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🎬 Back to the Future Part II — El futuro también puede convertirse en pasado.

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Después de una primera película que para mí funciona prácticamente como un mecanismo perfecto, Back to the Future Part II tenía uno de los problemas más difíciles que puede tener una secuela:…

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Después de una primera película que para mí funciona prácticamente como un mecanismo perfecto, Back to the Future Part II tenía uno de los problemas más difíciles que puede tener una secuela: continuar una historia que realmente no necesitaba continuación.

Marty había vuelto a casa, George había cambiado, Doc estaba vivo, la familia McFly era distinta y hasta la nueva aparición del DeLorean podía funcionar simplemente como un último chiste antes de los créditos. La primera película cerraba casi todo. La segunda, entonces, tenía dos opciones: Intentar repetir aquella fórmula o romperla. Y me gusta que elija lo segundo.

Part II agarra aquello que la primera había arreglado y demuestra que nada es realmente definitivo. El futuro puede intervenir sobre el presente, el pasado puede modificarse otra vez y una decisión aparentemente insignificante puede abrir una realidad completamente distinta.

Si en la primera el viaje temporal tenía un objetivo muy concreto (lograr que George y Lorraine se enamoraran y volver a casa), acá Zemeckis y Bob Gale empiezan a empujar las reglas hasta convertir el tiempo en un verdadero rompecabezas. Pero debajo de toda esa complejidad hay una idea bastante sencilla: la primera película preguntaba quiénes eran nuestros padres antes de ser nuestros padres; la segunda plantea algo quizás más peligroso, qué haríamos si pudiéramos conocer el futuro y utilizar esa información a nuestro favor.

Y ahí aparece el almanaque deportivo, que para mí es la gran idea de la película.

Marty no piensa en dominar el mundo ni en convertirse en alguien todopoderoso. Su razonamiento es muchísimo más pequeño y justamente por eso más humano: Si ya estoy en 2015 y puedo conocer todos los resultados deportivos de los próximos treinta años, ¿Por qué no llevarme esa información a 1985 y ganar plata? Parece casi inocente, pero en ese gesto aparece prácticamente todo el conflicto de Part II. Hasta entonces viajar en el tiempo había significado descubrir; el almanaque introduce otra posibilidad: Convertir el futuro en información privilegiada.

Biff entiende inmediatamente el verdadero poder de ese objeto.

Con el almanaque ya no necesita adivinar, esperar ni arriesgarse, tiene las respuestas antes de que exista la pregunta. Y cuanto más lo pienso, más inquietante me parece esa fantasía, porque una parte enorme de nuestra vida está construida alrededor de no saber. Elegimos una profesión sin conocer exactamente dónde nos va a llevar, nos enamoramos sin saber cuánto va a durar y tomamos decisiones sin conocer todas sus consecuencias. Vivimos porque no sabemos qué viene después. Apostar conociendo el resultado deja de ser apostar y elegir sabiendo exactamente qué va a ocurrir empieza a parecerse mucho menos a una elección.

Por eso el 1985 alternativo funciona tan bien. No es solamente “Hill Valley pero oscura”; es la consecuencia física de una persona que consiguió utilizar el tiempo para eliminar la incertidumbre y acumular poder. La primera película mostraba cómo un momento de valentía podía atravesar décadas y transformar una vida para mejor. La segunda descubre el reverso de esa misma idea: Una decisión también puede construir nuestro peor futuro.

Antes de llegar ahí, sin embargo, está 2015.

Y me encanta que Zemeckis no haya intentado imaginar un futuro solemne o apocalíptico. Su 2015 es exagerado, plástico y casi un parque de diversiones: hoverboards, autos voladores, zapatillas que se ajustan solas, pantallas gigantes, comida instantánea y tecnología en cada rincón. Algunas cosas terminaron acercándose bastante a nuestra realidad y otras quedaron completamente en la fantasía, pero creo que reducir esa parte a discutir “qué acertó y qué no” es perderse algo mucho más interesante.

