Órale, que ella aparezca un tramo más cerca cada vez que él parpadea me tuvo tieso un buen rato, porque uno mismo empieza a no querer parpadear. Para mí ahí estaba la historia entera. Después viene la criatura saliendo del cuerpo y es otro tipo de miedo, más de película, y apuesto a que mucha gente se queda con ese. Yo me quedo con el pasillo y la única luz prendida detrás de la silueta.
Primera y última noche
Pensamiento
Órale, que ella aparezca un tramo más cerca cada vez que él parpadea me tuvo tieso un buen rato, porque uno mismo empieza a no querer parpadear. Para mí ahí estaba la historia entera. Después viene la criatura saliendo del cuerpo y es otro tipo de miedo,
Contenido de la publicación
Era la madrugada del 24 de octubre. Habían pasado poco más de dos semanas desde que mi esposa había muerto, catorce días, catorce noches desde que la vi por última vez respirando, desde que escuché su voz, desde que pude tocar sus manos y convencerme de que todavía estaba allí. Desde entonces, la casa había cambiado. Al principio pensé que era normal. El silencio después de perder a alguien puede hacer que una casa parezca distinta. Los lugares donde antes había ruido se vuelven insoportablemente silenciosos. Una silla vacía puede parecer ocupada. Un abrigo colgado detrás de una puerta puede confundirse con una persona durante unos segundos. Pero aquello no era eso. La casa no se sentía vacía. Se sentía habitada. No por ella. Había algo más, algo que no podía explicar, pero que mi cuerpo parecía reconocer antes que mi mente. Una presencia que no necesitaba ver para saber que estaba allí. A veces tenía la sensación de que alguien me observaba desde el final del pasillo. Otras veces escuchaba pequeños ruidos en habitaciones que sabía que estaban vacías: un golpe seco, un crujido, el sonido de algo arrastrándose lentamente sobre el piso. Nunca encontraba nada. Y eso era lo peor. Porque cada vez que revisaba la casa, cada vez que encendía una luz y comprobaba que no había nadie, la sensación no desaparecía. Era como si aquello supiera que yo lo estaba buscando, como si se escondiera deliberadamente. Aquella noche hice algo que no había hecho desde que era un niño: encendí todas las luces. Todas. La cocina, el comedor, el baño, el pasillo, las habitaciones. No quería dejar un solo rincón oscuro. Me sentía ridículo mientras lo hacía, un hombre adulto recorriendo su propia casa y encendiendo luces como un niño aterrorizado por los monstruos debajo de la cama. Pero no podía evitarlo. Había algo en la oscuridad que me provocaba un miedo que no podía controlar. Finalmente entré a mi habitación. La cama seguía siendo la misma. Ese era otro problema. Todo seguía exactamente donde ella lo había dejado. Su almohada. Su lado de la cama. Su perfume impregnado débilmente en las sábanas. Durante unos segundos me quedé parado junto a la cama, mirando el lugar donde ella solía dormir. Entonces sentí esa ausencia. No era simplemente tristeza. Era un vacío físico, como si una parte de la habitación hubiera sido arrancada. Me acosté lentamente, con cuidado, mirando hacia el techo. Dejé libre el lado de la cama donde ella dormía. No quería ocuparlo. No todavía. La puerta quedó abierta. No tuve el valor de cerrarla. Desde la cama podía ver el pasillo iluminado. Una franja de luz amarillenta atravesaba el suelo de mi habitación y se perdía debajo de la cama. Me quedé mirando esa franja durante varios minutos. Después cerré los ojos. El sueño comenzó a vencerme. Mi respiración se volvió lenta. Mi cuerpo empezó a relajarse. Y justo cuando estaba a punto de dormirme, escuché un ruido. Un pequeño golpe. Abrí los ojos. Silencio. Esperé. Nada. Entonces escuché otro. Esta vez provenía del pasillo. Era un sonido parecido al de unos pies descalzos arrastrándose lentamente sobre el suelo. Shhhk... Pausa. Shhhk... Pausa. Shhhk... Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que podía escucharlo. No quería mirar, pero lo hice. Y entonces descubrí que todas las luces de la casa se habían apagado. Todas menos una: la del pasillo. La única luz que quedaba encendida era aquella que estaba detrás de la figura. Primero pensé que era una sombra. Después entendí que era una persona. Una mujer. Estaba parada al final del pasillo. No podía verle la cara. Su cabello cubría parcialmente la cabeza y la luz estaba detrás de ella, convirtiendo su cuerpo en una silueta negra. Pero conocía esa silueta. La reconocería aunque estuviera completamente a oscuras. Era mi esposa. O, al menos, tenía su cuerpo. Me quedé inmóvil. No podía respirar. Una parte de mí quería levantarse y correr hacia ella. Otra parte, mucho más profunda, me gritaba que no lo hiciera. La mujer levantó lentamente la cabeza. No dijo nada. Yo tampoco. Cerré los ojos, solo durante un segundo. Cuando los abrí, estaba más cerca. Mucho más cerca. Ya no estaba al final del pasillo. Estaba a pocos metros de mi habitación. Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Sos vos...? —susurré.
