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Tokyo Story — Algún día también vamos a quedarnos esperando una visita

rodrigosegade1000
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Tokyo Story es una de esas películas que parecen no estar haciendo absolutamente nada extraordinario hasta que, casi sin darnos cuenta, terminan hablando de algunas de las cosas más importantes de…

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Tokyo Story es una de esas películas que parecen no estar haciendo absolutamente nada extraordinario hasta que, casi sin darnos cuenta, terminan hablando de algunas de las cosas más importantes de nuestra vida.

Yasujirō Ozu cuenta la historia de un matrimonio de ancianos que viaja desde Onomichi hasta Tokio para visitar a sus hijos, pero detrás de esa premisa aparentemente sencilla construye una reflexión profundamente conmovedora sobre el paso del tiempo, la familia, la soledad y esa distancia que empieza a aparecer entre las personas que alguna vez compartieron prácticamente toda su vida.

Lo que más me impresiona es que Ozu no necesita grandes conflictos, discusiones interminables ni acontecimientos extraordinarios para emocionarnos. Sus personajes conversan, comen, trabajan, organizan visitas y se preocupan por problemas cotidianos. Los hijos tienen sus propias familias, responsabilidades profesionales y dificultades para encontrar tiempo. Los padres intentan no convertirse en una molestia y agradecen incluso aquellos pequeños gestos de atención que reciben. Pero cuanto más avanza la película, más evidente resulta que hay algo profundamente triste en esa convivencia.

Porque quizás la pregunta que atraviesa toda la historia sea mucho más sencilla de lo que imaginamos: ¿En qué momento nuestros padres empiezan a convertirse en personas para las que ya no tenemos tiempo?

¿Cuándo dejamos de tener tiempo para quienes siempre tuvieron tiempo para nosotros?

Shukichi y Tomi llegan a Tokio con la ilusión de pasar unos días junto a sus hijos y nietos. No esperan grandes celebraciones ni necesitan que sus familias abandonen completamente sus responsabilidades. Simplemente quieren compartir un poco de tiempo con aquellas personas que alguna vez ocuparon el centro de su existencia. Sin embargo, descubren que la vida de sus hijos ya está organizada alrededor de otras prioridades.

Y ahí Ozu hace algo que me parece extraordinario: no convierte automáticamente a los hijos en malas personas. Tienen trabajos, hijos propios, obligaciones y preocupaciones que conocemos perfectamente. Sus decisiones pueden resultar egoístas y sus excusas dolorosamente reconocibles, pero casi nunca parecen actuar con la intención deliberada de lastimar a sus padres.

Eso vuelve la película mucho más triste.

Porque es relativamente sencillo indignarnos frente a una persona que abandona completamente a sus padres. Lo verdaderamente incómodo es reconocer comportamientos que podrían pertenecer a nuestra propia vida: postergar una visita porque estamos cansados, cancelar una comida por una obligación laboral o convencernos de que ya encontraremos otro momento para pasar tiempo juntos.

Tokyo Story nos enfrenta con la posibilidad de que ese otro momento no siempre llegue.

Me conmueve especialmente la actitud de Tomi. Chieko Higashiyama interpreta a una mujer que parece preocupada constantemente por no incomodar a sus hijos. Agradece, sonríe y encuentra palabras amables incluso cuando nosotros podemos reconocer que está recibiendo mucha menos atención de la que esperaba. Su interpretación tiene una delicadeza extraordinaria porque transmite una tristeza que el personaje rara vez está dispuesto a expresar directamente.

Y Chishū Ryū consigue algo parecido con Shukichi. Su personaje observa cómo cambiaron las relaciones familiares y parece comprender que ya no puede esperar que las cosas funcionen como cuando todos vivían juntos. Pero comprenderlo no significa que esa transformación deje de doler.

¿Por qué alguien que no es de la familia puede terminar siendo quien mejor nos acompaña?

Noriko, interpretada por Setsuko Hara, es uno de los personajes más hermosos de la película. Es la viuda de uno de los hijos del matrimonio y, a pesar de no tener una obligación familiar directa comparable a la de los demás, termina siendo quien encuentra más tiempo para acompañarlos.

Me encanta que Ozu no construya esa diferencia mediante grandes declaraciones. Noriko escucha, conversa, comparte su tiempo y procura que los ancianos se sientan cómodos. Son gestos relativamente pequeños, pero dentro de una historia donde prácticamente todos parecen demasiado ocupados adquieren una importancia enorme.

Y ahí aparece una idea que me parece fundamental: la familia no siempre está definida exclusivamente por los vínculos que heredamos, sino también por las personas que deciden hacerse presentes cuando realmente las necesitamos.

Noriko tampoco es una persona completamente libre de contradicciones. Continúa viviendo vinculada al recuerdo de su marido, siente culpa por la posibilidad de seguir adelante y tiene dificultades para imaginar una vida donde pueda construir otra relación. Lo interesante es que Shukichi y Tomi parecen comprender que la mejor manera de demostrarle cariño no consiste en exigirle que permanezca eternamente unida al pasado.

