La noche devora la ciudad. El estadio moscovita rebosa de jóvenes eufóricos a la espera de su artista.
Cassandra Rosenverd.
Trescientos años llevo observándola, y el tiempo, que todo lo desgasta, no ha logrado madurarla. Antes fueron los robos; después, sus juguetes humanos; ahora se empeña en ser cantante. Y yo, como siempre, termino cediendo, convenciéndome de que es deber mío consentirla. Me agota representar el papel de madre, aunque debo admitir que mi pequeña aún consigue hacérmelo sentir, incluso a través de la crueldad de su poder.
Abrí la puerta del camerino. Allí, frente a mí, la silueta de mi creadora. Sostenía aquel maldito cuadro de trazos negros; sus dedos recorrían los bordes con obsesión enfermiza.
—Diez minutos de retraso llevas ya.
—Ay, Cass, qué pesada eres con tus numeritos. ¿No ves que estoy ocupada? Estaba... meditando. O algo así.
Cerré la puerta tras de mí.
—¿Meditación? Tu mente confiesa otra cosa.
Esos molestos lirios sobre la mesa... los lleva siempre consigo. Me pregunto desde cuándo empezaron a gustarle.
—¿Por qué eres tan fastidiosa, Cassandra? Solo necesitaba unos minutitos más. Unos minutitos que no te cuestan nada.
—Debiste pensarlo antes de fingirte «estrella del Dark Pop». ¿Qué seguirá, la próxima década? ¿Pintora sobre carne viva?
—Bueno, ya, deja de gimotear y prepárame. Quiero verme linda. Más linda que siempre. Que todos esos insectos se mueran de amor.
Me divierte verla molesta por cosas que ella misma elige hacer. Pasó años intentando convencerme de salir de las sombras para encaminarse en esto; al principio me enterneció su obstinación, pensé que sería un capricho más de su juventud... A veces olvido que me lleva doscientos años de ventaja; su apariencia aún logra engañarme. Lo bueno de todo esto es que ser adorada parece mantenerla, al menos, menos aburrida de lo habitual.
—¡Cuidado! No vayas a rasgar la tela del cuadro con tus uñas.
—No te dejes llevar por el melodrama. Esto pude haberlo hecho yo misma con un par de brochas y tintura negra. Aún busco la razón por la que estas cosas valen tan asquerosamente caro.
—Es un Franz Kline, Four Square. Y no, tus manitas no podrían igualarlo. Ni en sueños.
«Desdichadas manos» las mismas que pides que te acaricien el cabello cuando me exiges ser tu familia.
Mina se sentó frente al tocador, erguida, aguardando que iniciara el ritual de cada noche.
—¿No había prisa, Cassandra?
—Bien... no te muevas.
Tomé el peine de madera y comencé a trabajar en su cabello largo y plateado. Mantuve los ojos fijos en los de Mina; me devolvía la mirada por el espejo.
—¿Qué encuentras de tan interesante en mi rostro?
—Siempre pones esa cara de duquesa, Cass. Esa de que todo te huele mal. Y cuando alguien se te acerca, pones una mueca como si te fueran a contagiar algo. Deberías dejar de leer mentes. Serías más simpática. O no. Da igual.
—Quédate quieta, no puedo ponerte la peluca.
—Cass, esta cosa me pica. Me pica muchísimo. ¿Y si mejor no me la pongo hoy? Solo hoy. Mañana sí, te lo juro.
— Hablamos de esto. Dijimos que esta fachada llevaría disfraz.
Ya está esbozando ese rostro resignado. Me irrita esa mirada; en esos momentos es cuando se vuelve más impredecible.
—Ya no quiero salir a cantar. Me aburrí. Que se las arreglen sin mi. ¿Podemos hacer otra cosa?
—Debiste pensarlo antes de querer jugar a la cantante... o quizás antes de emplear tu poder de sombra para enloquecer a esos adolescentes.
—Es devoción, Cass. Como la que tú me tienes a mí. Aunque no lo digas
—¿Qué yo siento devoción hacia ti? ¿Te refieres a cuando usas tu poder para doblegar mi voluntad y salirte con la tuya?