Porque para mí uno de los mejores conceptos de ese futuro es el Café 80s. Marty viaja treinta años hacia adelante y descubre que su presente ya se convirtió en nostalgia, eso me encanta. 1985 para él no tiene nada de histórico: es simplemente su vida, su ropa, su música, sus productos, las cosas que ve todos los días. Pero en 2015 todo eso ya puede convertirse en decoración, mercancía y recuerdo.

La primera película permitía que 1985 mirara hacia 1955; la segunda permite que 2015 haga exactamente lo mismo con 1985.

Y ahí aparece una idea sobre el tiempo que me parece muchísimo más interesante que cualquier auto volador: Todo presente está destinado a convertirse en pasado.

Hay algo extraño en pensar eso mientras estamos viviendo. La ropa que ahora parece completamente normal algún día puede fechar una fotografía inmediatamente, una canción que escuchamos sin pensar puede terminar representando toda una década. Un objeto cotidiano puede convertirse en pieza de colección. El tiempo no solamente envejece a las personas; también convierte nuestra cotidianeidad en época.

Hill Valley vuelve a ser fundamental para expresar todo eso.

Ya la habíamos visto en 1955 y 1985; ahora aparece futurista y después completamente deformada por la realidad de Biff. El mismo espacio puede ser luminoso, decadente, tecnológico o directamente infernal dependiendo del momento que estemos observando.

Es la misma ciudad, pero nunca es realmente la misma. Esa es una de las cosas que más me gustan de toda la trilogía: Zemeckis no necesita hablar permanentemente del paso del tiempo porque puede mostrarlo modificando un cartel, un edificio, un comercio o una plaza. El tiempo se vuelve arquitectura.

Pero hay otro futuro todavía más interesante que Marty descubre en 2015: El mismo.

En la primera película había tenido la posibilidad de conocer a sus padres cuando tenían su edad; ahora tiene algo bastante más incómodo delante suyo, porque puede conocer al hombre en el que él mismo podría convertirse. Y lo que encuentra no es particularmente heroico. Su carrera no salió como esperaba, vive condicionado por un accidente y sigue siendo manipulado por Needles exactamente a través del mismo defecto que ya tenía de adolescente: Su incapacidad para soportar que alguien cuestione su valentía.

Eso convierte el viaje al futuro en algo bastante menos divertido de lo que parecía. ¿Realmente querríamos conocernos dentro de treinta años?

Porque no solamente veríamos nuestros éxitos, también podríamos encontrarnos con nuestros fracasos, nuestros arrepentimientos, las cosas que no hicimos o aquello que dejamos perder. Hay algo bastante cruel en observar una versión futura de nosotros mismos sin haber vivido todavía las decisiones que llevaron hasta ahí: Ver el resultado antes de conocer el camino.

Y quizás conocer demasiado pronto esa versión pueda convertirse también en una condena. Si alguien nos mostrara exactamente quiénes seremos dentro de treinta años, podríamos empezar a vivir cada decisión presente como una confirmación de algo que creemos inevitable. Pero Back to the Future insiste justamente en lo contrario: Nada es inevitable mientras todavía exista una decisión por tomar. El Marty adulto no es necesariamente quien Marty será; es quien podría llegar a ser. Esa diferencia termina siendo fundamental para la tercera película.

Ahí también aparece con mucha más fuerza su problema con que lo llamen “gallina”.

En la primera, Marty funcionaba principalmente como catalizador del arco de George. Ahora necesitaba un conflicto propio, algo dentro suyo capaz de producir consecuencias, y la película encuentra el orgullo. Marty puede atravesar décadas, enfrentarse a Biff y comprender paradojas temporales, pero basta con que alguien cuestione su valentía para que pierda perspectiva. Y eso me gusta porque finalmente la saga encuentra un problema que ninguna máquina del tiempo puede solucionar: Puede viajar a cualquier época, pero él sigue viajando consigo mismo.

Eso además crea una relación muy interesante con George.

