Entre los arbustos iluminados por la luna, una pequeña figura se movía con rapidez, dejando apenas un susurro entre las hojas. Gizmo se detuvo, y la criatura también.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, sujetando con firmeza su espada.
Entonces, de entre las sombras, apareció un ser diminuto, del tamaño de una ardilla. Tenía una cola esponjosa, un pelaje que parecía guardar pequeños destellos de luz y unos delicados cuernos de antílope adornados con diminutas hojas. Pero lo más extraordinario eran sus ojos: brillaban con tanta intensidad que la propia luna parecía palidecer ante ellos.
La criatura inclinó la cabeza y sonrió.
—Hola, Gizmo.
—¡¿Cómo sabes mi nombre?! —exclamó él, desconcertado.
—Me han enviado para ser tu guía.
Gizmo entrecerró los ojos.
—¿Y quién te envió?
—¿Eh? ¿No te lo dijeron? Que vendría a buscarte.
El pequeño ser miró entonces la perla rosada que Gizmo llevaba consigo. Por un instante, su sonrisa desapareció y algo parecido al reconocimiento cruzó su mirada. Sin embargo, no dijo nada.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó Gizmo.
—Sé muchas cosas, Gizmo. Aunque sospecho que tú tienes muchísimas más preguntas que yo respuestas.
La criatura comenzó a caminar entre los árboles, siguiendo el sendero de flores azules. Gizmo la observó un momento antes de seguirla.
—Espera, ¿cómo te llamas?
—¡Cierto! ¡Qué descortesía la mía!
El pequeño guardián hizo una reverencia tan exagerada que casi terminó de cabeza contra el suelo.
—Soy...
Se quedó callado, como si acabara de recordar algo importante.
—Bueno, eso depende.
—¿Cómo que depende?
La criatura se internó entre los árboles. Sus ojos brillaron una última vez desde la oscuridad.
—De si quieres conocer mi nombre...
Una pausa.
—...o de si prefieres averiguar por qué alguien como yo conoce a alguien como tú.
Gizmo apretó la espada y la siguió.
Sobre sus cabezas, las estrellas continuaban dibujando el camino. Y aunque aquel pequeño ser parecía inofensivo, había algo en su mirada que le decía a Gizmo que aquella noche apenas estaba comenzando a revelar sus secretos. 🌙