Saltar al contenido
Cargando…

AÚN HAY TIEMPO. Crónica de la Exhacienda de San José del Carmen.

Alfarrikan_III
Pública 4 conversaciones 8 pensamientos 79 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Hay una diferencia entre un lugar donde murieron personas y un lugar donde algo quedó inconcluso.

In groups

Contenido de la publicación

Hay una diferencia entre un lugar donde murieron personas y un lugar donde algo quedó inconcluso.

Los cementerios están llenos de muertos.

Los hospitales abandonados están llenos de recuerdos.

Pero existen lugares donde una tragedia ocurre con tal violencia que parece interrumpir algo más que vidas.

Interrumpe decisiones.

Interrumpe despedidas.

Interrumpe promesas.

Interrumpe futuros.

Y algunas interrupciones quizá nunca terminan.

Cuando acepté investigar la Exhacienda de San José del Carmen en Salvatierra, ya habían pasado varios años desde aquella noche.

Todo el mundo conocía la historia.

Una posada.

Jóvenes reunidos para celebrar.

Una discusión.

Después hombres armados.

Disparos.

Caos.

Y una frase.

Una sola frase.

Tan breve que parecía imposible que pudiera decidir tantas vidas.

—Mátenlos a todos.

Durante mucho tiempo pensé que aquello era lo más aterrador de la historia.

Me equivocaba.

Lo verdaderamente aterrador era todo lo que esa frase interrumpió.

Mi nombre es Mauricio Martínez.

Soy psicólogo.

Durante años trabajé con personas que sobrevivieron a situaciones traumáticas.

La pérdida deja cicatrices visibles.

El miedo también.

Pero existen efectos más extraños.

Más difíciles de detectar.

Cosas que sobreviven dentro de la mente sin pedir permiso.

Ideas.

Impulsos.

Recuerdos.

Pensamientos que se niegan a desaparecer.

Fue precisamente por eso que terminé interesándome en la Exhacienda.

No por historias de fantasmas.

No por leyendas.

No por apariciones.

Sino por algo mucho más difícil de explicar.

La gente se iba.

Veladores.

Fotógrafos.

Trabajadores.

Visitantes.

Personal de mantenimiento.

La mayoría aseguraba no haber visto nada.

No haber escuchado nada.

No haber experimentado nada sobrenatural.

Y aun así terminaban marchándose.

Lo extraño era que ninguno describía miedo.

El miedo tiene forma.

Tiene una causa.

Uno teme a algo.

A una sombra.

A un ruido.

A una persona.

Ellos no.

Lo que describían se parecía más a una obligación.

Como si hubieran llegado demasiado tarde para hacer algo importante.

Como si el lugar los rechazara.

Entrevisté a un jardinero que había renunciado después de cinco días.

Le pregunté por qué.

Tardó mucho en responder.

Finalmente dijo:

—Sentía que había cometido un error.

—¿Qué error?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo sentía?

Me miró confundido.

Como si llevara días intentando responderse la misma pregunta.

—Porque sentía que no debía estar ahí.

—¿Y qué hacía cuando estaba solo?

El hombre tardó varios segundos en responder.

—Buscaba.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué la buscaba?

Bajó la mirada.

—Porque sentía que alguien la necesitaba.

Otro trabajador dijo algo parecido.

—Tenía la impresión de que algo malo iba a pasar.

—¿Qué cosa?

—No sé.

—¿Por qué lo pensaba?

—No lo pensaba, lo sabía.

Aquello llamó mi atención.

No por las palabras.

Sino porque todos describían exactamente la misma sensación.

La misma certeza irracional.

Como si recordaran algo que nunca les había ocurrido.

Antes de visitar la propiedad hablé también con uno de los sobrevivientes.

Me contó algo que nunca apareció en los reportes.

Durante los primeros segundos de los disparos nadie entendió lo que estaba ocurriendo.

Creyeron que era otra cosa.

Pirotecnia.

Una broma.

Algún accidente.

Cualquier cosa menos aquello.

Y cuando comprendieron la realidad, todos empezaron a pensar al mismo tiempo.

Correr.

Ocultarse.

Buscar una salida.

Llamar a alguien.

Ayudar a un amigo.

Tomar una decisión.

Hacer algo.

Cualquier cosa.

Todos intentando decidir.

Todos creyendo que aún había tiempo para elegir.

Pero no todos tuvieron tiempo.

Aquella frase quedó anotada en mi libreta.

La olvidé.

O al menos eso creí.

Llegué a la hacienda un lunes por la mañana.

Mi intención era permanecer una semana.

Tomar notas.

Recorrer el lugar.

Hablar con quienes aún trabajaban allí.

Las primeras horas no ocurrió nada extraordinario.

Sin embargo, había algo extraño en el silencio.

No era un silencio vacío.

Era un silencio expectante.

Como el de un teatro segundos antes de que se levante el telón.

Como si algo estuviera esperando.

Patios.

Corredores.

