Gizmo siguió el sendero de flores.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando.
La noche parecía haberse detenido.
Las estrellas permanecían inmóviles sobre su cabeza, como si también estuvieran observándolo.
Cada flor que pisaba se cerraba lentamente detrás de él.
Cada flor que aparecía delante se abría bajo una luz azulada.
Era hermoso.
Pero también inquietante.
Porque Gizmo comenzó a comprender que aquellas flores no estaban creciendo al azar.
Estaban marcando su camino.
—¿A dónde me llevas...? —susurró.
El bosque no respondió.
Pero la perla volvió a brillar.
Gizmo continuó.
Y entonces sintió algo.
Una especie de calor recorrió sus alas.
Se detuvo.
Las extendió lentamente.
Por un instante, pequeñas partículas de luz azul se desprendieron de sus plumas.
Gizmo las observó con asombro.
Nunca había visto aquello.
Nunca había sentido su magia de esa manera.
Las partículas flotaron frente a él y comenzaron a elevarse.
Una.
Luego otra.
Después decenas.
Subieron entre las ramas hasta perderse en el cielo.
Gizmo levantó la mirada.
Las estrellas comenzaron a cambiar.
Una tras otra.
Formaron una línea.
No era una constelación que conociera.
Era algo diferente.
Un sendero escrito en el cielo.
Gizmo sintió que el corazón le latía con fuerza.
Aquella misma sensación...
la que había sentido la primera noche.
El mismo camino.
La misma llamada.
Solo que ahora entendía algo.
No había sido casualidad.
Desde el principio, aquellas estrellas habían estado intentando mostrarle algo.
Gizmo dio un paso.
Las flores respondieron.
Dio otro.
Las estrellas brillaron.
Y entonces, por primera vez, no sintió miedo.
Sintió curiosidad.
Una curiosidad profunda, casi imposible de contener.
Quería saber.
Quería descubrir qué había al final de aquel camino.
Quería entender por qué Estrella Medallada había hablado de su creador.
Por qué aquella criatura conocía su nombre.
Por qué el templo había despertado.
Y por qué aquel bosque parecía reconocerlo.
Gizmo miró hacia atrás.
A lo lejos apenas podía distinguir el camino que había recorrido.
El castillo ya no era visible.
Por primera vez estaba verdaderamente lejos de todo lo que conocía.
Y, sin embargo...
no se sentía perdido.
Porque algo lo estaba guiando.
Algo que no podía ver.
Algo que no podía nombrar.
Algo que, quizás, lo había estado esperando mucho antes de que él supiera siquiera que existía.
Gizmo volvió la mirada hacia las estrellas.
Y continuó caminando.
Sin saber qué encontraría.
Sin saber quién lo llamaba.
Sin saber qué parte de su historia estaba escondida al final de aquel sendero.
Pero con una certeza creciendo lentamente dentro de él:
No había regresado al bosque por accidente.
Había sido llamado.
Y quizá...
el bosque no quería mostrarle dónde había estado.
Quería mostrarle hacia dónde debía ir.