—Te estaba halagando. Tu devoción. Tu gran devoción por mí—arrastró las palabras, esbozando una mueca de fingida sumisión—. Pero contigo no se puede, ¿eh? Te pones como Grisella.
—¿Con que ahora me comporto como la Oráculo?
—Newart tiene que convencerla cada tanto de que él es su nueva familia. Como si eso fuera a durar.
El comentario estuvo a punto de hacerme abandonar la habitación. No quise que ella advirtiera cómo la madera del peine crujía bajo mi apriete, así que continué como si nada se hubiese dicho, aunque tuve que forzarme a seguir peinándola.
—No tires de esa cuerda,. Ya hablamos de esto.
—Hoy es mi cumpleaños. Hoy toca. Lo dijimos.
Cambió de tema con una brusquedad que no me pasó desapercibida.
—No es tu cumpleaños.
—Dijimos que hoy es mi cumpleaños, Cassandra... Soy Mina Virtanen ¿O ya no te suena?
—¡Suficiente! No utilices ese nombre para herirme... —Esta vez tomé distancia, para no tener que volverme hacia ella.
Puedes ser cruel cuando te lo propones, o prefieres creer que eres demasiado inocente para medir tus palabras con la delicadeza que merecen...
Mina se puso las lentillas, esbozando su máscara manipuladora; caminó hacia mí y me abrazó por la espalda.
—No te enojes conmigo, Cass... ¿Obedecerás mis peticiones?
—Sí... — No puedo respirar... quiero abrazarla, pero sé que este deseo no me pertenece... es suyo.
La puerta del camerino se abrió de un empujón cuando me soltó; mi cuerpo volvió a su cauce, y el ruido de afuera quebró el silencio.
—Bueno... quiero algo joven. Y desesperado. De esos que se mueren por mí. ¿Puedes, sí o no?
Asentí a su petición y luego me dije a mí misma: «Cómo quisiera que esta fuera nuestra última noche...».
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Afuera, el fervor no menguaba — nunca lo hace. El público aguardaba, expectante, cualquier movimiento en la tarima, hasta que todas las luces del estadio moscovita se apagaron de golpe.
La multitud, previsible, anticipó el momento.
Cuando los sintetizadores comenzaron a vibrar, la luz se encendió y Mina apareció en el centro del escenario para absorber, una vez más, la devoción de miles de jóvenes embriagados por lo que ella les hacía sentir. Se puso su mejor máscara —la que ya conozco de memoria— y su voz abrió paso a «Dead Inside».
El público estalló. Sentí, como en cada ciudad, cómo su poder doblegaba la razón de los presentes; esa es su arma, someter voluntades a través de las sombras, y a estas alturas ya no sé distinguir cuánta devoción es suya y cuánta es robada.
Desde el umbral lateral observé a la multitud, patética en su entrega. Me obligué, como en cada gira, a hurgar en sus mentes en busca del patrón adecuado —un ritual que hace tiempo dejó de pesarme, o quizás solo he dejado de notar el peso.
Encontré a una chica extranjera aferrada a la barricada, coreando la letra como si en ella residiera el alivio de su dolor. En su mente brillaban los destellos de su memoria: un portazo en su apartamento, un «mentiroso de mierda» escupido a su exnovio, pasajes comprados con prisa y un segundo boleto de avión roto en mil pedazos. Ahora, frente a su ídolo, exigía en silencio que le calmaran la desesperación de la infidelidad que había dejado atrás en América.
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Al terminar el espectáculo, la manada comenzó a esparcirse. Para su mala suerte, la chica extranjera siguió aferrada un momento más al lugar donde había contemplado a Mina. Tecleaba con furia la pantalla de su teléfono mientras las lágrimas surcaban sus mejillas, imposibles de contener.
Cuando le asestó el último castigo a su dispositivo, me acerqué.
—¿Estás bien? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta antes de que abriera la boca.
—Oh, disculpe... no sé hablar ruso —se excusó la chica con un gesto de las manos, intentando ocultar, torpemente, el brillo de sus ojos enrojecidos.
—Veo que estás dolida, querida... Te ves triste —le dije en su idioma.