La figura no respondió. Cerré los ojos nuevamente. Los abrí. Ahora estaba en la puerta. Tan cerca que podía distinguir algunos detalles de su rostro. Era ella. O parecía serlo. La forma de sus ojos, la boca, la mandíbula, todo parecía pertenecerle. Pero había algo incorrecto. Algo profundamente incorrecto. Su rostro no expresaba tristeza, ni alegría, ni reconocimiento. Me miraba como si estuviera observando algo que le pertenecía. Cerré los ojos una vez más. No quería verla. No quería saber qué era. Pero cuando volví a abrirlos, la mujer ya no estaba en la puerta. Estaba sobre mi cama, sentada sobre mis piernas, de cuclillas. Sentí inmediatamente el peso de su cuerpo. El colchón se hundió debajo de nosotros. Quise moverme. No pude. Mis brazos estaban completamente inmóviles. Mis piernas tampoco respondían. Intenté gritar, pero mi garganta no emitió ningún sonido. Ella inclinó lentamente la cabeza. Su rostro estaba a pocos centímetros del mío. Podía sentir su respiración. Era fría. Demasiado fría. Levantó una mano y comenzó a acariciarme la mejilla. Sus dedos estaban helados. Me recorrió la cara lentamente, como si estuviera comprobando que realmente era yo. Después apoyó el dedo índice sobre mis labios. Me pidió silencio sin decir una sola palabra. Y entonces se inclinó. Sus labios tocaron los míos. El beso fue real. Demasiado real. Sentí la presión de sus labios, la temperatura de su piel, incluso el movimiento de su respiración. Durante un instante quise creer que era ella. Quise desesperadamente creer que mi esposa había regresado, que había encontrado alguna manera imposible de volver. Pero entonces se separó y me miró. Su expresión había cambiado. Algo comenzó a moverse debajo de su piel. Primero fue un pequeño espasmo en el cuello. Después, en los brazos. Después, en todo el cuerpo. La mujer comenzó a estremecerse violentamente. Su mandíbula tembló. Sus ojos se abrieron demasiado. Y de su boca comenzó a salir un líquido negro. No era sangre. Era algo más espeso, más oscuro, una sustancia semejante al petróleo que descendía por su barbilla y caía sobre mi pecho. Entonces escuché un sonido. Un crujido. La boca de la mujer comenzó a abrirse. Más. Y más. Mucho más de lo que una mandíbula humana debería poder abrirse. La piel de sus mejillas comenzó a tensarse hasta desgarrarse. Su rostro parecía estar partiéndose. Y de aquella abertura imposible surgió algo. Primero aparecieron dos brazos, delgados, negros, demasiado largos. Sus dedos terminaron en pequeñas garras que se clavaban en el interior de la boca de la mujer. Después apareció una cabeza. No tenía rostro. Era completamente negra. No negra como una sombra, negra como si la luz desapareciera al tocarla. La criatura comenzó a salir. Y entonces comprendí que aquello no estaba dentro de mi esposa. Mi esposa estaba dentro de aquello. El cuerpo de la mujer se abrió desde el pecho hasta el abdomen. La piel se separó lentamente. No hubo un solo grito. No hubo sangre al principio. Solo aquel líquido negro, espeso y caliente, que comenzó a empapar las sábanas, el colchón y mi cuerpo. La figura humana se abrió por completo y la criatura salió de ella. El cuerpo de mi esposa cayó a los lados de la cama como una carcasa vacía. Lo que quedó frente a mí era algo que mi mente no podía comprender. Era humano solo de lejos. Tenía un cuerpo alto y extremadamente delgado, cubierto por una piel negra y húmeda. Dos brazos demasiado largos colgaban a los costados. Sus manos terminaban en garras enormes, tan largas que parecían capaces de atravesarme el pecho de un solo movimiento. No tenía nariz. No tenía orejas. No tenía cabello. Y en medio de aquel rostro completamente oscuro había dos ojos blancos. Enormes. Inmóviles. Me observaban sin parpadear. Pero lo peor era su boca. Una abertura completamente negra que atravesaba casi todo su rostro. Dentro había dientes pequeños, largos y afilados. De sus encías brotaba lentamente un líquido rojo