La piedra del río como gesto silencioso.
Ten(z)o
Él no era así, o no recordaba cuándo había sido el cambio, ahora estaba constantemente tenso.
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Pensamiento
La piedra del río como gesto silencioso.
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Él no era así, o no recordaba cuándo había sido el cambio, ahora estaba constantemente tenso.
No, si lo recordaba, lo recordaba exactamente, pero trataba de no hacerlo porque cada vez que volvía allí, a ese recuerdo exacto, solo podía sentirse inquieto, una taquicardia violenta que trataba de calmar controlando la respiración, y corriendo lo más lejos que podía de aquel recuerdo.
Estaba seguro de que si podía volver a ese momento preciso donde esto comenzó, algo cambiaría, tal vez volvería a tener algo de seguridad en su vida, pero no podía; el solo intento de habitar ese recuerdo un segundo de más lo dejaba babeando, jadeando y más apesadumbrado que en cualquiera de sus episodios anteriores.
¿Cómo volver al suceso? ¿Cómo?
Si vuelvo allí moriré, de verdad, para siempre, esta vez sí.
Enzo sabía, muy en el fondo, que recordar no haría que algo sobrenatural ocurriera, pero estaba seguro de que su corazón no resistiría volver a aquel momento. Simplemente la sobreexigencia de aguantar tantos latidos juntos, provocados por el temor, lo dejarían exhausto y en reposo para siempre.
Cálmate, respira. Cálmate y respira otra vez.
Esta vez fue leve.
No lo pensaré, me prometo no pensarlo.
¿Pero si tal vez?
No, no hay tal vez. No lo hay, no lo habrá; la vida sigue, y mientras siga siendo cuidadoso es posible que siga.
Estaba licuando una lasagna. Tenía guantes de electricista en las manos y unas antiparras.
Si tal vez se acercara de a poco al recuerdo, tal vez solo a esa mañana, la simple, particular y nada extraña mañana de aquel día que cambió su vida.
Ese día, ese día, y cuando la imagen mental intentaba volver a entrar por los ojos de la memoria, simplemente él desviaba la mirada. Los ojos en blanco, sacudía la cabeza.
Tranquilo, Enzo. Tranquilo, Enzo.
El timbre de la puerta.
—Abrí, Enzo, soy Manuel.
Manuel dijo, mientras licuaba la lasagna.
Había bajado muchos kilos, ya no comía a menos que fuera necesario, y si era estrictamente necesario, licuaba todo; por miedo al atragantamiento y por miedo a electrocutarse lo hacía con guantes de electricista, un delantal, botas de caucho, antiparras gruesas, un gorro de red, protección al máximo —claro, antiparras, no quería quedar ciego—.
No quería dejar la licuadora sola. ¿Qué pasaba si la tapa volaba por la sacudida e iba a parar a los vidrios de la ventana? Tal vez algún fragmento terminaría incrustado en él, directo en su yugular, podría ocurrir que se desangrara hasta morir; o algo peor, que alguien allí abajo sufriera un accidente por culpa de aquella tapa, esa persona sabría que fue su culpa y subiera a matarlo a golpes.
¿Qué pasaba si la licuadora tenía un desperfecto y todo se incendiaba? No, eso no podía ser. Desconectó todo con cuidado. Después de todo, el hambre se había ido, solo sentía dolor en la boca del estómago, náuseas y sueño.
El miedo, ese temblor horrible por su cuerpo, un escalofrío: casi se había muerto.
Manuel volvió a gritar: —¡Enzo!
Enzo caminó a la puerta, con cuidado, despacio.
—¿Qué querés, Manuel?
—Nadie sabe nada de vos, tu madre quiere saber si estás bien.
—Por el momento sí.
—Hace un mes que nadie te ve.
—Estoy bien.
—No has ido al trabajo.
¿Cómo iría? Ya no bajaba las escaleras, tampoco las subía; casi se mata, bueno, era un decir, había esquivado a la muerte. No se había acercado a las escaleras ya nunca jamás. Cada escalón era una sentencia de muerte. Por consiguiente, cruzar la calle, ni hablar: los autos podían matarlo, un ciclista distraído, un perro sin vacunar, un pájaro enfermo.
Estar parado en la vereda ya era mucho, y ¿si alguien perdía el control y lo chocaba? Con tanta mala suerte de quedar cuadripléjico al cuidado de alguien que se durmiera, y una noche una cucaracha entrara a su boca y se acomodara plácidamente en su garganta, asfixiándolo mientras él no puede moverse, no puede hacer nada, matándolo lentamente. No, no podía permitir eso. Por eso no salía, dormía con barbijo y tapones de oído. O lo intentaba: los tapones le tapaban los oídos, sí, pero entonces cómo iba a escuchar si algo pasaba, un incendio, un grito, alguien entrando a robarle, a matarlo mientras dormía sordo y confiado. Y el barbijo, el barbijo lo protegía de los gérmenes que flotaban de noche, pero también le apretaba un poco la nariz, y si se apretaba de más, si en algún momento del sueño se corría mal, podía asfixiarse, morir ahogado por su propia protección. Así que mejor no dormir. Si podía, no dormía.
—¿Enzo?
—No, Manuel, no fui, pero estoy bien, ya pronto iré a visitarlos.
—Como quieras. Dice tu mamá que te abrigues.
Afuera, cuarenta grados, pero mamá es mamá y el abrigo era necesario. Mamá siempre lo había cuidado, desde niño: nada de salchichas, nada de hamburguesas, nada de ultraprocesados, después de todo eso daba leucemia.