La joven sonrió para esquivar la intromisión, con ese gesto educado que enseñan a fingir desde niñas. Sus ojos, sin embargo, se detuvieron en el pase VIP con el logo de Mina, que yo balanceaba entre mis dedos procurando que pareciera carente de importancia —esto siempre funciona—, y noté cómo unía las piezas en su cabeza. Tan joven, pensé. Apenas una chiquilla con el corazón recién partido, buscando en cualquier parte algo que le devolviera el aliento. Me hubiese gustado decirle que huyera.
—Te vi aquí sola... algo apenada, y quise venir a alegrarte. Como es costumbre, Mina siempre se toma un tiempo para conocer la ciudad y a sus admiradoras.
—¡¿Conoces a Mina?!
—Sí... es mi familiar. ¿Te gustaría conocerla?
—¡Sí! ¡Claro! ¡Por supuesto!
Le extendí la mano y le señalé el camino. No tardó ni un instante en pensarlo; aceptó el ofrecimiento y se dejó guiar entre los andamios, con esa facilidad que solo da la esperanza cuando ciega. Al llegar al final del pasillo, empujé la puerta de metal que daba hacia la avenida principal.
El mundo de la fanática se redujo a ese instante: frente a ella, apoyada contra una limusina de vidrios polarizados, aguardaba Mina —su ídolo, su sueño hecho carne—. Quiso gritar, pero se contuvo; habría sido una falta de educación, pensó, sin sospechar que la única falta verdadera era la ceguera con que entregaba su devoción a algo que ni siquiera conocía.
—¡Oh, Dios, eres tú! ¡Sí, eres tú!
—Hola, preciosa. ¿Qué tal si te vienes a pasear conmigo? Así conocemos la ciudad juntas. Solo tú y yo. ¿No te hace ilusión? — ofreció en un perfecto inglés.
La joven asintió y se deslizó hacia el fondo del largo asiento para cederle el espacio. Abordé el vehículo y aseguré el pestillo de la puerta tras de mí. Mina contemplaba cada uno de sus movimientos; le divertía verla maravillarse con detalles que a nosotras ya nos resultaban cotidianos: el cuero de los asientos, el cristal de las copas, la elegancia sobria del tapiz oscuro.
—¡Esto es increíble!
Reconocí esa expresión de inmediato —la conozco de memoria—, y tuve que contener mi propia sonrisa, aunque no por la misma razón que la suya. Ver a la joven maravillarse así, ajena a todo lo que se le venía encima, me encogía el pecho de una lástima que no podía permitirme sentir del todo; y sin embargo, ahí estaba también esa otra cosa, esa tibieza traicionera que mi "Sire" o creadora sabe encender en mí cuando sonríe así, como si en vez de una manipuladora tuviera enfrente a una hija feliz. Ambas sensaciones se disputaban el mismo instante, y no supe, como tantas veces, cuál de las dos era realmente mía.
—Dime, pequeñita... ¿cruzaste todo un océano solo para verme a mí? Qué adorable. Me halaga muchísimo.
—Sí... Iba a venir con mi novio.
—¿Y qué pasó, mi amor? No me digas que alguien te rompió el corazoncito... porque entonces tendré que consolarte.
—Me fue infiel... con la vecina de arriba —sollozó.
—¡Oh, pobrecita! ¡Qué horror! —Volvió la mirada hacia mi, mientras apenas podía conter la sonrisa—. ¿Oíste eso, Cassandra? ¿Cómo pueden ser tan crueles con esta cosita tan dulce? Mírala... tan frágil, tan llena de vida, tan rota. No imagino lo doloroso que debió ser... encontrarlo en los brazos de otra.
La pobre chica asintió entre lagrimas, reconfortada por el contacto de su ídolo.
—Pero no importa... Al final pude conocerte y eso me hace enormemente feliz.
—Ay, pero qué cosita más tierna eres. Él no merece ni una de tus lagrimitas, mi amor. Dime, ¿estarías dispuesta a olvidarlo por mí? ¿Por tu nueva amiguita? Porque ahora somos amigas, ¿verdad? Di que sí. A mí me gusta que me digan que sí.
—Mierda, sí... Claro que sí. Me encantaría ser cualquier cosa con tal de estar contigo.
