***
Los años pasan.
A veces rápido.
A veces lento.
En mi caso, después de tantas guerras, batallas y desastres, por lo general pasaban rápido.
Tal vez porque el campo de batalla ya se había convertido en mi hogar.
Por eso, aunque volví al pasado, nunca me engañé pensando que quizá podría vivir una vida tranquila.
La paz ya no forma parte de mí.
Es demasiado tarde para encontrar descanso en cosas simples.
Una casa.
Una comida caliente.
Una calle silenciosa.
El sonido del viento entre los árboles.
Todo eso pertenece a personas que todavía no han sido devoradas por la guerra.
Yo ya crucé demasiados campos de cadáveres como para fingir que puedo volver a ser uno de ellos.
La guerra es parte de mí.
Y yo soy parte de la guerra.
Pero aun así...
Es bueno saber que, después de todo esto, existe un lugar agradable al que puedo volver.
Esa sensación fue la razón por la que entré tan rápido a la grieta.
No solo para evitar una masacre.
No solo para cambiar el futuro.
Necesitaba un lugar al que regresar.
Y si ese lugar existe, entonces también existe algo que debo proteger.
Aunque el camino esté lleno de sangre, no importa.
Ya estoy acostumbrado a caminar por senderos así.
***
Frente a mí había treinta caballeros.
Jóvenes.
Aunque, siendo sincero, casi cualquier persona podía parecer joven ante mis ojos.
Los observé uno por uno.
Algunos apretaban las riendas con demasiada fuerza. Otros intentaban mantener una expresión firme, pero sus respiraciones cortas los delataban.
Sabían que esta no era una salida común.
Sabían que no todos volverían.
Sentí un leve peso en el pecho.
Culpa, tal vez.
Porque sabía que estaba a punto de enviarlos a una muerte casi segura.
Pero si no hacía nada, muchas más muertes colgarían de estas murallas por nuestra negligencia.
No existía un camino limpio.
No existía una victoria sin sacrificios.
Entonces solo quedaba una cosa.
Reducir la cantidad de sacrificios al mínimo.
Di un paso al frente.
—Síganme, soldados.
Los treinta caballeros levantaron la mirada.
Hablé con calma.
No necesitaban gritos.
No ahora.
—Hoy no saldremos a defender una puerta. Hoy no saldremos a ganar unos minutos. Hoy cabalgaremos hacia el corazón de la horda.
El viento pasó entre nosotros.
—Algunos de ustedes morirán.
Nadie habló.
—Pero si nos quedamos aquí, todos morirán. Sus familias. Sus vecinos. Los niños que miran desde las ventanas. Todos.
Apreté la empuñadura de mi espada.
—Por eso les prometo algo.
Los miré con frialdad.
—Quienes regresen, no serán recordados como simples caballeros de Clemen. Serán recordados como los hombres que atravesaron una marea de monstruos y cortaron la cabeza de la horda.
Algunos tragaron saliva.
Otros enderezaron la espalda.
—Riquezas. Tierras. Gloria. Canciones. Todo eso vendrá después.
Levanté mi espada.
—Pero primero, sobrevivan.
Mis ojos recorrieron sus rostros.
—Solo tienen que hacer una cosa.
La puerta lateral comenzó a abrirse lentamente detrás de nosotros.
Del otro lado, el rugido de los goblins nos recibió como una tormenta.
Sonreí apenas.
—Síganme y no se detengan.
Pronto, el sonido de los caballos comenzó a seguirme desde atrás.
No hubo gritos.
Solo el estruendo de los cascos galopando contra la tierra.
Levanté la espada hacia adelante, pero enseguida la guardé y sujeté con fuerza la gran lanza.
A medida que atravesábamos a los goblins, extendía el arma con toda mi fuerza, y sentía cómo sus cabezas reventaban con el simple impacto de la punta.
Los demás caballeros hicieron lo mismo.
Repasé la ruta en mi cabeza.
Quinientos metros en línea recta.
No más.
No menos.
Cada vez más goblins se acumulaban frente a nosotros.