Nada de caramelos, nada de chicles, nada de chocolates: caries y, por consiguiente, infecciones de los huesos esponjosos, meningitis bacteriana y muerte segura.
Nada de patines, nada de pasamanos, nada de patinetas; eso era peor: una fractura, una internación, una infección intrahospitalaria y, después de una horrible agonía, la inminente muerte.
Enzo, pobre Enzo, tan temeroso. Quizás siempre había sido así, o tal vez nunca, tal vez escuchó los consejos equivocados. No lo sabía, pero allí estaba, cumpliendo todo al pie de la letra para tener un minuto más.
—Gracias —dijo Enzo.
Escuchó los pasos alejarse.
La luz de la cocina seguía prendida. Qué descuido, podía comenzar un incendio, y después, en ese incendio, sin ver, ciego por el humo y aturdido, chocaría contra algo, algo punzante directo al ojo, al cerebro, y moriría instantáneamente, o tal vez desangrado; en el mejor de los casos podría ser aplastado por algún desprendimiento, algo menos doloroso, un aplastamiento seco, un dolor intenso y nada más. La apagó —claro que se puso antes sus guantes—. La muerte de nuevo, casi moría, se sacudió, se estremecía.
La luz, la corriente, que era su mayor enemiga a estas alturas; después de todo, ya había cancelado el gas. La muerte silenciosa, una explosión a medianoche: eso no era imaginable, no para él.
Llamó con mucho cuidado, usó su celular pero en altavoz y lejos, porque pegado al oído, esas ondas, según su mamá, provocaban meduloblastomas, y no podía arriesgarse.
—Ya le dije, señorita, corte la luz, no quiero más el servicio —y cortó.
Esa noche ya estaba a oscuras. El temblor, la caminata lenta pero aun así necesaria. Seguía tenso. Necesito no recordar, ¿o sí? No puedo, no, no debo. Pero necesito hacerlo.
Uno, dos, tres, se preparaba para la zambullida, pero adivinaba que el agua de sus recuerdos estaría fría, y otra vez no se hundía.
Entonces empezó por la mañana.
Esa particular mañana, tan tranquila. Salió con su maleta —aún salía—, tomó un taxi, se subió con un desconocido. Fue al aeropuerto. No pudo más, comenzó a agitarse, la respiración interrumpida, solo podía pensar que estaba muriendo: me muero, me muero.
Esperó un rato. La respiración se estabilizó una hora después, el corazón se calmó; el dolor en el brazo, un infarto seguro. Nada tenía que ver la extraña posición en la que estaba, este debía ser un preinfarto.
Pero en este punto, después de un mes, no podía parar. La fila del embarque, el detector, y el miedo a que los rayos X le provocaran algún tipo de mutación genética. La hora de embarcar y la charla que escuchó, casual. Otra vez la opresión en el pecho, el dolor de cabeza, la boca seca, el sudor frío abundante que corría por su cuerpo, un horrible mareo repentino, la sensación de náusea. Se iba a desmayar. Necesitaba correr al sofá. Pero no podía correr; pero necesitaba caer allí, si no podía morir. Se arrastró un poco, dos pasos, eran los dos pasos más difíciles de su vida, y se desplomó. Dos horas allí, y su corazón ya no podía más.
La cabina del avión, la charla que no debió escuchar entre los pilotos: "ya están arregladas las turbinas".
Las turbinas habían estado mal, podían caer, podían morir, qué irresponsables, subirlos a un avión averiado, asesinos. Lo querían matar. Enzo bajó corriendo, no viajó, y desde ese momento todo había cambiado. Pero ahora lo sabía: habían tratado de asesinarlo.
Estaba más tranquilo, no se sentía tenso, sintió su corazón en paz. Pero aún se preguntaba: ¿y si alguien más quiere matarme? ¿El de la luz? ¿El del agua? Entonces lo supo: todo era una trampa.
Una trampa mortal. Todos son peligrosos, todo es peligroso. Enzo decidió recostarse en el suelo; después de todo, en el sofá aún había riesgo de caerse. Se colocó los tapones para el oído, los tenía en el bolsillo del pantalón; no quería que ningún insecto entrara en su canal auditivo. Colocó sus brazos encima para que ningún bicho subiera, o para poder alejarlo de inmediato si ocurría. Cerró los ojos, así nada se metería en ellos, ninguna suciedad, ningún parásito, ningún germen.
Los parásitos siempre le habían dado temor, comiéndolo en silencio desde adentro, pero ya no; había tomado todas las pastillas que había podido, él era inmune, y nadie lo iba a matar.
Se quedó allí, tranquilo, en esa cómoda posición, derecho. Brazos sobre su pecho, ojos cerrados, allí en el suelo. Ya no estaba tenso.
Thoughts
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PermalinkLa piedra del río como gesto silencioso.
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PermalinkEl gorro de red y las antiparras para licuar una lasaña me hicieron reír, y dos párrafos más abajo ya no me estaba riendo nada. Y el título, con la z metida ahí dentro, recién lo entendí al llegar al último párrafo. Gracias por traerlo aquí! ¿Tienes más cuentos como este por acá?
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PermalinkMe quedé un rato en el último párrafo. Enzo se acuesta derecho en el suelo, brazos sobre el pecho, ojos cerrados, y ahí por fin dice que ya no está tenso. Esa es la postura exacta en que acomodan a alguien en un velorio, y él llegó ahí buscando estar a salvo. A mí me dejó caminando por la casa un buen rato.
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