Habitaciones vacías.

Muros antiguos.

Silencio.

Todo parecía exactamente lo que era.

Una propiedad marcada por una tragedia.

Nada más.

Sin embargo, cerca del mediodía apareció una sensación extraña.

No era miedo.

Tampoco ansiedad.

Se parecía más al remordimiento.

A la sensación de haber olvidado algo importante.

De llegar tarde.

De haberse equivocado.

Intenté ignorarla.

Pero no desapareció.

Al contrario.

Se hizo más fuerte.

Y junto con ella apareció una tristeza difícil de describir.

Como si el aire estuviera cargado de algo pendiente.

De despedidas que nunca ocurrieron.

De palabras que nadie alcanzó a decir.

Por primera vez dejé de pensar en la masacre.

Y empecé a pensar en quienes estaban allí aquella noche.

No en víctimas.

En personas.

Pensé en la joven que había decidido dedicar su vida a escuchar el dolor de otros.

Todavía estudiaba.

Todavía soñaba.

Había participado en actividades de ayuda comunitaria.

Había dedicado parte de su tiempo a personas que ni siquiera conocía.

Tal vez aquella noche hablaba de la universidad.

Tal vez de sus planes para Navidad.

Tal vez simplemente se estaba riendo con sus amigos.

Lo único seguro es que no estaba pensando en morir.

Pensé en el joven profesionista que había descubierto que enseñar le producía una felicidad difícil de explicar.

Todavía tenía proyectos.

Todavía tenía alumnos.

Todavía había clases que planeaba impartir.

Personas que esperaban verlo regresar el lunes.

Pensé en el muchacho de dieciséis años.

Un adolescente que amaba la música.

Que todavía discutía canciones con sus amigos.

Que todavía no terminaba la secundaria.

Que aún no sabía en quién llegaría a convertirse.

Pensé en los demás.

En los amigos.

En los hijos.

En los hermanos.

En las personas que tenían regalos guardados para diciembre.

En quienes dejaron mensajes sin responder.

En quienes tenían fotografías pendientes de subir.

En quienes tenían planes para el día siguiente.

Y comprendí algo que me hizo sentir peor.

La tragedia no había terminado solamente con vidas.

Había detenido todo lo que todavía podía ocurrirles.

Al salir de la propiedad, la sensación desapareció de inmediato.

Entré nuevamente.

Regresó.

Salí otra vez.

Volvió a desaparecer.

Durante los siguientes días ocurrió exactamente lo mismo.

Una y otra vez.

Sin excepciones.

Hasta el sexto día.

Ese fue el momento que nunca incluí en mi informe.

Caminaba por uno de los corredores cercanos a los accesos principales.

Pensaba abandonar la investigación.

Me detuve frente a una puerta.

Y entonces pensé:

Si corro por aquí quizá alcance a salir.

La idea apareció de forma tan natural que di dos pasos antes de detenerme.

Porque comprendí algo.

Yo no quería salir.

No tenía miedo.

No estaba huyendo de nada.

No existía ninguna razón para pensar aquello.

Y aun así la idea estaba ahí.

Completa.

Como si yo hubiera llegado a la mitad de un pensamiento que había comenzado mucho antes.

Entonces apareció otro.

No. Por aquí no.

Después otro.

La otra puerta está más cerca.

Después otro.

Todavía hay tiempo.

Sentí un frío imposible de describir.

Intenté concentrarme.

Respirar.

Pensar en cualquier otra cosa.

Pero siguieron llegando.

Fragmentos.

Impulsos.

Decisiones.

Corre.

Corre ahora.

No voltees.

Sigue corriendo.

Está detrás de ti.

Escóndete.

Busca a tus amigos.

Ayuda a alguien.

Llama a tu mamá.

No me quiero morir.

Me detuve.

Pensé que aquello no tenía sentido.

Ningún sobreviviente había mencionado a alguien persiguiéndolos.

Ninguno.

Entonces...

¿Quién estaba detrás de mí?

Y entonces apareció otro pensamiento aún más perturbador.

Uno diferente.

Uno que no se parecía a los demás.

Porque los demás tenían miedo.

Tenían esperanza.

Tenían humanidad.

Éste no.

Era frío.

Vacío.

Una orden.

—Mátenlos a todos.

Sentí que alguien acababa de entrar al corredor.

No escuché pasos.

No vi movimiento.

No ocurrió nada.

Y aun así tuve la absoluta certeza de que ya no estaba solo.

Aquella misma tarde me fui de la hacienda.

No porque hubiera encontrado una explicación.

Sino porque dejé de buscarla.

Años después revisé las grabaciones originales.

Escuché nuevamente la entrevista con el jardinero.

Durante años estuve convencido de haber escuchado:

—Porque sentía que no debía estar ahí.

Eso anoté.

Eso recordaba.

Pero la grabación decía otra cosa.

—Porque sentía que tenía que ayudarles.

Me quedé inmóvil.

Retrocedí la grabación.

