Hoy es sábado 4 de julio de 2026, las 00:50.
Me declaro, sin dudarlo, la persona más fría del mundo. (Necesito aclarar esto antes de seguir).
Ayer tuve una cita. Sí, señores, leyeron bien: una cita. Algo que no tenía desde hace casi un año. Fue interesante.
Me llevó a la biblioteca del shopping y me mostró sus mangas favoritos. La verdad, no soy muy fan de eso (prefiero la literatura clásica, los ensayos, los libros existencialistas), pero algo me atrapó: el fervor con el que hablaba de ellos. Para mí no son más que dibujos con buena estética, aunque aclaro que no los subestimo, simplemente no es lo mío.
No podía dejar de mirarle los ojos. Su mirada era como mirar al sol: hermosa, cegadora. Cada vez que el ardor se volvía insoportable, desviaba la vista hacia los mangas y le preguntaba, fingiendo ingenuidad, de qué trataban, cuál era la diferencia entre manga y manhwa, cualquier cosa con tal de seguir escuchándola.
Después nos sentamos en el patio de comidas a tomar mates mientras jugábamos al chinchón. O mejor dicho: mientras ella jugaba. Yo solo tiraba cartas, mucho más atento a sus delgados labios que al juego. Ganó, claro. Ni me enteré. Solo quería pasar un rato lindo con ella. Al mismo tiempo se jugaba el partido de Argentina contra Cabo Verde, un partidazo que me perdí por completo… y que no me importó en lo más mínimo.
Casi al final, le propuse comer unos panchos y después acompañarla a la parada. Durante toda la caminata no paró de hablar de que todos los fines de semana sale al boliche, y de sus ex novios. Toda la conversación giró en torno a eso. Fue una tortura. Tuve que responder con cortesía, mordiéndome las ganas de decirle que no me importaban sus ex, que lo que realmente me interesaba era ella.
A pesar de todo, no me dio mala sensación. Al contrario. Y eso me dolió más profundo aún, en ese corazón mío tan silencioso y frío. Porque yo, que hace años vengo intentando dejar el alcohol y las fiestas para ser una mejor versión de mí mismo, me terminé enamorando de una chica que parece no poder controlarse con eso. El chiste se cuenta solo, señores. Tienen todo el derecho de reírse de mi desgracia amorosa, como ya lo han hecho otras veces.
Pero les diré algo: igual la voy a seguir amando.
¿Por qué? No sé. Me encojo de hombros como un niño chico, con la misma cara de inocencia con la que uno se pregunta por qué el sol es amarillo o por qué brilla tanto. No el sol… sino ella.