En la primera película, George necesitaba descubrir que podía defenderse. Toda su vida estaba condicionada por el miedo y su gran transformación consistía en decidir quedarse frente a Biff. Marty, en cambio, tendrá que aprender la otra mitad de esa enseñanza. George necesitaba entender que enfrentarse a alguien no siempre era peligroso; Marty tendrá que comprender que no enfrentarse tampoco siempre es cobardía. La segunda película todavía no resuelve ese conflicto, pero lo deja preparado para que la tercera pueda cerrarlo.

Formalmente, Part II también es muchísimo más ambiciosa que la primera. Zemeckis multiplica personajes, versiones temporales y situaciones donde una persona puede compartir el espacio con otra versión de sí misma. Pero lo mejor de toda esa obsesión técnica aparece cuando la película toma una decisión que me sigue pareciendo extraordinaria: Volver a 1955.

Y no volver solamente al año. Volver literalmente a la primera película.

Regresamos al baile, a George y Lorraine, a Biff, a Marty tocando “Johnny B. Goode” y a acontecimientos que ya conocemos casi de memoria. Pero ahora estamos mirando desde otro lugar. Vemos aquello que estaba detrás de un auto, del otro lado de una puerta o fuera del encuadre original. El Marty de Part II tiene que moverse alrededor del Marty de la primera película sin cruzarse con él, mientras nosotros observamos escenas conocidas desde perspectivas nuevas.

Y ahí creo que la película encuentra algo casi metacinematográfico, porque volver a ver una película también es una forma de viajar en el tiempo.

La película sigue siendo la misma, pero nosotros no. Una escena que a los quince años nos hacía reír puede conmovernos a los treinta. Podemos descubrir una actuación que antes ignorábamos, mirar por primera vez lo que ocurre al fondo de un plano o entender una frase que años atrás no significaba nada. El pasado no necesariamente cambió; cambió la persona que volvió a mirarlo.

Eso es exactamente lo que hace Part II con Back to the Future. Zemeckis regresa a su propia película y descubre que todavía había otra perspectiva posible dentro de imágenes que parecían cerradas. La secuela no solamente viaja al pasado de Marty; viaja al pasado de la propia película.

Y además empieza a rimar constantemente con ella. Vuelve una persecución, pero el skate ahora se convirtió en hoverboard. Vuelve Biff. Vuelve el estiércol. Vuelve el baile. Vuelve la torre del reloj. La segunda película parece recordar permanentemente la primera y deformarla, pero nunca repetirla exactamente. Eso me parece fundamental porque Part II también termina siendo, de alguna manera, una película sobre la memoria. Recordamos determinados momentos como si fueran imágenes fijas, pero cuando regresamos a ellos casi siempre encontramos algo que habíamos dejado afuera.

Tal vez el tiempo de nuestras vidas se parezca menos a una línea perfecta y más a la forma en que Part II lo representa: una red de decisiones que solamente terminamos comprendiendo cuando miramos hacia atrás. Hay momentos que mientras ocurren parecen insignificantes y años después descubrimos que modificaron todo. Una conversación, una persona, una elección tomada casi sin pensar. El presente nunca viene con una señal avisándonos qué instante va a ser importante.

Zemeckis vuelve además a hacer algo que ya funcionaba maravillosamente en la primera película: Convertir conceptos temporales abstractos en objetos concretos. En lugar de depender únicamente de explicaciones, tenemos fotografías, periódicos, titulares y documentos que cambian frente a nuestros ojos. El futuro se reescribe físicamente. Un periódico cambia, una fotografía se modifica, un nombre desaparece y entendemos inmediatamente qué ocurrió.

El cine vuelve visible algo que solamente existe como idea.

No todo me funciona igual de bien, la ausencia de Crispin Glover se siente porque demuestra retrospectivamente cuánto corazón aportaba George a la primera película. Jennifer también termina siendo casi un problema que la propia historia necesita sacar del camino; la primera la había subido al DeLorean como parte de un remate y ahora la secuela tiene que encontrarle un lugar dentro de una aventura que claramente no estaba construida alrededor suyo.

