Creo que, de lo que va de mi proyecto de 365 películas, fue de las que más me erizó la piel. Hay momentos donde directamente dejás de ver al actor y sentís que estás viendo a Michael Jackson. Cómo está grabada, el frenetismo de la cámara, la energía de los shows, las luces, los movimientos… Todo está hecho para meterte adentro de ese fenómeno que fue Michael.
Y también me sorprendió otra cosa. Uno entra esperando que la película cuente toda la polémica, todos los escándalos, toda la parte más mediática de su vida. Pero en realidad va mucho más hacia otro lado. Hacia el chico. Hacia alguien que prácticamente no tuvo infancia. Un padre abusivo, violencia, exigencia constante, presión desde muy chico, la necesidad de ser perfecto todo el tiempo. La película muestra cómo Michael fue tratado más como una máquina de rendimiento que como una persona.
Incluso hay momentos donde está destruido físicamente, al borde de colapsar, y aun así lo siguen empujando a salir de gira, a actuar, a sostener algo imposible. Y ahí la película empieza a pegar distinto, porque deja de ser la historia de una estrella y pasa a ser la historia de alguien que vivió toda su vida observado. Y eso cambia mucho la mirada.
Me parece especialmente interesante cómo la película relaciona esa infancia con la necesidad de perfección que acompañaría toda su carrera. Para Michael, la música aparece desde muy temprano como una manera de expresarse, pero también como un espacio donde necesita conseguir constantemente la aprobación de los demás. Lo que para nosotros puede ser un espectáculo extraordinario, para él representa años de ensayos, disciplina y expectativas que parecen crecer junto con su fama. Y ahí aparece una contradicción bastante dolorosa: el mismo talento que le permitió encontrar una identidad propia también terminó convirtiéndose en una de las mayores exigencias de su vida.
¿Cuándo un artista deja de interpretar canciones y empieza a construir un lenguaje propio?
La película también hace algo muy bien: Mostrar cómo Michael encontraba refugio en el arte y en los demás. Las escenas de Thriller y Beat It son increíbles porque no se sienten solo como recreaciones icónicas. La puesta, el montaje y el movimiento de cámara realmente transmiten la sensación de estar viendo a alguien cambiar la cultura pop en tiempo real.
Y hay algo fundamental en estas recreaciones: Michael no fue extraordinario solamente por su voz o por la precisión de sus movimientos, sino por su capacidad para imaginar el espectáculo como una experiencia completa. La música, la coreografía, el vestuario, la iluminación y el lenguaje del videoclip empezaron a formar parte de una misma idea artística.
Thriller no es solamente una canción acompañada por imágenes, sino una pequeña película que combina el terror, el humor, el baile y una puesta en escena que terminó transformando nuestra manera de entender los videoclips. Y con Beat It ocurre algo parecido: cada movimiento, cada enfrentamiento y cada decisión coreográfica forman parte de una historia que podría contarse incluso sin escuchar su letra.
Creo que Fuqua consigue transmitir algo de esa ambición cuando nos mete dentro de los números musicales y nos permite comprender que Michael no solamente interpretaba canciones extraordinarias: estaba creando una manera completamente nueva de convertirlas en imágenes. La cámara tiene un frenetismo constante que acompaña la energía de Michael, pero sabe cuándo bajar. En medio del espectáculo aparecen silencios, primeros planos más íntimos y miradas cansadas. Y ese contraste funciona muchísimo, sobre todo porque la película marca muy bien la diferencia entre el Michael artista y el Michael persona. Arriba del escenario todo tiene ritmo, color, movimiento y control. Fuera de ahí, la imagen se vuelve más fría, más apagada, más silenciosa. Como si el show fuera el único lugar donde realmente sabía existir.
¿Cómo se interpreta a alguien que prácticamente todo el mundo conoce?
Y acá quiero detenerme especialmente en Jaafar Jackson, porque su trabajo me parece uno de los grandes motivos por los que la película consigue emocionarme tanto. Interpretar a Michael Jackson implica enfrentarse a un artista cuyos gestos, movimientos y coreografías forman parte de nuestra memoria colectiva. Todos reconocemos su manera de caminar, la posición de sus manos y esa capacidad de transformar un movimiento mínimo en algo inmediatamente identificable. Pero Jaafar consigue que durante determinados momentos dejemos de pensar en el parecido físico o en la imitación. Hay una energía en su interpretación que hace que la figura de Michael parezca volver a existir frente a nosotros, especialmente cuando comienza a sonar la música.
Y eso me parece fundamental para una película biográfica. No alcanza con reconstruir un vestuario, reproducir una coreografía o utilizar canciones que todos conocemos. Hace falta recuperar algo de aquello que convirtió al artista original en una figura irrepetible. Jaafar entiende que Michael no solamente bailaba extraordinariamente bien: Tenía una manera particular de ocupar el escenario, de relacionarse con el público y de construir una expectativa alrededor de cada movimiento. Hay momentos donde la cámara parece perseguirlo porque su cuerpo lleva el ritmo de toda la secuencia. Y cuando eso sucede, la película consigue que nos olvidemos por completo de que estamos viendo una recreación.
Y ahí entendés por qué Michael no era solo famoso. Era alguien que parecía vivir permanentemente intentando crear algo más grande que él mismo. Hay algo extraordinario en esa capacidad de imaginar un espectáculo completo y después conseguir que cada uno de sus elementos funcione con una precisión prácticamente imposible. Pero también hay algo profundamente triste cuando empezamos a comprender cuánto esfuerzo necesitaba para sostener esa imagen y hasta qué punto su talento terminó convirtiéndose en una obligación que parecía no tener descanso.
¿Dónde termina nuestra admiración y empieza nuestra exigencia?