Hay algo extraordinariamente generoso en esa relación. Noriko encuentra tiempo para acompañarlos cuando los demás están demasiado ocupados, mientras ellos le ofrecen algo que ella también necesita: el permiso emocional para continuar viviendo.

Quizás por eso su vínculo sea tan conmovedor. Ninguno puede resolver completamente la soledad del otro, pero durante algunos momentos consiguen hacerla un poco más llevadera.

¿Cómo consigue Ozu filmar el paso del tiempo sin mostrarnos que el tiempo está pasando?

Desde lo cinematográfico, Tokyo Story me parece una verdadera lección de puesta en escena. Ozu utiliza una cámara baja, composiciones cuidadosamente organizadas y una cantidad mínima de movimientos para construir un mundo donde prácticamente todo parece tranquilo. Sus personajes se sientan, conversan y comparten espacios que muchas veces continúan apareciendo después de que ellos se marcharon.

Y esos planos de habitaciones vacías, pasillos, calles y paisajes me parecen fundamentales. No están simplemente para mostrar dónde transcurre la historia. Funcionan como pequeños momentos donde podemos observar que el mundo continúa existiendo independientemente de aquello que les ocurre a sus personajes.

Ozu también utiliza una forma de filmar los diálogos que le da a cada persona una presencia particular. Muchas veces sitúa a los personajes prácticamente frente a la cámara, permitiendo que sus rostros y sus palabras ocupen toda nuestra atención. No necesita movimientos elaborados para indicarnos qué deberíamos sentir. Confía en que comprendamos la dimensión emocional de una conversación aparentemente cotidiana.

Y ahí encuentro una de las cosas que más me gustan de su cine: Parece comprender que la vida rara vez nos anuncia cuáles van a ser nuestros últimos momentos importantes junto a alguien.

La última conversación con una persona puede parecerse a cualquier otra. Podemos despedirnos pensando que volveremos a encontrarnos dentro de unos días y descubrir, mucho tiempo después, que aquel momento significaba muchísimo más de lo que imaginábamos.

Ozu construye toda su película alrededor de esa incertidumbre. Los acontecimientos más importantes no siempre reciben una puesta en escena espectacular, precisamente porque sus personajes tampoco saben que están atravesando momentos que terminarán modificando sus vidas.

¿Y qué sucede cuando finalmente tenemos tiempo, pero ya no tenemos con quién compartirlo?

El último tramo de Tokyo Story es devastador porque transforma pequeñas situaciones que parecían insignificantes en recuerdos imposibles de recuperar. Cuando Tomi muere, la familia vuelve a reunirse y aparecen gestos de dolor que contrastan con las dificultades que todos habían encontrado para pasar tiempo con ella mientras estaba viva.

Y no creo que Ozu esté diciendo que ese dolor sea falso.

Al contrario, me parece que la tragedia consiste precisamente en que podemos querer profundamente a una persona y, aun así, comportarnos durante buena parte de nuestra vida como si siempre fuera a estar disponible.

Los hijos sufren la pérdida de su madre, pero también necesitan continuar con sus trabajos, regresar a sus hogares y recuperar sus rutinas. La película no los castiga mediante una gran revelación moral. Simplemente nos muestra que la vida sigue avanzando incluso después de acontecimientos que deberían detenerla por completo.

Y ahí aparece Shukichi, enfrentándose a la posibilidad de continuar viviendo sin la persona que lo acompañó durante prácticamente toda su existencia. Su soledad tiene algo extraordinariamente doloroso porque conocemos los pequeños hábitos que compartía con Tomi. No necesita explicar cuánto la extraña. Alcanza con observar el espacio que ella dejó vacío.

Tokyo Story me parece una película inmensa porque consigue hablar de la muerte sin dejar de estar profundamente interesada en la vida. Nos recuerda que nuestros padres también envejecen, que nuestros hijos construirán mundos donde ya no ocuparemos el mismo lugar y que las relaciones cambian incluso cuando el cariño continúa existiendo.

Pero, sobre todo, me dejó pensando en la facilidad con la que postergamos aquello que verdaderamente importa porque estamos convencidos de que todavía tenemos tiempo.

Quizás lo más triste de Tokyo Story sea descubrir que muchas veces no empezamos a extrañar a alguien cuando se va, sino cuando comprendemos que ya no podremos recuperar todo el tiempo que elegimos no compartir con esa persona.

Thoughts

  • mcastro71

    Shige pidiendo el kimono de verano de la madre nada más acabar el entierro es de lo más verdadero de la película, y a mí ya no me escandaliza. La gente pide un objeto en el pasillo porque no sabe qué hacer con las manos, y casi nunca va por codicia. Un kimono se mete en la maleta, a la madre ya no hay forma de llevársela. Kyoko se enfada con razón, pero yo a Shige le tengo más paciencia que la película.

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  • pjimenez77

    Mi mamá tiene ochenta y dos y sigue allá, a nueve horas de avión. Lo de Atami lo vi del lado contrario: los hijos de la película tienen a los padres en su propia casa y aun así los mandan a un balneario para que no estorben, y uno desde lejos daría cualquier cosa por ese estorbo. La excusa sí la reconozco, vale. Yo también digo el mes que viene, y el mes que viene tiene la misma cara que este.

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