tu señor, jamás volverás a verlo y serás mi prisionera. Su vida está en mis manos, tú decides.
La visión del gran dios se fragmentó en múltiples partes, cada vez más pequeñas, hasta nublarse por completo. Se desplomó del trono hacia el suelo, desprovisto de señales de vida; su corazón se detuvo. Todas las deidades se alarmaron y se congregaron a su alrededor, suplicando por su salvación. Yepuniku, rota en llanto, asustada y con premura, le respondió a Huper:
—Ve y ayúdalo, por favor; haré lo que me pidas. No dejaré que muera. Él es mi amor, y si mi destino es sufrir en la eternidad por su preciada existencia, estaré dispuesta a hacerlo. Guardaré silencio.
Al instante, ella se reunió con su señor, mientras el tramposo sonreía con malicia. El espíritu de Xor se halló en una densa penumbra donde escuchaba ruidos extraños que semejaban lamentos demoníacos; a pesar de ser una de las deidades de la luz, permanecía atrapado en las tinieblas, como si hubiera perdido su divinidad. Caminaba a ciegas, buscando una salida o un destello que lo guiara.
Huper, también conocido como Juñuxek, "el sanador" y uno de los dioses médicos, se acercó al cuerpo de Xor. Al administrarle el antídoto, reanimó su corazón en un solo intento.
En ese mismo momento, el alma de la deidad divisó un fulgor, avanzó hacia él y despertó en su mundo. Observó que todos lloraban y rogaban por su salvación; no obstante, se alegraron y lo reverenciaron al verlo consciente. Alabaron con fervor a Huper, quien permanecía al lado del dios apoyando su brazo sobre él. Yepuniku, desconsolada, lo abrazó con alegría; su corazón estaba en conflicto, pues se regocijaba por la supervivencia de su señor, pero se entristecía al recordar la promesa de abandonarlo. Xor proclamó:
—Agradezco a mi hermano. Con su sabiduría y experiencia en la medicina, me ha salvado de la muerte; a partir de este día, será el encargado del templo y su palabra será de estricta obediencia.
—Administraré el universo con justicia y lealtad —respondió Huper.
Todos estaban de acuerdo con la decisión de su señor, a excepción de Yepuniku, quien contuvo sus palabras; para los demás, no había mejor candidato, pues se le conocía por sus habilidades y aparente bondad. El gran dios dejó sus sandalias en el trono como símbolo de su autoridad suprema y le ofreció a su hermano el asiento contiguo, otorgándole el segundo rango en importancia. Después de Xor, Huper era la deidad con mayor poder; no obstante, para ejecutar cualquier orden suya, primero se debía consultar al gobernante absoluto.