Dónde terminan las fuerzas de uno
comienzan las de Dios.
Mi pregunta es:
¿cómo sé que esas fuerzas divinas están conmigo?
Será en esos momentos de soledad,
donde el dolor, la angustia,
acompañado de un leve dolor en el pecho
eran más fuertes que yo... o
cuando intenté tapar mi sufrimiento
con cosas terrenales
que cada vez me hundían peor.
Poco a poco fui rindiéndome
y quedándome atrapada
en mi propio disturbio.
Todo eso me llevó a arrodillarme
pidiendo perdón
por elegir algo antes que a Dios.
Mientras me rendía a Él,
mis fuerzas empezaron a crecer
y ahí entendí
que solo debo tener
fe.