Home, reunir a todos veinte años después para que la gente se alegre de verlos lo conozco de los velatorios: se habla de lo de antes, se ríe uno y nadie dice nada nuevo. Tampoco hace falta, a veces.
The Devil Wears Prada 2 — Volver a Runway no alcanza si ya no queda nada nuevo que decir
The Devil Wears Prada 2 tenía un problema bastante grande desde el comienzo: volver a un universo que funcionaba tan bien precisamente porque la primera película ya había cerrado perfectamente el…
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Home, reunir a todos veinte años después para que la gente se alegre de verlos lo conozco de los velatorios: se habla de lo de antes, se ríe uno y nadie dice nada nuevo. Tampoco hace falta, a veces.
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The Devil Wears Prada 2 tenía un problema bastante grande desde el comienzo: volver a un universo que funcionaba tan bien precisamente porque la primera película ya había cerrado perfectamente el recorrido de sus personajes. Y para mí eso se nota durante gran parte de la secuela.
Hay algo agradable en volver a encontrarnos con ese mundo, reconocer los personajes, los códigos de la moda y determinadas dinámicas que hicieron tan recordada a la original, pero una cosa es disfrutar el reencuentro y otra muy distinta sentir que había una historia que realmente necesitaba ser contada. No me parece una película desastrosa, pero sí una secuela que vive demasiado de aquello que ya conocíamos.
El principal problema es que la primera The Devil Wears Prada tenía una idea muy clara. Andy entraba a un mundo que despreciaba, empezaba a comprenderlo, aprendía a moverse dentro de él y finalmente tenía que decidir cuánto estaba dispuesta a modificar de sí misma para conseguir aquello que quería. Miranda no era solamente una jefa intimidante: representaba la cima de una estructura profesional donde el éxito tenía un costo. Esa tensión le daba sentido a la moda, al trabajo y a prácticamente todas las relaciones de la película. En la secuela, en cambio, siento que muchas veces el conflicto existe principalmente porque necesitamos volver a poner a estos personajes juntos.
Y ahí aparece una dificultad bastante común de las secuelas tardías: confundir nostalgia con continuidad. Volver a ver una oficina, escuchar determinados nombres o encontrarnos nuevamente con personas que queremos puede producir una satisfacción inmediata, pero eso no significa necesariamente que la historia esté creciendo.
Hay momentos donde sentí que la película estaba más preocupada por recordarme cuánto me gustaba la primera que por hacerme sentir algo nuevo. Y justamente porque la original tenía personajes tan definidos, se nota muchísimo cuando una escena parece existir más para recuperar una sensación conocida que para desarrollar realmente a alguien.
Para mí, lo único que realmente eleva la película es ella: La gran Meryl Streep.
Miranda Priestly sigue teniendo algo que hace que prácticamente cualquier escena cambie cuando entra. Meryl no necesita levantar la voz, exagerar gestos ni convertir al personaje en una caricatura de sí mismo para recordarnos por qué Miranda quedó tan marcada en la cultura popular. Le alcanza con una mirada, una pausa antes de responder o esa manera de hablar como si cualquier conversación ya hubiera terminado antes de que la otra persona pudiera empezar a discutirle. Y eso me parece impresionante porque volver a interpretar un personaje tan famoso tantos años después tiene un riesgo enorme: empezar a imitar aquello que funcionó la primera vez.
Meryl evita bastante ese problema. No intenta hacer una colección de “momentos Miranda” para que el público aplauda cada vez que reconoce algo. Sigue encontrando esa frialdad, esa inteligencia y esa seguridad que hacen que el personaje parezca controlar una habitación incluso cuando permanece prácticamente quieta. Miranda nunca necesita demostrar que tiene poder; todos los demás modifican su comportamiento cuando aparece, y eso alcanza para que lo entendamos.
También creo que hay algo especial en volver a verla porque Miranda siempre fue mucho más interesante que la simple idea de “la jefa mala”.
En la primera película había momentos donde entendíamos el precio de ocupar esa posición. Su exigencia con los demás era brutal, pero también estaba relacionada con una exigencia todavía mayor sobre sí misma. El personaje había construido toda su identidad alrededor de una profesión donde mostrar vulnerabilidad podía convertirse inmediatamente en una debilidad. Y Meryl conseguía que viéramos pequeños momentos de esa persona debajo de la figura aparentemente intocable.
En esta secuela, cuando la película consigue acercarse nuevamente a esa dimensión, vuelve a funcionar. El problema es que no siento que lo haga con suficiente frecuencia. Muchas veces tenemos a una actriz extraordinaria interpretando un personaje extraordinario dentro de una historia que no encuentra una razón igualmente extraordinaria para haber regresado.