que caía sobre su mentón. La criatura me miraba. No parecía furiosa. Parecía satisfecha, como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo. Entonces abrió la boca y sacó la lengua. Era demasiado larga. Demasiado gruesa. De un rojo intenso que contrastaba con el negro de su cuerpo. Intenté cerrar la boca. No pude. La criatura acercó su rostro al mío y la lengua entró. Sentí que atravesaba mi garganta. El dolor fue inmediato. Intenté gritar. Intenté vomitar. Intenté mover siquiera un dedo. Nada. La criatura seguía mirándome. Podía sentir aquella lengua recorriendo el interior de mi cuerpo, descendiendo por mi garganta, bajando cada vez más. Sentí que llegaba hasta mi pecho. Después, más abajo. Era como si pudiera sentirla dentro de mí, recorriendo mis órganos, buscando algo. Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. No podía apartar la mirada de aquellos dos ojos blancos. La criatura parecía disfrutar de mi miedo. Entonces sentí frío. Un frío intenso. No venía de la habitación. Venía de mi cuello. La criatura se había acercado todavía más. Su rostro estaba junto al mío. Podía sentir su respiración, o algo que se parecía a una respiración. Cada vez respiraba más despacio. Mi visión comenzó a oscurecerse. El techo desapareció. La habitación desapareció. Solo quedaron aquellos ojos blancos. Y entonces la criatura tiró. Sentí un dolor insoportable. Mi cuerpo se arqueó sobre la cama. Algo dentro de mí comenzó a salir por mi boca. La criatura arrancó de mi interior aquello que me mantenía vivo. Todo ocurrió en un instante. La habitación se llenó de sangre y de aquel líquido negro. La cama quedó completamente cubierta. Mi cuerpo dejó de responder. Ya no podía sentir mis manos, ni mis piernas, ni siquiera podía sentir el peso de mi propio cuerpo. Lo último que sentí fue aquel aire helado rozándome el cuello. La criatura acercó su rostro a mi oído y, por primera vez, habló. Su voz no parecía salir de su boca. Parecía venir de toda la casa.
—Ahora ya no estás solo.
Después, todo quedó oscuro.
Y dejé de respirar.
Espero que le guste.
Thoughts
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PermalinkYo paro siempre a las once y media y esta no la pude dejar en ninguna parte, cachai. Llegué hasta el final igual.
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PermalinkDesde los ruidos en las piezas vacías me armé la idea de que la cosa estaba en la casa desde antes, esperando que él quedara solo, y la frase del final me la confirmó al tiro. Lo que no cacho todavía es por qué esperó catorce noches y no se le apareció la primera.
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PermalinkAntes de que aparezca nada, el narrador deja libre el lado de la cama de ella y no se anima a cerrar la puerta, y eso me dejó más fría que la criatura. Con eso en la cabeza, la última frase de aquello cambia de peso: le da justo lo que él extrañaba, compañía, y de la peor forma posible. Me recuerda a esas historias donde lo sobrenatural llega para hablar de la casa vacía y nadie lo dice en voz alta.
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PermalinkÓrale, que ella aparezca un tramo más cerca cada vez que él parpadea me tuvo tieso un buen rato, porque uno mismo empieza a no querer parpadear. Para mí ahí estaba la historia entera. Después viene la criatura saliendo del cuerpo y es otro tipo de miedo, más de película, y apuesto a que mucha gente se queda con ese. Yo me quedo con el pasillo y la única luz prendida detrás de la silueta.
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PermalinkBienvenido, @CarlosWirz! Las luces de toda la casa encendidas, y después apagándose todas menos la del pasillo: me suena a alguien que conoce ese miedo de madrugada. Apuesto a que la idea salió de esa franja de luz que se mete debajo de la cama, y el resto se fue armando solo. Qué bueno que tu primer texto aquí sea de terror!
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