Saltar al contenido
Cargando…

el día que decidí ser malo

fperrone
Pública 0 conversaciones 5 pensamientos 40 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Me cansé de ser bueno.

In groups

Contenido de la publicación

Me cansé de ser bueno.

Lo dijo mi amigo una noche, casi como quien tira una frase al aire:

—Hay que ser malo en la vida. Hay que dejar de ser el bueno, el que siempre pierde.

Y no sé por qué, pero me quedó dando vueltas.

Porque, en el fondo, entendía lo que quería decir.

A veces ser bueno cansa.

Cansa ser el que entiende, el que perdona, el que pregunta cómo está el otro cuando nadie pregunta cómo estás vos.

Cansa dar más de lo que tenés y descubrir que hacer las cosas bien no siempre significa que la vida vaya a tratarte bien.

Entonces pensé:

¿Y si tenía razón?

¿Y si había llegado el momento de ser malo?

Voy a ser un hijo de puta.

Voy a pensar primero en mí.

Voy a dejar de preocuparme por los problemas de los demás.

Voy a decir que no.

Voy a dejar de explicar lo que siento.

Si alguien tiene un problema, que lo resuelva.

Si alguien se cae, que se levante.

Yo ya hice bastante.

Ahora me toca a mí.

Me gustó la idea.

Hasta me pareció liberadora.

El problema fue que no me duró demasiado.

Al día siguiente vi a una nena vendiendo cosas en la calle.

Seguí caminando.

Me frené.

Volví.

Le compré algo.

Le pregunté cómo estaba.

Y mientras me alejaba pensé:

“Así no vamos a ningún lado.”

Yo quería ser malo y acababa de preocuparme por alguien que ni siquiera conocía.

Después alguien necesitó una mano.

Intenté mirar para otro lado.

No pude.

Volví.

Con mis sobrinas tampoco funcionó.

Con mis amigos, menos.

Y con mi familia directamente no había ninguna posibilidad.

Podía estar cansado, enojado, roto o con mil problemas encima.

Si alguien que quiero me necesita, algo dentro mío siempre termina diciendo:

“Voy.”

Entonces pensé en mis hijas.

Y ahí se terminó definitivamente mi intento de ser malo.

Porque con ellas no puedo jugar a hacerme el indiferente.

Podría decir que ya está.

Que el tiempo pasó.

Que la distancia hizo su trabajo.

Que si algún día creen que soy el malo de la historia, tendrán sus motivos.

Podría dejar que el orgullo hiciera lo que el dolor todavía no pudo.

Podría convencerme de que ya no importa.

Pero no.

Porque son mis hijas.

Y hay cosas que uno puede intentar arrancarse del corazón, pero no salen.

Puedo acostumbrarme a la ausencia.

Puedo aprender a no esperar un mensaje.

Puedo hacerme el fuerte cuando llega una fecha y no puedo compartirla con ellas.

Puedo seguir con mi vida aunque haya momentos que me duelan como el primer día.

Pero no puedo dejar de ser su papá.

No sé cuánto de mí recuerdan.

No sé qué cosas saben.

No sé qué imagen tendrán de mí cuando sean grandes.

Y quizás algún día me miren con preguntas que yo no pueda responder en una sola conversación.

Pero si ese día llega, no quiero tener un discurso preparado.

No quiero llegar con una lista de cosas para demostrar.

No quiero hablarles desde el enojo.

Quiero mirarlas.

Quiero escuchar primero.

Quiero saber cómo fueron sus vidas mientras yo no estuve.

Quiero conocer sus gustos, sus miedos, las cosas que las hicieron reír, las que las hicieron llorar.

Quiero recuperar, aunque sea de a poquito, todo lo que el tiempo se llevó.

Y si algún día me preguntan:

“¿Papá, por qué pasó todo esto?”

Voy a tener que respirar hondo.

Porque seguramente habrá cosas que duelan.

Pero no quiero convertirlas en jueces de una historia que no les corresponde.

No quiero que tengan que elegir.

No quiero que tengan que quererme a escondidas de nadie.

Quiero que sean libres de sentir lo que necesiten sentir.

Y si están enojadas conmigo, voy a escucharlas.

Si necesitan tiempo, voy a entenderlo.

Si tienen preguntas, voy a responderlas.

Y si algún día solamente necesitan un abrazo, espero poder darles uno que diga todo lo que durante tantos años no pude decir.

Porque hubo una parte de mí que siguió esperándolas incluso cuando aprendí a vivir sin esperarlas.

Una parte que nunca cerró esa puerta.

Una parte que siguió imaginando el día en que alguna de ellas pudiera aparecer y decir:

“Papá…”

Y que a mí no me saliera ninguna palabra.

Que solamente pudiera abrazarla.

Y llorar.

Ahí entendí algo.

No me cansé de ser bueno.

Me cansé de creer que ser bueno iba a salvarme.

Creí que si hacía las cosas bien, la vida me iba a devolver algo parecido.

Y no funciona así.

A veces amás y te dejan.

A veces das todo y no alcanza.

A veces cuidás a alguien y terminás siendo el malo de su historia.