El habitáculo resonó con la risa complacida de mi Sire. Mientras atraía a la joven hacia su pecho, buscó mi mirada por encima de su hombro, y asentí en silencio: la mente de la fanática ya cedía terreno, lo suficiente para doblegarla sin necesidad de arrebatarle la razón entera. Eso bastaba. Lo sé bien, prefiere dejar un resto de voluntad intacto en sus presas —un hilo de resistencia que después pueda deshacer ella misma, con sus propios encantos, como si el rendimiento le perteneciera solo a su vanidad y no a su poder—. Le alzó el rostro a la pobre, despacio, y la besó.
—¡Espera! ¿Qué haces, Mina? —dijo la chica entre risas atolondradas.
—Mi vida... eres tan hermosa, tan hermosa... como un amanecer viejito, o como la noche eterna a la luz de una velita. Tan frágil. Tan linda. Y lo que es lindo... es mío. ¿Verdad que sí?
La chica tragó saliva, incapaz de apartar la mirada. Reconocí esa sensación antes de que terminara de instalarse en ella —de pronto, su mente ya no ansiaba otra cosa que la cercanía de aquella boca—; sé bien cómo se siente, porque me la ha impuesto a mí misma más veces de las que quisiera recordar. Su respiración agitada delataba que la influencia ya surtía efecto, y me dolió, un instante, verla invadida así; el instante siguiente, sin embargo, agradecí en silencio que esta vez la sombra no apuntara hacia mí.
—Mina... no sé qué me pasa.
—Shh... tranquila, mi amor. Ya no pienses, que pensar te arruga la carita. Ahora tú y yo somos una sola. Nadie va a hacerte llorar nunca más. Nadie va a venir a quitarte de mis brazos. Nadie. Porque el día que alguien lo intente... —sonrió, acariciándole la mejilla— ...ese día me voy a enfadar muchísimo. Y cuando yo me enfado, soy muy fea. ¿Tú no quieres que yo sea fea, verdad, preciosa?
Volvió a besarla.
Esta vez, la humana cedió sin ofrecer batalla. La misma mano que instantes atrás había opuesto una débil resistencia, ahora se enredaba con desesperación en el cabello oscuro. La peluca cedió a los tirones, dejando caer la cascada plateada de su auténtica apariencia. Lejos de quebrar el encanto, el accidente pareció avivar la fiebre en la joven.
Mi pequeña se apartó un instante, una crueldad calculada, solo para sumirla en la desolación de la distancia. Casi de inmediato, percibí ese tacto invisible e invasivo saturando el aire del habitáculo: Mina estaba torciendo los hilos en la mente de la chica, redirigiendo su deseo ciego hacia mí. La fanática americana extendió una mano temblorosa, invitándome a participar de su propio delirio.
Debía seguirle el juego. Debía interpretar esta farsa de lujuria compartida antes de que Mina se aburriera y decidiera usar su poder para obligarme a sentirlo. Sin embargo, el engaño no me exigió esfuerzo alguno; la sed ya me estaba devorando por dentro y mi autocontrol amenazaba con resquebrajarse.
Al acercarme, la besé en los labios, pero mi boca no buscaba consuelo ni pasión. El aroma a vida palpitante me nubló el juicio por completo. Descendí por su cuello, y al rozar su garganta, sentí el latido errático y frenético de su pulso golpeando contra mis labios, exigiendo salir. Su piel era un lienzo febril, tan fina y cálida que casi podía saborear la sangre bombeando justo debajo de la superficie. Mis besos, al descender por su pecho y su abdomen, se volvieron voraces. Ella jadeaba, creyendo torpemente que era un exceso de deseo, ignorando por completo que lo que recorría su piel desnuda no era el roce de una amante, sino la desesperación de mi propia sed; una condena monstruosa que aborrezco sentir, pero que, para mi desdicha, ya no soy capaz de contener.
El habitáculo se llenó de nuestros jadeos hambrientos. Cuando la pobre ya estaba sumida en el trance del placer, Mina hincó los colmillos en su yugular, mientras la sangre que manaba del muslo de la humana ya inundaba mi boca, cálida y frenética. La joven gimió, atrapada en esa confusa frontera entre el terror y el éxtasis.
