Hubo una noche
en que el universo pareció pestañear.
Por un instante,
las estrellas dejaron de ser estrellas,
el tiempo olvidó avanzar,
y la realidad mostró una grieta
bajo su rostro de piedra.
Miré dentro.
No encontré dioses.
No encontré respuestas.
Ni siquiera encontré el vacío.
Solo un silencio tan antiguo
que parecía existir
antes de la primera pregunta.
Entonces comprendí
que tal vez somos ecos
de algo que jamás tuvo voz,
sombras proyectadas
por una luz que nunca existió.
Caminamos llamándolo destino,
amor,
memoria,
esperanza.
Le damos nombres
para no admitir
que ignoramos su naturaleza.
Y la muerte...
La muerte espera al final del corredor,
sin prisa,
sin crueldad,
como una puerta cerrada
que tampoco sabe
qué hay detrás de sí misma.
A veces imagino
que todo esto tiene sentido.
Que alguien observa.
Que algo recuerda.
Que existe una respuesta
escrita en el fondo de la noche.
Pero el cielo permanece inmóvil.
Y cuanto más escucho,
más profundo se vuelve el silencio.
Quizá la salvación era otra historia
que nos contamos para soportar la oscuridad.
O quizá ni siquiera eso.
Quizá la última verdad
sea una habitación vacía
donde nuestras preguntas
continúan resonando
mucho después
de que la voz haya desaparecido.