Y eso termina produciendo una sensación rara. Yo disfruto verla. Me gusta cada vez que aparece Miranda. Me gusta cómo Meryl puede sostener una escena simplemente mediante presencia. Pero justamente por eso se vuelve más evidente todo aquello que existe alrededor y no alcanza el mismo nivel. La mejor razón para ver The Devil Wears Prada 2 termina siendo recordar por qué Miranda Priestly era tan fascinante en la primera película.
La comparación con la original también resulta inevitable porque aquella película tenía una progresión emocional muy clara. Andy empezaba mirando la moda desde afuera, aprendía que aquello que despreciaba tenía un lenguaje, una industria y una influencia cultural enormes, y progresivamente empezaba a preguntarse qué estaba dispuesta a sacrificar para formar parte de ese mundo. Incluso el famoso discurso del sweater azul funcionaba porque Miranda podía destruir en segundos la idea de Andy de que sus elecciones estaban completamente separadas de la moda. Había una película detrás de la ropa.
Eso es lo que siento que esta secuela no consigue recuperar del todo.
Tiene la ropa.
Tiene el universo.
Tiene los personajes.
Tiene a Meryl Streep.
Pero no siempre encuentro la misma película debajo.
Y ahí está, para mí, la gran diferencia entre continuar una historia y simplemente volver a ella. Una buena secuela debería conseguir que después de verla sintamos que ahora entendemos algo nuevo sobre esos personajes. Que el paso del tiempo modificó nuestra relación con ellos. Que existía una pregunta que solamente podía plantearse después de todos estos años. En The Devil Wears Prada 2 siento demasiado seguido que el mayor atractivo consiste simplemente en decir: “mirá, volvieron”.
Eso puede ser divertido durante un rato. Pero no alcanza.
Quizás también me pasa porque la primera película había construido un cierre muy bueno precisamente alrededor de la idea de elegir. Andy había visto qué podía conseguir dentro de ese mundo, había demostrado que tenía capacidad para sobrevivir en él y finalmente decidió que poder hacerlo no significaba necesariamente querer vivir de esa manera. Volver sobre personajes con recorridos tan claros requiere encontrar un conflicto realmente fuerte para no desarmar aquello que funcionaba.
Y no creo que esta película lo consiga completamente.
Por eso mi problema no es que The Devil Wears Prada 2 sea imposible de disfrutar. Tiene momentos entretenidos, existe un componente nostálgico inevitable y volver a encontrarnos con determinados personajes produce cierto placer. Mi problema es que esperaba que una secuela de una película tan importante encontrara una razón más poderosa para existir que el simple hecho de que todos queríamos volver a verlos.
Pero después aparece Meryl. Y durante unos minutos todo parece mejorar.
Porque hay actores que interpretan personajes y hay actores que consiguen que un personaje parezca seguir existiendo incluso cuando pasan décadas entre una película y otra. Meryl Streep pertenece claramente al segundo grupo. Miranda Priestly vuelve a caminar por ese mundo con la misma autoridad, con esa combinación de inteligencia, crueldad, elegancia y control que hacía tan difícil apartar la mirada de ella.
Y quizás ahí esté la contradicción que mejor resume mi experiencia con la película: no creo que The Devil Wears Prada necesitara una segunda parte, pero si iban a hacerla, necesitaba absolutamente a Meryl Streep.
Porque para mí The Devil Wears Prada 2 no es una buena secuela.
Es una película sostenida en buena parte por el recuerdo de algo mejor.
Y, sobre todo, por una actriz que vuelve a demostrar que Miranda Priestly nunca necesitó demasiado tiempo en pantalla para recordarnos quién manda.
La película puede no encontrar una verdadera razón para volver a Runway. Meryl Streep, en cambio, consigue que cada vez que Miranda aparece entendamos inmediatamente por qué nosotros sí queríamos volver.
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PermalinkHome, reunir a todos veinte años después para que la gente se alegre de verlos lo conozco de los velatorios: se habla de lo de antes, se ríe uno y nadie dice nada nuevo. Tampoco hace falta, a veces.
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PermalinkLa primera tenía una ventaja que la secuela ya no puede comprar: salió de una novela de 2003 escrita por una exasistente de Vogue que contaba, apenas disfrazado, su propio año con una jefa imposible. Esa mezcla de rencor y fascinación está en cada escena de Andy. Weisberger publicó su propia continuación en 2013, Revenge Wears Prada, ya sin ese año que contar. Me suena que el problema que describes viene de ahí: cuando se acaba lo vivido, queda la nostalgia.
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