Los cadáveres se amontonaban a ambos lados de la carga.
Pero seguimos avanzando, en formación de cuña, conmigo al frente.
Entonces, a lo lejos, aparecieron goblins montados sobre perros enormes.
Al verlos acercarse, grité:
—¡Todos, lanza al frente!
No terminé de decirlo cuando ya sentía el impacto de mi propia lanza atravesando la cabeza de un goblin jinete.
En el mismo movimiento, golpeé al perro antes de que pudiera saltar.
La bestia chilló y cayó de costado, arrastrando al cadáver de su jinete.
A mis costados, varios caballeros atravesaron a otros jinetes con precisión.
Pero no todos tuvieron tanta suerte.
En algunos casos, los perros lograron saltar sobre ellos.
Sus colmillos se cerraron sobre cuellos y rostros.
La sangre se esparció por el campo mientras los hombres caían de sus monturas.
Pero aun así no nos detuvimos.
Seguimos avanzando.
Ahora solo quedaban veintiocho caballeros.
Atravesamos la primera horda de jinetes goblins.
Pero enseguida vi acercarse una segunda.
Y esta vez, no eran goblins comunes.
Había hobgoblins montando a los perros.
Más pesados.
Más firmes.
Más peligrosos.
La colisión fue aún peor que la anterior.
Las lanzas chocaron.
Los perros saltaron.
Los hobgoblins blandieron sus armas desde lo alto.
Logramos atravesarlos, igual que antes.
Pero el precio fue más alto.
Perdimos a otros cuatro caballeros.
Ahora solo quedábamos veinticuatro.
Veo flechas pasando a nuestros lados.
—¡Escudos! —grito.
Yo no levanto el mío.
En cambio, desvìo las flechas con la espada y suelto la lanza, que ya estaba destrozada por tantas colisiones.
Los caballeros a mis lados no tuvieron la misma suerte.
Muchos alzaron el escudo demasiado tarde.
Las flechas se incrustaron en sus cabezas y cayeron de lado, mientras sus caballos seguían corriendo unos metros más antes de arrojarlos al suelo.
Apenas tocaban tierra, eran rematados por goblins con lanzas.
Otros lograron detener las flechas que iban a sus cuerpos, pero no las que apuntaban a sus monturas.
Los caballos, heridos de muerte, se desplomaban hacia adelante y aplastaban a sus propios jinetes en la caída.
Y algunos, incluso sobreviviendo al derribo, no duraban mucho más.
Los goblins corrían hacia ellos y hundían sus mazas en sus cráneos hasta romperlos.
La mitad cayó.
Solo quedaban doce caballeros.
Y aun así, seguimos corriendo.
Cuatrocientos metros.
Ya habíamos recorrido cuatrocientos metros.
En los últimos cien, vi frente a nosotros una nueva línea defensiva.
Hobgoblins con armaduras.
Más grandes.
Más firmes.
Más disciplinados.
Detrás de ellos, arqueros preparados, apuntándonos directamente.
Si seguíamos así, moriríamos todos antes de atravesarlos.
No había tiempo para dudar.
Golpeé a mi caballo y lo obligué a seguir avanzando con toda la velocidad que aún le quedaba.
Luego me puse de pie sobre la montura, manteniendo el equilibrio apenas por instinto y experiencia.
El viento me golpeó de lleno en el rostro.
Los hobgoblins me miraron, aturdidos.
Entonces impulsé mi cuerpo con un golpe seco de ambos pies.
Salté.
Volé por encima del frente de carga y caí directamente sobre los hobgoblins.
Mi espada descendió en el mismo instante.
La primera cabeza salió despedida.
La segunda cayó casi al mismo tiempo.
La tercera apenas alcanzó a levantar el arma antes de que le abriera el cuello.
Mientras me movía entre ellos, desvié algunas flechas dirigidas hacia mí.
Los arqueros no se molestaban en distinguir entre enemigos y aliados.
Disparaban igual, aunque sus propias flechas atravesaran a los hobgoblins.
