Vi un diente de león siendo elevado por el viento: lo tiraba hacia un costado y luego hacia otro, a veces suavemente y otras con mucha fuerza, pero él siempre estaba tranquilo.
Pasaba entre las ramas y las hojas de los árboles, donde algunas espinas lo acechaban. Se pegaba al pasto estirando sus flecos, parecía sostenerse para que el viento no se lo llevara de nuevo; pero llegué a notar que era el pasto quien quería quedarse con su deseo.
Con gran ímpetu el viento volvió a girar y, suspendido en el cielo, mi copo de nieve se hizo dorado. Atravesó edificios, voló junto a las aves y miró el atardecer desde lo más alto. Lo escuché decir que nunca sabía hacia dónde iba, pero que siempre sonreía cuando el viento lo envolvía.
Una vez más paseaba cerca de mí. Era de tarde y se movía a mi alrededor; y yo tranquilo, sentado, lo observé detenidamente. Quería levantarme para atraparlo, correr detrás de él y pedir mi deseo. Aún así no lo hice: me quedé sentado contemplando su libertad.
Me hizo sonreír mientras lo miraba; yo sabía que él también estaba emocionado por verme. Danzaba delante de mis ojos sin necesitar pedir atención ante una obra tan preciosa y delicada.
Él seguía girando y yo lo seguía con la vista, hasta que, de un salto inesperado, se arrojó a mis pies. Deslicé mis dedos en sus flecos finos, lo tomé lentamente y lo llevé frente a mi rostro. Me fui a otro mundo sin saberlo: salió de mis manos y no pedí nada. Pensé que solo quería recibir una caricia, y que el deseo que llevaba dentro era para alguien más.
Así que se unió de nuevo al viento, conoció personas y animales nuevos, hasta llegar a la ventana de la casa del campesino. Su hijo, que hacía la tarea, lo vio sostenido en el marco. Se apresuró y dio tres brincos con el rostro encendido de impresión. Lo atrapó con los dedos y, sonriendo, lo acercó para sentir su aroma. Cerró los ojos e inspiró. Abrió los ojos, parpadeó; volvió a apagar el mundo y le dio un beso. Se detuvo un instante, pidió su deseo y sopló con todo su aliento hacia la ventana.
Y allí iba mi amigo: con el deseo adentro, preparado para cumplirlo como solo él sabe hacerlo.
– Evangs Aherdy