Siento su mirada.
Es un poco extraña.
No de molestia, sino de observación.
Me pregunto si se preguntará algo,
si sabrá lo que yo sé,
o si simplemente contempla mi persona.
Es un poco angustiante.
Y, aun así, eso no quita que transmita una especie de paz.
Le tengo un poco de rencor,
aunque sé que no es su culpa.
Le conozco poco,
y quizá precisamente por eso me pesa sentirlo.
Se dirige hacia mí con palabras suaves,
un poco inseguras,
sin demasiada confianza.
Hay algo que nunca había percibido.
Algo que no sé nombrar,
y por eso escribo esto.
Necesito expresarlo.
¿Qué siento?
Y, ante todo, quiero recalcarlo:
no tiene la culpa.
No la tiene.
En esta balanza, siento que soy yo quien tiene que cargar con la culpa.
Pero, ¿culpa de qué?
De sentir
De escribirlo
De darle un significado a algo que quizá no significa nada...
Tal vez esta culpa ni siquiera me pertenece.
Tal vez culpo a la culpa
por hacerme sentir culpable de sentir.
Pensándolo bien,
es la compañía, su compañía,
la que me incomoda.
¿Qué culpa tiene la compañía?
Tiene la culpa por haber querido ser antes mi compañía.