Hoy es lunes 29 de junio de 2026, la 01:40 de la madrugada.
Seré un necio por desnudar mi alma de esta forma, por convertir en tinta eterna lo que me quema por dentro. Qué vergüenza imaginar que ojos ajenos recorran algún día estas líneas. No importa. No los necesito. Nadie me juzga con más crueldad que yo mismo.
Y aun así… sigo pensando en Lara.
Cuatro letras simples, casi insignificantes, que sin embargo pesan como toneladas de concreto sobre este corazón ya empobrecido. Una mujer común, dirían algunos. Para mí, un universo entero concentrado en una sola mirada.
Escribo esto una semana y media después de aquella noche que dividió mi alma en dos.
Estaba, como de costumbre, ahogado en alcohol y en el mismo vacío de siempre: esa sombra fiel que me sigue desde hace años, recordándome cada decepción amorosa. Una oscuridad que se había convertido en mi única compañera.
Hasta que ella apareció.
Lara.
Despreocupada, libre, como si el mundo no tuviera el poder de avergonzarla. Una luz fugaz en medio de la noche. Se fue… y el vacío regresó, más voraz. Mis ganas de volver a verla se volvieron un incendio imposible de apagar.
Caminé hacia otro boliche buscando distracción en labios ajenos. Besé una boca. Besé otra. Nada. Solo cenizas. Apoyado en la barra, con el alma muda, sentí un toque en mi hombro. Era ella.
Esa chica común que, bajo las luces rotas de la noche, brillaba más que cualquier otra.
—¿Nos damos un beso? —preguntó.
El tiempo se detuvo. Me pellizqué la pierna, temiendo que fuera un sueño cruel. No lo era. Una vergüenza dulce me atravesó el pecho. Sonreí, respondí que sí y la besé como si el mundo estuviera a punto de desaparecer. Cinco minutos que se estiraron como seis horas eternas. Cuando nos separamos, me pidió mi Instagram y se desvaneció entre la multitud.
Volvió entonces la sombra, susurrando veneno: “Se fue porque no le gustaste”.
Me reí en su cara. Porque sabía la verdad. Ella misma me lo había confirmado antes de marcharse. Desde esa noche, decidí no volver a creerle a la oscuridad.
Los días que siguieron fueron un tormento silencioso. La vergüenza me devoraba vivo, impidiéndome escribirle. Ese primer día, ganó la sombra.
Al siguiente, con el corazón latiendo como si fuera a romperse, le respondí una historia. Fui por todo:
«No podés ser tan linda».
Le confesé que me había encantado conocerla y que deseaba conocerla más.
Me respondió. La invité a tomar mates. El 3 de julio está libre. Ahora vivo contando las horas con una ansiedad dulce y terrible.
Hablamos de sus juegos, de sus siestas hasta la tarde, de sus luchas en la facultad. Es tímida, delicada… y esa timidez me parece la más hermosa de las poesías.
Ustedes, señores, se reirán y dirán que estoy loco.
Yo les responderé: si esto que siento es locura, entonces que me declaren enfermo de la locura más hermosa y pura que hayan contemplado jamás los poetas y los psicoanalistas.