Y creo que Part II inevitablemente pierde parte de la sencillez emocional de la original: Hay más exposición, más reglas, más líneas temporales y más momentos donde la película tiene que detenerse para explicar qué está ocurriendo.

Eso la vuelve menos perfecta que la primera. Pero también más extraña y, en muchos sentidos, más arriesgada.

La primera es una historia emocional extremadamente precisa disfrazada de ciencia ficción. La segunda empieza a disfrutar mucho más del dispositivo y quiere descubrir cuántas veces puede doblar el tiempo antes de romperlo. Aun así, debajo de toda esa complejidad sigue estando Zemeckis obsesionado con cuerpos, objetos, velocidad y timing.

Muchas escenas pueden reducirse a algo tan simple como quién tiene el almanaque, dónde está escondido, quién entra en un auto o quién llega un segundo antes. La trama puede ser complicada, pero la acción casi siempre es extraordinariamente clara.

Y después llega ese final.

Marty queda solo bajo la lluvia. Doc desapareció y parece que por primera vez el tiempo terminó ganando. Entonces aparece un empleado de Western Union con una carta que estuvo esperando durante décadas. Doc está vivo. Está en 1885.

Me encanta ese momento porque después de una película llena de tecnología futurista, autos voladores, pantallas, hoverboards, máquinas temporales y realidades alternativas, el mensaje más importante llega en un pedazo de papel. Alguien escribió algo, pasaron décadas y finalmente llegó a la persona indicada.

Hay algo tremendamente romántico en esa idea. Quizás nuestra relación con el tiempo funcione también un poco así. Dejamos cosas atrás sin saber cuándo van a regresar. Una carta, una fotografía, una canción, una película. Algo puede permanecer quieto durante años hasta que otra persona lo encuentra y de repente vuelve a estar vivo. El tiempo también es aquello que conseguimos hacer llegar hasta alguien que todavía no estaba ahí para recibirlo.

Y para mí ésa es una de las razones por las que Part II termina siendo mucho más interesante de lo que parece cuando solamente la pensamos como “la del futuro”. En realidad habla muchísimo del pasado: del futuro convertido en pasado, del presente convertido en nostalgia, de una película vieja convertida en escenario de una película nueva, de un adolescente observando quién podría ser y de una decisión tomada décadas atrás capaz de destruir todo aquello que parecía estable.

Pasamos una parte enorme de nuestra vida imaginando el futuro como si fuera un lugar que ya existiera y simplemente estuviera esperando nuestra llegada. Decimos “cuando tenga treinta”, “cuando consiga este trabajo”, “cuando esté con esta persona”, “cuando tenga plata”, como si en algún punto del camino existiera una versión terminada de nosotros mismos. Pero Back to the Future Part II plantea algo mucho más inquietante y, al mismo tiempo, muchísimo más liberador: esa persona todavía no existe.

La estamos construyendo ahora.

El futuro de Marty parece escrito cuando lo observa en 2015, pero depende de decisiones que todavía no tomó. Del mismo modo, el presente alternativo de Biff parece una realidad absoluta hasta que descubrimos el pequeño instante del pasado donde empezó a construirse. Quizás por eso queremos tanto conocer nuestro futuro: porque saber nos daría la ilusión de que existe un orden, de que todo esto va hacia algún lugar determinado.

Pero tal vez no saber sea precisamente lo que nos permite ser libres.

Si conociéramos todas las respuestas, dejaríamos de vivir las preguntas.

Marty todavía no comprende completamente eso. Va a necesitar una película más. Por eso siento que Part II es inevitablemente menos cerrada que la primera: no está construida para terminar, sino para dejar una idea abierta que la tercera tendrá que resolver.

Marty pasó dos películas creyendo que viajar en el tiempo podía permitirle arreglar aquello que salió mal. Todavía tiene que descubrir que la decisión más importante de su futuro no necesita un DeLorean.

Solamente necesita llegar el momento.

Y elegir distinto.