Upuxu pensaba constantemente en Xor y solía observarlo; sin embargo, el gran dios no le prestaba atención, pues su único anhelo era vivir en armonía en medio del bosque, desentendido de la búsqueda del romance. La deidad no sentía celos de Yepuniku y se conformaba con que ella lo acompañara; ambas lo amaban con idéntica intensidad. No obstante, la primera ignoraba cómo confesarle sus sentimientos.
Un dios, en cambio, sí se interesó en ella. Huper se aproximó paulatinamente de manera respetuosa y detallista, expresándole su afecto sin dificultad a través de un trato cariñoso; en esta ocasión, el tramposo no urdía ninguna maldad, pues se había enamorado genuinamente. Pese a esto, la mente de Upuxu pertenecía a su soberano, aunque anhelaba dejar de padecer por él en el anonimato. Woq estaba al tanto de la situación de su consanguínea, ya que entre ambas existía una confianza plena, por lo que le aconsejó:
—Dale una oportunidad a Huper y no lo hagas sufrir como tú lo has hecho por Xor. Él te ama, es bondadoso y desea tu dicha.
Entonces, meditando en el consejo de su hermana, lo aceptó en su corazón. Huper se regocijó; la condujo a su palacio, erigido en las proximidades del templo, donde compartieron viandas y bebieron vino. La diosa no percibía malas intenciones y a su lado experimentaba tranquilidad; más tarde, unieron sus cuerpos en un acto de amor y él derramó su simiente en el vientre.
Huper convocó a las deidades del recinto sagrado y les anunció:
—Quiero celebrar mi unión con Upuxu; ella me ha aceptado como su esposo.
Todos se regocijaron y los alabaron mientras la diosa permanecía a su lado. Kic dictaminó:
—Se dará inicio a la celebración cuando esté presente el gran dios.
Upuxu llamó a Vuhu y le ordenó:
—Ve por Xor y sus acompañantes.
Vuhu ascendió al cielo en dirección a Ijokoha y, al arribar, les transmitió la novedad; la comitiva se regocijó por los consortes, a excepción de Yepuniku, quien percibió en su pecho un presagio aciago mientras su semblante palidecía. De inmediato, Juvuxu y Vuhu los transportaron al recinto sagrado, donde la multitud les dio la bienvenida con reverencias. Yepuniku corrió a saludar a Upuxu y, con el temor reflejado en el rostro, le suplicó:
—Quiero hablar contigo a solas.
La diosa la condujo a un sitio apartado y le interrogó:
—¿Qué quieres decirme? ¿Qué te ha sucedido?
—¿Por qué te has unido a él? Déjalo, por favor —rogó Yepuniku.
—¿Acaso sientes envidia? —inquirió Upuxu.
—No te puedo revelar el motivo; solo déjalo, es por tu bienestar —insistió Yepuniku.
—No quiero hablar más contigo; regresa junto a Xor y tú decides si te quedas o te marchas. No permitiré que arruines esta jornada, solo te pido que, si permaneces aquí, te comportes —respondió Upuxu con indignación.
Yepuniku se entristeció; ambas retornaron al festín disimulando el altercado. Upuxu se situó junto a su consorte y Yepuniku al lado de su soberano. Transcurrido un instante, Xor se levantó frente a la concurrencia, felicitó a los desposados y los unió en matrimonio; la pareja se postró ante su señor en señal de gratitud.