Uno ve a Adam Sandler y piensa que va a encontrarse con una de esas películas suyas, medio absurdas, simples y pensadas para pasar el rato. Pero The Cobbler me sorprendió justamente porque termina siendo algo bastante distinto. Es una película rara, irregular por momentos, incluso un poco despareja en su tono, pero debajo de todo eso hay una idea que me resultó mucho más interesante de lo que esperaba.
Porque en el fondo habla de la identidad. De un hombre que vive una vida bastante gris, atrapado en una rutina que nunca terminó de elegir. Un oficio que heredó de su padre, un negocio que parece detenido en el tiempo y una responsabilidad que también terminó cayendo sobre él: hacerse cargo de su madre. Es una vida que no construyó necesariamente porque la quisiera. Es una vida que simplemente le tocó.
Y ahí aparece la posibilidad de convertirse en otras personas al ponerse sus zapatos. Al principio funciona como una fantasía bastante tentadora. Puede salir de su cuerpo, de su rutina, de su propia vida. Puede probar otras personalidades, otros cuerpos, otras formas de moverse por el mundo.
Y creo que ahí aparece algo bastante humano: la fantasía de ser otro. Porque quién no imaginó alguna vez cómo sería vivir otra vida. Tener otro trabajo, otro cuerpo, otra personalidad, tomar decisiones diferentes, empezar de nuevo. No necesariamente porque odiemos quiénes somos, sino porque a veces simplemente nos cansamos de ser nosotros mismos.
Y el problema es que, cuanto más se mete en esas otras identidades, más aparece una pregunta incómoda: ¿quién sos cuando dejás de esconderte en los demás?
Porque al principio parece que la magia le está dando libertad. Pero de a poco empieza a quedar claro que también puede convertirse en una forma de escapar. No está descubriendo quién quiere ser. Está evitando enfrentarse con quién es.
Y ahí la película cambia.
Cuando arregla los zapatos de su padre y descubre que puede convertirse en él, podría haber utilizado esa posibilidad exactamente de la misma manera que las anteriores. Pero decide hacer algo completamente diferente. Se convierte en su padre para darle a su madre algo que ella ya no puede tener: la posibilidad de volver a compartir una cena con el hombre que perdió.
Y esa escena, para mí, es de lo mejor que tiene la película.
Porque no necesita grandes efectos ni un discurso sentimental para funcionar. Es algo pequeño, silencioso y profundamente humano. Por un momento, la magia deja de ser una herramienta para escapar de su propia vida y se convierte en una manera de devolverle a otra persona un momento que creía perdido para siempre.
Y ahí The Cobbler deja de ser simplemente una película sobre poder convertirse en otra persona. Pasa a ser una película sobre lo fácil que es querer dejar de ser uno mismo.
Porque quizás el verdadero poder de esos zapatos no está en permitirle vivir otras vidas. Está en mostrarle todo aquello de lo que está intentando escapar de la suya.
Puede meterse en otros cuerpos. Puede caminar por otras historias. Puede experimentar otras vidas. Pero siempre termina volviendo a él.
Y eso es lo que más me interesa de la película. Que la fantasía no termina resolviendo su vacío. Al contrario, lo hace más evidente. Porque después de probar tantas posibilidades, empieza a entender que ninguna identidad ajena puede solucionar aquello que no está funcionando dentro de la propia.
Podés recorrer mil vidas ajenas y aun así volver exactamente al mismo lugar.
Con lo que sos. Con lo que no hiciste. Con lo que todavía te pesa.
Y quizá por eso la película, con todas sus irregularidades, termina dejando algo bastante más profundo de lo que uno espera cuando empieza a verla.
Porque todos tenemos alguna forma de “zapato” que nos permite escapar. Una fantasía, una persona, una rutina, una distracción, una versión de nosotros mismos que inventamos para no mirar demasiado de cerca aquello que no queremos enfrentar.
El problema es que ninguna de esas cosas dura para siempre. En algún momento hay que volver a casa y ahí aparece la idea que creo que termina sosteniendo toda la película: No hay transformación mágica que te saque de vos mismo.
Podés cambiar de cuerpo, de vida, de identidad o de camino. Pero tarde o temprano volvés a ser vos.
Y quizás crecer tenga un poco que ver con eso. Con dejar de buscar otra vida para escapar de la propia y empezar, de a poco, a decidir qué hacer con la que te tocó.
Porque al final, no hay magia que te resuelva la vida.
Solo decisiones que venís evitando.