1998 · Dir.: Spike Lee · Denzel Washington, Ray Allen, Rosario Dawson · 7/10
He Got Game parece, en principio, una película sobre básquet, pero Spike Lee usa el deporte para hablar de algo muchísimo más grande: Qué ocurre cuando un chico tiene tanto talento que deja de ser visto como una persona y empieza a convertirse en una oportunidad para todos los que lo rodean.
Jesus Shuttlesworth es uno de los mejores jugadores juveniles del país. Universidades, representantes, entrenadores, amigos y personas cercanas empiezan a imaginar qué podrían conseguir si logran influir sobre su futuro. Todos parecen saber qué debería hacer con su talento. El único que todavía está intentando descubrirlo es él.
Y en el centro de esa historia aparece Jake Shuttlesworth, su padre, interpretado por Denzel Washington. Jake está preso por la muerte de la madre de Jesus y recibe una oportunidad inesperada: salir temporalmente de prisión y conseguir una reducción de su condena si logra convencer a su hijo de jugar para la universidad que interesa al gobernador. Eso transforma inmediatamente el reencuentro entre ambos en algo profundamente incómodo. Jake quiere recuperar a su hijo, pero desde el principio esa posibilidad está contaminada por un interés.
Y ahí aparece una de las grandes preguntas de la película: ¿Puede un padre pedir perdón de verdad cuando incluso la oportunidad de volver a acercarse está condicionada por algo que necesita conseguir?
Spike Lee retrata muy bien la manera en que el mundo empieza a cerrarse alrededor de Jesus. Su talento debería representar libertad. Puede elegir universidad, construir una carrera profesional, ganar dinero y acceder a oportunidades que parecen extraordinarias. Pero cuanto más valioso se vuelve como jugador, más personas aparecen intentando dirigirlo. El talento le abre puertas, sí, pero detrás de cada puerta hay alguien esperando algo. Las universidades quieren que juegue para ellas. Los agentes quieren representarlo. Sus amigos imaginan aquello que podría cambiar en sus propias vidas. Incluso sus relaciones personales quedan atravesadas por la duda de hasta qué punto puede confiar realmente en las intenciones de quienes se acercan.
Eso me parece una de las ideas más fuertes de He Got Game: Todos aman aquello que Jesus puede hacer con una pelota, pero no todos están interesados en saber quién es cuando deja de jugar.
Ahí Spike Lee convierte al básquet en una metáfora bastante clara sobre explotación, identidad y presión. Jesus tiene una capacidad extraordinaria, pero justamente por eso corre el riesgo de que otros intenten convertir su futuro en un negocio antes de que él pueda decidir qué quiere hacer con su propia vida.
Para mí, de todos modos, el corazón de la película está en la relación entre Jake y Jesus. Denzel Washington hace algo muy difícil porque Jake no es un personaje fácil de perdonar ni de querer. Es un hombre que cargó con decisiones terribles y que, además, vuelve a aparecer en la vida de su hijo por un motivo que no puede considerarse completamente puro. Pero Denzel consigue que veamos, al mismo tiempo, cuánto lo ama. Ese amor no borra el daño, pero sí complica muchísimo nuestra mirada sobre él. Y creo que ahí la película gana una profundidad enorme, porque no intenta ofrecernos una reconciliación cómoda.
Jake ama a su hijo, pero llegó tarde. Puede pedir perdón, puede contar su versión, puede intentar acercarse, pero no puede recuperar el tiempo perdido. Y Denzel transmite muy bien esa frustración. Hay momentos donde mira a Jesus y parece estar intentando reconocer al chico que alguna vez entrenó, aunque delante suyo ya haya un adulto que aprendió a crecer sin él.
Esa idea me parece devastadora: Descubrir que amás profundamente a alguien que ya aprendió a no necesitarte.
El básquet también funciona como el único idioma que todavía comparten. Y por eso la escena del uno contra uno entre padre e hijo me parece tan importante. No necesitan sentarse frente a frente y explicar años de resentimiento. Hablan mediante aquello que siempre los unió. Jake fue quien le enseñó a jugar; Jesus terminó superándolo. Y cuando se enfrentan, todo lo que existe entre ellos aparece dentro de ese partido: orgullo, bronca, competencia, admiración, culpa y cariño.
Lo mejor de esa escena es que el resultado importa menos que lo que significa. Por unos minutos desaparecen las universidades, el gobernador, los agentes y toda la maquinaria que intenta apropiarse del futuro de Jesus. Quedan simplemente un padre y un hijo en una cancha, con una pelota entre los dos. Y Spike Lee entiende que determinadas relaciones no se reparan mediante un discurso perfecto. A veces lo máximo que puede hacerse es encontrar un lenguaje común y dejar que todo aquello que no puede decirse aparezca de otra manera.
También me gusta cómo la película trabaja la figura de Jesus como alguien que está constantemente rodeado de personas que creen conocerlo. Su propio nombre ya tiene un peso simbólico enorme. Todos proyectan algo sobre él. Todos esperan que salve, que elija, que represente, que responda. Pero él sigue siendo un chico tratando de decidir qué quiere hacer con su vida. Y ahí aparece otra de las preguntas centrales: ¿Qué pasa cuando todos parecen tener una versión de quién deberías ser y casi nadie te da el espacio para descubrir quién querés ser vos?
Spike Lee tampoco construye una película deportiva convencional.
No estamos esperando un gran campeonato ni una jugada final que resuelva todo. La verdadera competencia ocurre afuera de la cancha. Es la disputa por el futuro de Jesus. Eso vuelve el título especialmente interesante. Todos lo miran y piensan: He Got Game. Tiene talento. Tiene futuro. Tiene algo especial. Pero justamente porque “lo tiene”, todos quieren una parte.
Por eso también me gusta el final simbólico con la pelota. Jake, desde la prisión, sigue vinculado a Jesus a través del básquet. No significa que todo esté perdonado ni que la relación vuelva mágicamente a ser la de antes. Significa algo más complejo: que hay vínculos que permanecen incluso cuando están rotos. Podemos reconocer aquello que alguien nos dio sin negar aquello que nos hizo. Y creo que esa contradicción está muy bien trabajada en la película.
Denzel Washington me parece excelente porque nunca intenta hacer de Jake un padre perfecto ni un mártir. Lo interpreta como un hombre que sabe que cometió errores irreparables y que, aun así, quiere recuperar algo de su hijo. Ray Allen, además, funciona muy bien porque aporta una naturalidad que le sirve muchísimo a Jesus. No parece un personaje pensado para explicar grandes ideas, sino un chico verdaderamente cansado de que todos intenten decidir por él.
He Got Game me parece una muy buena película porque utiliza el básquet para hablar de padres e hijos, culpa, explotación, talento, presión y libertad. Spike Lee entiende que el verdadero conflicto de Jesus no es convertirse en una estrella. Todo el mundo ya está convencido de que puede serlo. El verdadero desafío consiste en conseguir que el futuro que todos imaginan para él no termine reemplazando al futuro que él mismo quiere elegir.
Porque quizás tener un talento extraordinario no signifique solamente tener más oportunidades. También puede significar pasar buena parte de tu vida intentando que los demás recuerden que, antes que una oportunidad, sos una persona.