Cuento corto
Nos conocimos en un foro literario. Dos desconocidos separados por miles de kilómetros, unidos únicamente por la palabra escrita. Yo vivía en Israel; Adela, en México. Al principio intercambiábamos poemas y comentarios, lecturas y opiniones. Pero, sin advertirlo, aquellas conversaciones empezaron a latir distinto.
No fue una decisión razonada ni un impulso calculado. Simplemente me enamoré de ella desde el primer poema que leí.
Mi madre, con quien siempre compartía lo que escribía, escuchó un día un poema dedicado a Adela. Me observó con una expresión en la que se mezclaban ternura, intuición y una certeza antigua.
—Hijo —dijo—, ve a conocerla. Tus poemas completan los suyos. Prométeme que irás.
Se lo prometí.
Nueve días antes de mi vuelo, mi madre falleció mientras dormía, a los noventa años. Su partida retrasó el viaje, pero no el destino. Las promesas hechas a una madre no se rompen: se cargan.
Llegué a México con duelo en el corazón y esperanza en las manos. Y cuando vi a Adela por primera vez, supe —sin necesidad de palabras— que estaba en el lugar correcto.
Dos semanas de descubrimiento
Durante dos semanas nos seguimos descubriendo. Hablamos de todo: de lo que nos interesaba, de lo que nos apasionaba, de la comida que amábamos, de los libros que nos habían marcado, del cine, de la forma de vestir y de las ilusiones que todavía nos atrevíamos a nombrar.
Era como conversar con una réplica de mi propia alma —salvo por la vestimenta, claro—. Su risa era un mar de alegría; su voz, dulce como la miel, con un leve dejo de entonación francesa. Me sentía —y hasta hoy me sigo sintiendo— suspendido en las nubes.
El primer anillo
Tenía dos semanas de vacaciones y, desde el primer día, parecieron insuficientes. Cada momento a su lado era un descubrimiento, un descanso para el alma.
Una semana después de mi llegada, una prima me invitó a la fiesta de quince años de su hija. De camino, pasamos frente a un Sanborns. Ahí nació el impulso.
—Voy a comprar cigarros —dije, aunque ambos sabíamos que no era esa la razón.
Entré con una determinación que no admitía demora. Pedí un anillo de compromiso. No había diamantes: solo uno de chapa de oro con una circonia discreta. No importó. El amor no podía seguir esperando.
Salí, me arrodillé frente a ella en medio de la tienda, sin reparar en miradas ajenas, atento únicamente a la suya.
—Este anillo es provisional —le dije—, hasta que tenga el verdadero. ¿Quieres ser mi esposa? Te prometo cuidarte, amarte y respetarte toda la vida que Dios me conceda. Te amo más de lo que amo a mi propia vida.
Ella dijo que sí.
Y ese sí cambió para siempre el curso de mi existencia.
El segundo anillo y la elección
Tres días después quise cumplir la promesa del diamante. Llamé a Jaime, un amigo de la infancia. Me dijo que su prima tenía una joyería y que podía conseguirme algunas opciones.
—¿Tu presupuesto?
—Setecientos dólares.
—Perfecto. Mañana te llevo las piezas.
Al día siguiente, mientras Adela se bañaba, salí rumbo al café donde había quedado con Jaime. Llegó un poco tarde, pero mi corazón estaba demasiado ocupado para molestarse.
Abrió una caja con cinco anillos hermosos. Supe de inmediato que Adela debía elegir.
La llamé improvisando:
—Amor, me encontré a un amigo por un asunto de trabajo. Quiere saludarte. ¿Puedes bajar en diez minutos?
—Sí, me visto y bajo.
Cuando llegó, me arrodillé por segunda vez delante de ella y de Jaime. Repetí la promesa que ya le había hecho días antes: mi amor, mi cuidado, mi vida. Le presenté los cinco anillos.
—Escoge el que quieras —le dije.
Eligió exactamente el que yo había amado desde el primer instante. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Si no te gusta, puedes elegir otro —dije, inquieto.
—No lloro porque no me gusten —respondió—. Lloro de emoción.
Tomé sus manos entre las mías.
—Ahora tienes dos anillos. El primero, porque ya no podía esperar. Y este, porque en él van mi corazón, mi alma y todo lo que soy.
Jaime se despidió con discreción y nos dejó solos.
La caída y el cuidado
Fue entonces cuando Adela dejó escapar un pequeño quejido al moverse. Mi mirada —forjada durante años de disciplina y atención— se volvió alerta, cargada de una sola pregunta: ¿qué pasó?
Se sentó y me explicó:
—Me caí en la regadera y me golpeé la rodilla con el cancel —dijo—. No hace falta ir al doctor. Solo quiero descansar.
La ayudé a recostarse en la cama del hotel. Acomodé las almohadas, la cubrí con la sábana ligera.
—Descansa, amor. Yo me encargo de la comida. ¿Qué se te antoja?
—Unas enchiladas rojas… y un refresco.
—Te traería hasta la mitad del mundo si lo deseas.
Salí, compré la comida, los refrescos y un pequeño pastel para cada uno. Al volver, la encontré dormida. Sonreía mientras respiraba con calma, sin preocupación alguna. Mi corazón se rindió ante esa imagen de paz.
Dieciséis años después
Seis meses más tarde regresé a México, como había prometido. Desde entonces, han pasado dieciséis años.
Cada aniversario le escribí un poema, sin faltar uno solo. Publiqué incluso un libro entero de poemas y canciones dedicadas a ella. Adela es la fuerza que me impulsa a escribir, las manos y la voz que me sostienen cuando el ánimo flaquea. Es el abrazo con olor a jazmín que me devuelve la calma.
A su lado comprendí que el amor verdadero no se gasta: se transforma, se profundiza, aprende a permanecer.
El juramento
Hoy, ambos anillos siguen ahí. No como símbolos perfectos, sino como testigos de un camino recorrido con fe, caídas, cansancio, risa y elección diaria.
No sé qué nos depare el tiempo —nadie lo sabe—, pero sí sé esto: no he faltado a mi palabra, y ella tampoco.
Si mañana todo cambiara, estos anillos seguirían diciendo lo mismo: que hubo un hombre y una mujer que se eligieron sin garantías y que, cada día que Dios les concedió, hicieron lo mejor que supieron con ese amor.
Y eso, para mí, es un destino cumplido.