De reojo vi cómo mi caballo era empalado por varias lanzas.
Cayó entre espasmos, aplastado bajo el avance de la formación enemiga.
Los otros caballeros llegaron un instante después.
Chocaron contra la línea de hobgoblins con violencia brutal.
Algunos fueron derribados de sus monturas en el impacto.
Otros lograron atravesar cráneos y pechos con sus lanzas.
Caballos relinchando.
Hierro quebrándose.
Sangre salpicando.
Goblins chillando.
Hobgoblins rugiendo.
Dejando atrás aquel desastre, seguí corriendo.
Solo quedaban unos metros.
Entonces lo vi.
Un goblin más alto que los demás, con cicatrices cubriéndole todo el cuerpo.
No gritaba.
No daba órdenes.
No se escondía.
Solo me miraba en silencio, sosteniendo una lanza.
A su alrededor, los goblins mantenían cierta distancia, como si incluso ellos temieran acercarse demasiado.
—Humano —dijo.
En el instante en que habló en mi idioma, lo supe.
Esta era la cabeza de la horda.
Un monstruo capaz de entender nuestro lenguaje.
Un monstruo capaz de pensar.
Sacudí mi espada con un movimiento seco, quitando de la hoja toda la sangre acumulada.
—¿Cuál es tu nombre, demonio?
Era la misma pregunta que hacía siempre al encontrarme con un oponente digno.
El goblin me observó sin cambiar la expresión.
—Goblin —respondió con voz áspera—. Ese... ser mi nombre.
Hablaba bastante mal.
Pero entendía.
Eso era suficiente.
Sin mediar otra palabra, corrí hacia él.
Acorté la distancia mientras varias flechas volaban hacia mí desde ambos lados.
Las desvié con la espada sin detenerme.
Una.
Dos.
Tres.
Seguí avanzando.
El goblin no se movió.
Permaneció quieto, con la lanza preparada y los pies bien apoyados en la tierra.
Una postura correcta.
Demasiado correcta para un monstruo del primer piso.
Pronto entré en su rango.
Entonces sentí viento.
Mi cuerpo se movió antes que mis pensamientos.
Giré hacia un costado.
Una lanza atravesó el lugar exacto donde mi pecho había estado un instante antes.
No vi el inicio del ataque.
No vi sus hombros moverse.
No vi el cambio de peso en sus piernas.
Solo vi el resultado.
La punta de la lanza cortando el aire.
Entrecerré los ojos.
Complicado.
Muy complicado.
Ese goblin no era fuerte solo por estadísticas.
Sabía pelear.
—Humano... saber pelear.
Vi cómo una sonrisa se formaba en su rostro.
Y yo también sonreí.
—Mejor de lo que esperaba de un goblin —respondí con honestidad.
Enseguida, la lanza volvió a moverse.
Una estocada.
Luego otra.
Y otra más.
Muchas no pude verlas con claridad. Solo podía seguir el movimiento del aire, la presión que dejaba la punta al cortar el espacio.
Otras lograba leerlas a tiempo e intentaba contraatacar, pero él desviaba cada estocada con una precisión molesta.
Metal contra metal.
Chispas.
Pasos cortos.
Respiración contenida.
Durante un minuto entero, ninguno logró imponerse.
El combate estaba paralizado.
Eso era peligroso.
Cuanto más se alargara, más posibilidades había de que los arqueros nos rodearan, de que los goblins cerraran el paso, de que mis caballeros murieran sin cumplir su objetivo.
Necesitaba forzar una abertura.
Así que la creé yo mismo.
Aflojé apenas mi defensa y dejé un punto débil deliberado en el lado derecho de mis costillas.
Una grieta pequeña.
Demasiado tentadora para alguien con buenos ojos.
El goblin la vio.
En menos de un segundo, sentí la lanza dirigirse hacia ese punto.
Rápida.
Precisa.
Mortal.
Pero cuando alguien ataca, también entrega algo.
Su lanza avanzó hacia mis costillas.
Y al hacerlo, su hombro izquierdo quedó abierto.