La escuché otra vez.

Luego otra.

Siempre decía lo mismo.

Y por primera vez desde que abandoné la hacienda sentí miedo.

Volví a leer los testimonios.

Decenas de ellos.

Personas que no se conocían entre sí.

Personas que jamás leyeron mis notas.

Y aun así describían sensaciones similares.

Urgencia.

Tristeza.

La necesidad inexplicable de marcharse.

Como si algo permaneciera allí.

Durante mucho tiempo creí que eran pensamientos interrumpidos.

Ideas detenidas en el instante exacto en que alguien dejó de existir.

Una explicación absurda.

Pero, de algún modo, tranquilizadora.

Hasta que comprendí que había algo que no encajaba.

Los pensamientos terminan.

Incluso los últimos.

Pero aquello no se sentía terminado.

Se sentía pendiente.

Como una puerta que alguien dejó abierta porque pensaba regresar.

Como una conversación abandonada a la mitad.

Como una casa donde todavía hay una luz encendida para alguien que no volverá.

Fue entonces cuando advertí algo.

Quizá la hacienda nunca estuvo embrujada.

Quizá los pensamientos nunca permanecieron allí.

Lo que seguía allí no parecía un recuerdo.

Los recuerdos se desvanecen.

Aquello no.

Aquello seguía intentando algo.

Durante años creí que la hacienda estaba llena de pensamientos interrumpidos.

Luego creí que estaba llena de futuros.

Ahora pienso algo peor.

Pienso que está llena de decisiones.

Decisiones que nunca lograron terminarse.

Personas que intentaron correr.

Esconderse.

Sobrevivir.

Y que todavía siguen intentándolo.

Porque algunas noches despierto con la certeza absoluta de que debo correr.

No sé hacia dónde.

No sé de quién huyo.

Pero durante unos segundos siento que alguien está pensando dentro de mí.

Alguien desesperado.

Alguien que todavía cree que puede salir.

Y cada vez que eso ocurre recuerdo la pregunta que nunca debí hacerme.

Si tantas personas siguen intentando escapar...

¿Qué ocurrirá el día que una de ellas lo consiga?

Porque hay noches en que ya no estoy seguro de que la hacienda sea el único lugar donde sigue buscando una salida.

Y algunas noches, cuando despierto con la necesidad inexplicable de correr, tampoco estoy seguro de que sea yo quien quiere escapar.

Thoughts

  • jmCastaneda

    Los trabajadores que se iban sin haber visto nada me trajeron algo. Hace años, en la ruta que hago, había una curva donde se volcó un bus antes de que yo entrara a la empresa. Yo no vi nada de eso. Pero los pasajeros que la conocían se callaban justo ahí, todos a la vez, y alguno se persignaba sin darse cuenta. Nunca supe quién empezó.

    Permalink
  • elmaskeleto

    Leí lo del corredor con la luz prendida, causa.

    Permalink
  • TeresaGuz

    La grabación del jardinero me dejó quieta. Durante años el narrador recordó que aquel hombre sentía que no debía estar ahí, y la cinta decía que tenía que ayudarles. La memoria se queda con la versión que te deja irte tranquilo, y la otra, la que obliga a algo, se va borrando sola. Por eso el final, además de miedo, me dio pena por él: alguien que empezó a oír la frase buena demasiado tarde. Me he quedado pensando en ese jardinero buscando cinco días algo que no sabía qué era.

    Permalink
  • lian

    Cuando un investigador o profesional de la salud mental intenta procesar intelectualmente una masacre donde la presencia humana fue borrada de un solo golpe con la orden "Mátenlos a todos", y tratan de maquillar esa crudeza con la fantasía poética de "pensamientos suspendidos" o "decisiones detenidas", lo único que está haciendo es construir un mecanismo de defensa primitivo. La mente se refugia en la metáfora porque la realidad biológica de la crueldad humana es insoportable de procesar a quemarropa.

    El resultado clínico exacto es:

    La amígdala cerebral del psicólogo entra en un estado de hiperactivación permanente, secuestrando los circuitos de supervivencia y haciendo que su cuerpo reaccione en su propia recámara como si estuviera corriendo de las balas en el pasillo de la hacienda.

    La fragmentación del ego ocurre precisamente porque el observador carece del blindaje táctico necesario para sostener el peso de la atrocidad sin anestesia. Al intentar "sentir el dolor de las víctimas", cruza la línea entre el análisis y la identificación patológica con el cadáver.

    No hay fantasmas persiguiéndolo en los pasillos; es su propio cerebro intentando huir de la memoria de lo que el ser humano es capaz de hacerle a sus semejantes.

    Criminológicamente, esto demuestra cómo un evento de violencia masiva extrema deja una huella neurobiológica permanente en la amígdala cerebral de quienes investigan tales sucesos, alterando los circuitos de supervivencia y respuesta al peligro.

    Excelente Relato, gracias por compartir muy interesante

    Permalink

Related posts