Dime que esto continúa por favor .. que tensión wow…
Sargento López.
El uniformado se levantó de la silla de un salto, agarró la campera de cuero vieja del respaldo y se la puso de un tirón; subió el cierre hasta taparse el cuello, como si quisiera protegerse incluso…
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Pensamiento
Dime que esto continúa por favor .. que tensión wow…
Contenido de la publicación
El uniformado se levantó de la silla de un salto, agarró la campera de cuero vieja del respaldo y se la puso de un tirón; subió el cierre hasta taparse el cuello, como si quisiera protegerse incluso del aire mismo, tomó las llaves de la Chevrolet C10 y salió disparado de la comisaría.
Subió a la camioneta —destrozada: vidrios rotos, marcas de piedras, testigo mudo de que el terreno ya le había advertido que no debía estar ahí—, le dio marcha al motor rugiente y salió quemando caucho, acelerando a ciegas hacia la orden que le había llegado desde la oscuridad.
Los nervios le carcomían las entrañas; las manos le temblaban tan fuerte que apenas lograba mantener el volante firme, y el sudor frío le corría por la espalda como agua helada.
A lo lejos, entre las sombras de la calle, divisó justo en el momento justo las dos luces rojas traseras encendidas del Ford Falcon, estacionado frente a la casa de Analía.
Vio a Romina salir corriendo con un bolso abultado apretado contra el pecho, subir de un salto al vehículo y cerrar la puerta de golpe.
López pisó el acelerador hasta el fondo, el motor aulló, intentando cortarles el paso o alcanzarlos antes de que ganaran velocidad… pero llegó tarde. Vio cómo el auto tomaba la calle principal, se alejaba cada vez más y se perdía en la penumbra grisácea de la noche.
Ver esos dos puntos rojos alejándose fue igual a sentir directamente en la nuca la mirada helada, fría y voraz de la entidad que gobernaba la cueva:
Sabía que acababa de perderlo todo.
Frenó de golpe, con las ruedas patinando sobre el barro y el asfalto húmedo, justo frente al portón de la casa.
Enloquecido, golpeó el volante una y otra vez con los puños cerrados con toda su fuerza, hasta que los nudillos le sangraron levemente.
—¡No… no… nooooo! —gritó con la voz rota, desgarrándose la garganta, ahogado entre el llanto y la furia dentro de la cabina cerrada.
Sacó la pistola reglamentaria de la funda de cuero, la mano le temblaba tanto que el arma parecía pesarle una tonelada; lloraba a lágrima viva, mezclando terror absoluto, impotencia y rabia contra sí mismo.
Apoyó el cañón frío del metal justo al costado de su sien, cerró los ojos con fuerza, apretó los párpados hasta ver manchas negras… y el dedo índice empezó a presionar el gatillo, despacio, milímetro a milímetro, sintiendo ya el frío acero contra la piel.
Pero no pudo.
Tras unos segundos eternos, agónicos, abrió los ojos de golpe, soltó un alarido ahogado de pura frustración y arrojó el arma con rabia sobre el asiento del acompañante.
La pistola rebotó contra el asiento y cayó al piso junto a los adoquines.
No tuvo el valor de terminar con su vida, pero tampoco tenía el valor de afrontar lo que venía.
Bajó tambaleándose, como si ya no sostuviera su propio cuerpo, y se acercó hasta la puerta de entrada de la casa de Analía.
Tiró del picaporte con violencia, lo sacudió, empujó… cerrada con llave, firme, impasible.
Dio media vuelta, se llevó ambas manos a la cabeza, se pasó los dedos por el cabello grasiento y revuelto frotando con desesperación, como si quisiera arrancarse la razón.
Volvió a tropezones hasta la camioneta, se dejó caer pesadamente en el asiento, agarró el volante con ambas manos y empezó a golpear la frente contra el metal frío una y otra vez, sin importarle el dolor.
—Soy hombre muerto… soy hombre muerto… ya no hay vuelta atrás… —repetía en un murmullo sordo, monótono, vacío, convencido hasta la médula: la cosa que vive abajo no perdona, no olvida, y ya le había dado todas las oportunidades.
Había fallado dos veces.
Ahora venía por él.
Arrancó la camioneta de nuevo, giró bruscamente y se alejó a toda velocidad por la calle oscura, sin rumbo claro, huyendo de su propia sombra.
Sabía perfectamente que el tiempo se le había agotado por completo, mientras muy lejos, el viejo Ford Falcon llevaba en su interior el pasado, la verdad y las pruebas a la finca de los Alemanes.
La noche bajo la garúa era helada; la neblina que se había acumulado de la nada no dejaba ver ni a dos metros de distancia.
Aunque la temperatura rondaba por debajo de cero grados, el rostro de López chorreaba sudor frío, grueso y pegajoso.
La densidad de su propio aliento le empañaba los anteojos una y otra vez, como si el aire mismo se negara a dejarle ver el camino.
Como pudo, dejó la camioneta mal estacionada sobre la vereda, con una rueda trasera hundida en la zanja de barro y agua sucia.
