Sintiendo cómo todos los segundos mueren, un sinfín de palabras que rodean tu mente, cuando lo único posible es escapar.
Memorias rojas de algodón bajo acuarela, caen lentamente y se disipan entre el vislumbroso olvido de la muerte, como el descenso de melodías en nuestra mente, como caminar suavemente con las olas, sintiendo cómo susurran, oyendo cómo mueren y viven antes de florecer, recuerdos de un bordeado de corazón, aquel que dejaste en mi piel con tus hilos, tus besos, tus sonidos, aquellos colores de lilium que fueron manchas en mi piel, paisajes para un dolido, sin ningún motivo para ver el sol, con el amor para odiarlo.
Arasbesque.
Memorias que durmieron entre pasos y medidas; inhumano rostro al recordarte, entre pliegues y sorbos, entre el humo y el desdén, pero siempre del corazón.
En el mar, tan azul, tan nostálgico, quedaron nuestros besos, nuestros colores, que hoy resuenan y mueren en el océano, donde posan tus manos y tus rojas mejillas.
Carmesí, flores que mueren en un jardín de amapolas, mi corazón entre hojarascas, secas hojas del pasado. Bordeado del corazón
Tu reflejo inexpresivo, casi inasible entre el vapor de mi té, entre la tinta de mi desolado estómago que se retuerce entre la nostalgia de aquel calor.
Tú, siempre tan calmada entre las fuertes olas de mi mente, en tus manos gélidas aquel soyozo; son palabras que mueren entre partituras, disipadas entre el sueño de una escala menor.
Para tus manos, mi tierra y mi suciedad son tus lágrimas que, incapaces, llueven nieve en mis palmas antes de caer y florecer en lo que siempre es y será un amor no correspondido. Te amo.