Hay algo bastante contradictorio en nuestra relación con los grandes artistas. Admiramos su capacidad para hacer cosas extraordinarias, pero muchas veces terminamos considerando esa capacidad una obligación. Queremos otro disco, otra gira, otro espectáculo y otra oportunidad de experimentar aquello que nos hizo enamorarnos de su música. Y mientras miraba Michael, especialmente después del accidente de Pepsi y de las escenas donde aparece físicamente agotado, pensaba en lo fácil que resulta disfrutar del resultado de una exigencia sin preguntarnos demasiado por el esfuerzo que existe detrás.
Nosotros vemos a Michael dominar un escenario y parece que todo le sale naturalmente, pero esa perfección es el resultado de años de disciplina, ensayos y una presión difícil de imaginar. La película me hizo volver a mirar los espectáculos que tanto me emocionaron al principio, pero desde otro lugar: el mismo perfeccionismo que conseguía que Michael pareciera invencible sobre el escenario podía convertirse en una carga enorme cuando finalmente se apagaban las luces. Y quizás lo más difícil para alguien que alcanza semejante nivel de fama sea descubrir que el mundo puede seguir exigiéndole cosas incluso cuando ya no tiene nada más para dar.
Me gusta especialmente cómo ese contraste modifica nuestra manera de experimentar las secuencias musicales. Al principio nos dejamos llevar por la energía de los conciertos, por las canciones y por la extraordinaria capacidad de Jaafar para recuperar los movimientos de Michael. Pero a medida que conocemos mejor la presión que la película muestra detrás de esos espectáculos, empezamos a observarlos de una manera diferente. Cada coreografía perfecta adquiere otro significado, porque ahora también podemos imaginar los ensayos, el cansancio y las exigencias necesarias para que todo parezca tan sencillo. La película consigue que admiremos todavía más al artista, pero también que nos preguntemos cuánto le estaba costando sostener aquello que nosotros disfrutábamos.
Pero al mismo tiempo, la película muestra otra cara mucho más humana. Cómo constantemente buscaba acercarse a chicos enfermos, hospitales y personas vulnerables. Y eso pega especialmente después del accidente de Pepsi, porque incluso estando destruido físicamente y agotado, Michael aparece acompañando a chicos que estaban pasando por situaciones parecidas. Y ahí la película baja todo el mito a tierra. Entre tanto espectáculo y perfección imposible, aparecen momentos donde Michael parece entender mejor a las personas que están sufriendo que al mundo gigantesco que tenía alrededor.
Hay algo particularmente conmovedor en esas escenas porque, por primera vez, la relación entre Michael y las personas que lo rodean parece alejarse de las exigencias profesionales. No hay una coreografía que deba salir perfecta, un escenario que necesite llenarse ni millones de espectadores esperando que haga algo extraordinario. La película encuentra en esos encuentros una forma diferente de mostrar su relación con los demás y plantea una idea que me gusta mucho: quizás algunas de las experiencias que más necesitamos no sean aquellas que nos permiten demostrar todo lo que somos capaces de hacer, sino aquellas donde finalmente podemos relacionarnos con alguien sin tener que demostrar absolutamente nada.
Como si pasara gran parte de su vida intentando darles amor y contención a otros, mientras él nunca terminaba de encontrar eso para sí mismo. Y quizá por eso las escenas que más pegan no son las más espectaculares, sino las más humanas. Las que, por un instante, dejan de mostrar a un ícono y muestran a alguien profundamente solo.
¿Cuánto conocemos realmente a alguien que vivió toda su vida frente a millones de personas?
También creo que hay algo importante en la decisión de Fuqua de concentrarse en determinados aspectos de la vida de Michael. Una película biográfica nunca puede contener completamente la existencia de una persona, especialmente cuando se trata de alguien que estuvo tan expuesto mediáticamente y cuya historia continúa generando tantas conversaciones y controversias. Michael elige construir su relato principalmente alrededor de la infancia, la exigencia artística, el vínculo con su familia y las consecuencias emocionales de una fama extraordinaria. Esa elección no agota su historia ni resuelve las cuestiones polémicas que quedan fuera del centro del relato, pero permite entender qué retrato quiere construir la película.
Y creo que es importante hacer esa distinción porque podemos emocionarnos muchísimo con una interpretación cinematográfica sin confundirla con una explicación definitiva de la persona real. Lo que me interesa de Michael es precisamente su capacidad para hacernos experimentar la grandeza de un artista y, al mismo tiempo, observar la vulnerabilidad que la película imagina detrás de esa figura pública. Podemos disfrutar de las recreaciones musicales, admirar el trabajo de Jaafar Jackson y conmovernos con las escenas más íntimas sin pretender que dos horas de cine puedan explicar todas las contradicciones de una vida tan compleja.
Porque quizás ésa sea la contradicción que más me queda de Michael: un artista capaz de emocionar a millones de personas, de transformar la música en imágenes extraordinarias y de conseguir que todo un estadio pareciera moverse al ritmo de su cuerpo, pero que, al menos en el retrato que construye la película, nunca termina de encontrar para sí mismo aquella felicidad que conseguía despertar en los demás.
Y después de todas las recreaciones de Thriller, Beat It, los conciertos y esos momentos donde Jaafar parece transformarse verdaderamente en Michael, termino quedándome con algo mucho más sencillo. La imagen de una persona que podía tener el mundo entero delante suyo, que había conseguido prácticamente todo aquello que cualquier artista podría soñar y que, sin embargo, todavía parecía necesitar algo que ninguna cifra de ventas, ningún premio y ningún estadio lleno podían garantizarle.
Quizás lo más triste de todo sea que Michael podía hacer feliz al mundo entero, pero ni siquiera el aplauso de millones de personas podía garantizarle sentirse querido sin tener que demostrar absolutamente nada.