Bajó tropezando, huyendo de algo que no podía ver pero que sentía calarle los huesos, que le respiraba en la nuca desde que salió de la casa de Analía.
Intentó correr, pero las piernas le pesaban como plomo, se le doblaron sin fuerza y cayó de golpe sobre el empedrado mojado.
En el impacto, los lentes salieron despedidos, resbalaron sobre el piso y quedaron apoyados en una posición extraña, inclinados, como si sus propios cristales fueran dos ojos pequeños y brillantes que lo observaban fijamente.
Un instante después, las luces rojas traseras del Ford Falcon se reflejaron fugazmente en los vidrios.
López miró hacia atrás con pavor, girando la cabeza desesperado: no había nadie detrás suyo.
No necesitaba haber nadie.
Era la propia oscuridad, la penumbra misma, la que lo perseguía, lo conocía y lo venía a buscar.
Con el corazón a punto de estallar en el pecho, se levantó tambaleándose, casi a ciegas dejando atrás los lentes rotos pisados por la torpeza de intentar escapar inútilmente.
Entró de golpe a la comisaría como si aquellas paredes fueran a protegerlo.
Corrió por el pasillo, tropezando con muebles y esquinas, y empujó la puerta del baño buscando esconderse.
Pero al abrirla de par en par, el terror lo clavó en el sitio.
Sobre la tapa del inodoro, en medio del pequeño espacio, una yarará de casi dos metros de largo permanecía erguida, firme, mirándolo fijamente con ojos que no parpadeaban.
Su cuerpo se petrificó por completo; el rostro se le volvió blanco como papel viejo y arrugado.
La serpiente descendió despacio, con una elegancia espantosa, hasta tocar el suelo, y comenzó a avanzar milímetro a milímetro, manteniendo la cabeza levantada a la altura de su pecho, oscilando suavemente. El siseo metálico y constante de su lengua bífida le taladraba los oídos, más fuerte que cualquier grito.
López empezó a retroceder paso a paso, sin apartar la vista ni un segundo.
Manoteó desesperado la cartuchera de cuero en su cintura buscando la nueve milímetros… pero la funda estaba vacía.
En ese instante, todas las luces del edificio se apagaron de golpe, sumiendo todo en una negrura absoluta.
Y en medio de la sombra, los ojos de la víbora brillaron con luz propia, amarillos y feroces, como dos linternas encendidas para marcarle el final.
Siguió retrocediendo, temblando de pies a cabeza, hasta que su espalda chocó contra algo sólido y frío que no estaba ahí antes.
Dos manos enormes, deformes, de dedos largos y delgados como ramas secas, lo sujetaron por los hombros con una fuerza que le hizo crujir los huesos.
No eran manos humanas.
Eran las mismas que había visto en la cueva, las que le habían devuelto la linterna, las que le dieron la orden que no pudo cumplir.
Los ojos de López perdieron todo rastro de color y humanidad; sus pupilas se tiñeron de negro profundo, como si se le hubieran vaciado por dentro.
El sudor caliente se le congeló en la frente convirtiéndose en escarcha fina; sus labios se pusieron blandos y pálidos, como gelatina.
Bajo los pantalones, la orina tibia y humeante se derramó por sus borceguíes.
El miedo más antiguo y total lo había despojado de toda dignidad.
Sin decir una sola palabra, sin reproches ni explicaciones, aquellas manos lo arrastraron hasta la oficina principal y lo arrojaron de golpe contra el sillón de cuerina negra.
No hubo juicio, ni preguntas, ni amenazas. Solo el quejido ahogado, inútil y débil del hombre que ya estaba muerto antes de morir.
En ese silencio terrible, la yarará saltó hacia adelante con una velocidad imparable, se abalanzó sobre su pecho y clavó los colmillos profundamente en la yugular, justo donde late la vida.
Las garras lo mantuvieron sujeto contra el respaldo para que no se moviera, mientras el cuerpo del sargento se sacudía en espasmos brutales, arqueando la espalda, vomitando una sustancia espesa, verdosa y pegajosa que le corría por la barbilla y el uniforme.
Cuando la última chispa se apagó en su mirada, cuando ya no quedó nada de él más que un cuerpo inerte y arruinado, las luces de la comisaría se encendieron de golpe con un zumbido eléctrico fuerte, iluminando todo como si nada hubiera pasado.
Thoughts
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PermalinkLas manos de ramas secas me asustaron más que la víbora. Lo que no se ve entero pesa más que dos metros de yarará.
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PermalinkAupa. La orden que le dieron en la cueva ya venía pesando desde antes, y aquí por fin se ve lo que cuesta no cumplirla. Lo leí parado en un área de servicio con el motor al ralentí, y cuando se apagaron las luces de la comisaría miré por el retrovisor. Apuesto a que el bolso de Romina lleva justo lo que la finca de los Alemanes no quiere que salga. ¿Vas a publicar la continuación de lo de la finca de los Alemanes?
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Permalink¡La yarará en el baño!
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PermalinkEse López me recordó a un guarda que me compraba, siempre con la campera cerrada hasta el cuello aunque hiciera calor. Algo cargaba él también, pues.
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PermalinkDime que esto continúa por favor .. que tensión wow…
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