A veces alguien recuerda perfectamente tus errores y olvida todas las veces que intentaste hacer las cosas bien.

Y duele.

Claro que duele.

Pero tampoco quiero pasarme la vida tratando de demostrar quién fui.

Porque llega un momento en que defender tu propia versión se convierte en otra manera de seguir viviendo en el pasado.

Entonces que cada uno se quede con lo que recuerda.

Yo voy a quedarme con lo que sé.

Sé quién fui cuando nadie miraba.

Sé las veces que estuve.

Sé las veces que hice cosas por amor sin esperar que nadie me aplaudiera.

Sé las veces que me equivoqué.

Y también sé las veces que, aun estando roto, intenté no romper a nadie.

Eso es lo que quiero conservar.

No la bronca.

No el resentimiento.

No la necesidad de tener razón.

Porque si para protegerme tengo que convertirme en alguien que ya no reconozco, entonces la vida no me estaría dando una victoria.

Me estaría quitando lo último que todavía quiero cuidar.

Así que voy a aprender.

Voy a aprender a decir que no.

A poner límites.

A irme cuando sea necesario.

A no correr detrás de quien decidió irse.

A entender que no todo amor merece que uno se quede sangrando.

Voy a aprender a cuidarme.

Pero hay algo que no voy a aprender.

No voy a aprender a ser indiferente.

No voy a aprender a mirar para otro lado cuando alguien necesita una mano.

No voy a aprender a castigar a quienes quiero por las heridas que me hicieron otros.

Y mucho menos voy a aprender a querer menos a mis hijas para que duela menos su ausencia.

Porque quizás algún día ellas vuelvan a mirarme.

Quizás no sepan todo lo que pasó.

Quizás necesiten tiempo para conocer al hombre detrás de todas las versiones.

Y cuando ese día llegue, no quiero que encuentren a alguien perfecto.

Quiero que encuentren a su papá.

Al hombre que se equivocó.

Al hombre que sufrió.

Al hombre que tuvo días en los que quiso mandar todo al carajo.

Al hombre que muchas veces tuvo ganas de convertirse en alguien frío para no volver a sentir.

Pero también al hombre que, aun con el corazón lleno de cicatrices, nunca dejó de guardarles un lugar.

Porque una cosa es aprender a vivir sin alguien.

Y otra muy distinta es aprender a dejar de quererlo.

Yo puedo aprender lo primero.

Lo segundo, no.

Y quizás esa sea la verdadera respuesta a aquella noche.

Sí, me cansé de ser el bueno.

Pero no quiero convertirme en el malo.

Quiero convertirme en alguien que aprendió a cuidarse sin dejar de tener corazón.

Alguien que puede cerrar una puerta sin quemar la casa.

Alguien que puede irse sin odiar.

Alguien que puede perdonar sin volver al lugar donde lo lastimaron.

Alguien que puede seguir adelante sin borrar a quienes ama.

Y si algún día la vida me vuelve a poner frente a mis hijas, después de todo este tiempo, no quiero tener que explicarles que nunca dejé de quererlas.

Quiero que puedan verlo.

En la forma en que las mire.

En el abrazo.

En el silencio.

En ese segundo en que quizás nos quedemos sin saber qué decir.

Porque hay cosas que después de tantos años ya no necesitan palabras.

Solo necesitan que alguien tenga el valor de quedarse.

Y si algún día llega ese momento, espero poder mirarlas a los ojos y que entiendan, sin que yo tenga que defenderme de nada, que mientras el mundo seguía andando…

yo nunca dejé de esperarlas con el corazón abierto.

Porque al final, después de todo lo que me pasó, descubrí algo:

la vida puede enseñarte a desconfiar, a endurecerte, a irte, a cerrar puertas…

pero hay una parte de vos que, si la entregás para dejar de sufrir, ya no recuperás nunca.

Y yo prefiero seguir sufriendo algunas ausencias antes que un día mis hijas vuelvan a buscar a su papá y encuentren solamente al hombre en el que el dolor me convirtió.

Thoughts

  • Nicanor

    Volver a por la nena después de haber pasado de largo es de alguien que no sabe ser malo ni queriendo. A tu amigo le duró más, me juego algo.

    Permalink
  • hojaSuelta

    Oye, lo de la puerta y la casa me estuvo dando vueltas toda la madrugada. ¿Tu amigo, el de la frase de aquella noche, llegó a leer esto?

    Permalink
  • relatoBreve

    Arrancó con el plan de ser el malo y a la cuadra ya le estaba comprando algo a la nena, che. ¡Duró menos que mi dieta! 😂

    Permalink
  • Ovid

    Una frase de un amigo tirada al aire una noche, y al día siguiente una nena vendiendo cosas en la calle la desarma en media cuadra. Me hizo pensar en cuántas decisiones grandes se toman de noche y la mañana las corrige sin pedir permiso. Apuesto a que tu amigo tampoco duró mucho siendo malo. Me alegro de que lo hayas subido.

    Permalink
  • rogardey3

    Porque tienes corazón❤️💫

    Permalink

Related posts