Cuando Xor y Yepuniku se reunían para beber vino, la naturaleza silbaba dulces melodías. Un día, la diosa tomó de la mano a su señor y le dijo:
—¿No te causan curiosidad esas melodías? Ven conmigo y descubramos de dónde provienen; solo se escuchan cuando bebemos vino y provocan el baile en nuestros cuerpos.
Sin embargo, aquello era solo un pretexto para acercarse con intenciones amorosas a su soberano. Siguieron los sonidos hasta que llegaron a Vuzeja "el gran bosque", un paraje esplendoroso y accesible por cualquier sendero. Abundaban allí los árboles frutales, por lo que comieron de varios frutos, y las quebradas cristalinas; los animales que habitaban la zona los observaron y comenzaron a seguirlos.
Después de un tiempo, en medio de la espesura, descubrieron el origen de los acordes: provenían de Vuñukeq "el gran árbol", como lo conocía la naturaleza. Era un ejemplar único en su especie que en toda su existencia daba un solo fruto; aquel manjar era el más delicioso y jugoso, de gran tamaño y con un color rojo como la sangre. Ante tal majestuosidad, las deidades cayeron de rodillas.
Xor deseaba probar esa fruta e intentó trepar, pero resbalaba de forma continua sin lograr obtenerla. Exhausto, se recostó contra el tronco; en ese instante, Yepuniku se le acercó para tomarlo nuevamente de las manos y mirarlo con fijeza. Su corazón latía de amor mientras acariciaba su rostro y lo besaba, no obstante, no fue correspondida.
De repente, una risa y una voz enérgica interrumpieron el momento provenía del árbol:
—Ustedes han sido los únicos dioses en escucharme, además de la naturaleza que conoce mi existencia y me reverencia, ya que soy el espíritu de este bosque. En agradecimiento por salvar nuestro mundo de la oscuridad, gran dios, te ofrezco la fruta; aliméntate de ella, aunque deberás prometerme que cultivarás la semilla. Te estuve esperando por un largo tiempo; ahora tengo que descansar, pues una etapa importante se acerca.
Xor aceptó el fruto y prometió cuidar su semilla. En ese instante, el árbol la dejó caer en sus manos; al desprenderse, aquel quedó sin vida, destinado a convertirse en el hogar de muchos animales. Xor, con lágrimas, le dijo:
—Me has dado tu vida, ahora es mi deber proteger tu semilla con la mía.
Ya no se escuchaban aquellas melodías, solo los cantos de las aves, el susurro del agua corriendo en los ríos y el paso de la brisa. Bajo la sombra del tronco inerte, el dios compartió la fruta con Yepuniku; su sabor era delicioso.
Él guardó la pequeña semilla en su mochila y, de regreso a su hogar, la sembró en el jardín. De pronto, de la tierra brotó una deidad: un ser alegre con una flauta en sus manos. La naturaleza se regocijó por este milagro. Sus ojos brillaban como los astros que iluminaban el mundo; su nombre era Wuhoju, "el flautista", y su instrumento fue el primero en existir. Xor le preguntó:
—Hermoso espíritu, ¿qué llevas en las manos?
—Es mi flauta, Wikoyo, "la felicidad". Con ella puedo crear melodías y dar origen a las cosas. En agradecimiento por darme la vida, ofreceré mis servicios a ustedes —respondió Wuhoju.
Al joven dios le gustaba permanecer en el bosque tocando su música; todo aquel que lo escuchaba sentía el impulso de bailar. Desde entonces, consideró a Xor y Yepuniku como sus padres.