En cuanto sus gritos comenzaron a apagarse, advirtiendo que su pulso perdía fuerza, me obligué a tomar distancia.
—Suficiente. Ya he bebido bastante —anuncié, limpiando la comisura de mis labios para intentar recuperar mi propia compostura.
Pero mi Sire no se desprendió del cuello. El sonido de su garganta delataba su avaricia; seguía succionando, ciega a la fragilidad de su presa.
—Mina... basta. ¡Basta! —Tuve que extender la mano y atenazarle la mandíbula, tirando de ella con firmeza para obligarla a soltarla.
Ella me fulminó con la mirada, enseñando los colmillos manchados, enfurecida por la interrupción.
—¡Qué haces, estúpida! —chilló, apartando mi mano de un manotazo.
—¡La vas a matar! —le reprendí.
La severidad escapó de mis labios sin que pudiera evitarlo. Fue un tono duro, inflexible e instintivo; soné exactamente como una madre regañando a una niña irresponsable que acaba de romper una regla. Me molestó darme cuenta de lo natural que me resultaba hablarle así.
—¿Y qué? ¿A quién le importa? ¡Nadie va a saberlo! —escupió, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Nadie lo sabrá.
—No voy a permitir que destruyas lo que tenemos por un capricho efímero —le solté, manteniendo la autoridad en mi voz—. Acordamos no matar a los inocentes, y no dejaré que arruines nuestra paz solo porque no sabes controlarte.
Se hundió en el asiento de cuero con un quejido molesto, torciendo los labios en un rictus de fastidio. Tomó el brazo inerte de la joven, que aún reposaba sobre su regazo, y lo apartó hacia un lado con asco y desdén. Para ella, esa criatura no era ya más que un juguete roto que había perdido su gracia.
—¡Pues son unas reglas tontas! ¡Tontas! ¡Por eso estoy asqueada! ¡Maldita Orden, maldita Mesa Redonda y todos sus papelitos!
—¡Basta ya de rabietas infantiles!
—¡Es que estoy asqueada, Cassandra! ¡Asqueada! ¡Harta! Siempre lo mismo, siempre lo mismo, siempre lo mismo... salir, beber, no mates, no dejes rastro, no esto, no aquello. ¡Me aburro! ¿Entiendes? ¡Me aburro!
—El aburrimiento es el precio de la eternidad. Debiste sopesarlo antes de aferrarte a ella con tanta desesperación.
—¡Es que no tenía opción! ¿O sí? ¿Tú crees que yo elegí esto? —resopló, encogiéndose de hombros—. Qué mierda es todo esto, Cassandra... En qué se ha convertido el mundo. Cada vez todo pierde más el sentido. Antes al menos había... no sé. Algo. Ahora no hay nada.
—No cubras el pasado de falsa nostalgia. Olvidas que en aquellos siglos vivíamos aterrorizados, escondiéndose de la Orden.
—Yo solo quiero algo distinto... Quiero sentir alguna maldita cosa por una vez en la vida. Una sola vez. Ya todo es efímero —susurró mi pequeña, sin apartar la vista del cristal oscuro, perdiéndose en las luces de una ciudad que ya habíamos visto envejecer cientos de veces.
—Regresemos a Finlandia, entonces. El hielo de tu tierra parece ser lo único que aún logra apaciguar tus nervios.
—Sí...
Verla tan abatida desarmó mi firmeza. Terminé cediendo, como siempre, convenciéndome de que era mi deber consentirla.
—Prometo procurarte algo allí... —murmuré.
Se recompuso al instante. Su rostro se iluminó, pero antes de que pudiera aprovecharse de mi debilidad, alcé el dedo índice a modo de advertencia.
—Pero con moderación. No quiero otro desastre como este, o el de hace catorce años. Por favor... no quiero tener a Lysander respirándonos en la nuca.
—Está bien... «moderación». Lo que tú digas, Cass. Moderación..
Suspiré, bajando la mano, resignada a mimarla.
—De acuerdo... y feliz cumpleaños.
—Gracias... Qué detalle tan tuyo, acordarte. Aunque sea porque yo te lo recordé antes. Pero oye, se agradece el esfuerzo. De verdad.