Giré el torso en el último instante, dejando que la punta pasara rozando mi ropa.
Entonces ataqué.
Mi espada trazó una línea diagonal.
Por primera vez en toda la batalla, mi hoja alcanzó su carne.
El filo le cortó el hombro izquierdo, arrancando varios centímetros de músculo.
Un poco más profundo, y habría inutilizado su brazo.
El goblin retrocedió un paso.
El goblin retrocedió varios pasos.
Yo lo seguí.
No había que perder la iniciativa.
En un duelo, darle aire al enemigo era lo mismo que perdonarle la vida.
Y yo no perdonaba vidas en medio de una batalla.
Aproveché el cambio en su respiración.
El instante exacto en que el dolor interrumpió su ritmo.
Segundo estilo de la espada: Postura contra la tormenta.
Relajé la muñeca.
Estiré la pierna derecha.
Bajé el centro de gravedad.
Y lancé un corte horizontal con intención de partir todo lo que se encontrara a mi paso.
Cada músculo de mi cuerpo se concentró en ese único movimiento.
Hombro.
Codo.
Muñeca.
Cadera.
Rodilla.
Talón.
Todo conectado en una sola línea.
El goblin reaccionó levantando la lanza en vertical para detener el corte.
Buena decisión.
Pero insuficiente.
Di un paso más.
Solo uno.
La distancia cambió.
El ángulo también.
La hoja de mi espada pasó más allá de la defensa de la lanza.
Y entonces cortó.
Un tajo limpio y rápido atravesó el brazo derecho del goblin.
Carne.
Hueso.
Tendón.
Todo cedió bajo el filo.
El brazo cayó al suelo junto con su lanza.
La sangre oscura salpicó mis botas.
El goblin abrió los ojos.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
—¡HAAAHHH!
El goblin gritó enfurecido.
Su rugido se extendió por el campo como una orden.
Todos los goblins a su alrededor enloquecieron junto a él.
Chillaron.
Gruñeron.
Apretaron sus armas.
Y entonces comenzaron a correr hacia nosotros, desesperados por proteger a su comandante.
El goblin retrocedió.
Intentaba tomar distancia.
No podía permitirlo.
Si escapaba, la horda recuperaría el orden.
Si sobrevivía, la muralla volvería a estar condenada.
Di tres pasos rápidos.
Uno.
Dos.
Tres.
Todos los músculos de mi cuerpo ardieron.
Pero no me detuve.
Frente a mí, vi el horror en el rostro del goblin.
Ya no había sonrisa.
Ya no había orgullo.
Solo miedo.
Con un último paso, entré en su rango.
Mi espada se movió.
Un tajo rápido.
Limpio.
Directo a la garganta.
La cabeza se separó del cuerpo antes de que pudiera gritar de nuevo.
Su sangre oscura brotó como una fuente, manchando la tierra bajo mis pies.
Antes de que cayera, tomé su cabeza por el cabello.
Luego la levanté con el brazo derecho para que todos pudieran verla.
Durante un instante, el campo de batalla quedó suspendido.
Los goblins miraron la cabeza de su comandante.
Los hobgoblins dejaron de rugir.
Los arqueros bajaron sus armas.
Y entonces ocurrió.
Como títeres a los que les cortaron las cuerdas, todos comenzaron a perder el control.
Los goblins retrocedieron aterrorizados.
Algunos corrieron en círculos.
Otros se empujaron entre sí.
Otros miraron a su alrededor, esperando una orden que nunca llegaría.
Pero los hobgoblins no estaban mejor.
Sin la voz que los guiaba, tampoco sabían qué hacer.
La horda seguía siendo enorme.
Seguía siendo peligrosa.
Pero ya no era un ejército.
Ahora solo era una multitud de monstruos asustados.
Levanté la cabeza del comandante aún más alto.
Y con la garganta ardiendo, grité hacia la muralla:
—¡EL COMANDANTE ENEMIGO HA CAÍDO!
Por primera vez desde que comenzó la batalla, los gritos de los soldados de Clemen fueron más fuertes que los de los goblins.