Cabeceé cuando se pegaba al pasto y soñé que el pasto se lo quedaba para siempre. ¿Tú alguna vez dejaste ir uno así, de verdad, sin pedir nada?
DIENTE DE LEÓN
Pensamiento
Cabeceé cuando se pegaba al pasto y soñé que el pasto se lo quedaba para siempre. ¿Tú alguna vez dejaste ir uno así, de verdad, sin pedir nada?
Contenido de la publicación
Vi un diente de león siendo elevado por el viento: lo tiraba hacia un costado y luego hacia otro, a veces suavemente y otras con mucha fuerza, pero él siempre estaba tranquilo.
Pasaba entre las ramas y las hojas de los árboles, donde algunas espinas lo acechaban. Se pegaba al pasto estirando sus flecos, parecía sostenerse para que el viento no se lo llevara de nuevo; pero llegué a notar que era el pasto quien quería quedarse con su deseo.
Con gran ímpetu el viento volvió a girar y, suspendido en el cielo, mi copo de nieve se hizo dorado. Atravesó edificios, voló junto a las aves y miró el atardecer desde lo más alto. Lo escuché decir que nunca sabía hacia dónde iba, pero que siempre sonreía cuando el viento lo envolvía.
Una vez más paseaba cerca de mí. Era de tarde y se movía a mi alrededor; y yo tranquilo, sentado, lo observé detenidamente. Quería levantarme para atraparlo, correr detrás de él y pedir mi deseo. Aún así no lo hice: me quedé sentado contemplando su libertad.
Me hizo sonreír mientras lo miraba; yo sabía que él también estaba emocionado por verme. Danzaba delante de mis ojos sin necesitar pedir atención ante una obra tan preciosa y delicada.
Él seguía girando y yo lo seguía con la vista, hasta que, de un salto inesperado, se arrojó a mis pies. Deslicé mis dedos en sus flecos finos, lo tomé lentamente y lo llevé frente a mi rostro. Me fui a otro mundo sin saberlo: salió de mis manos y no pedí nada. Pensé que solo quería recibir una caricia, y que el deseo que llevaba dentro era para alguien más.
Así que se unió de nuevo al viento, conoció personas y animales nuevos, hasta llegar a la ventana de la casa del campesino. Su hijo, que hacía la tarea, lo vio sostenido en el marco. Se apresuró y dio tres brincos con el rostro encendido de impresión. Lo atrapó con los dedos y, sonriendo, lo acercó para sentir su aroma. Cerró los ojos e inspiró. Abrió los ojos, parpadeó; volvió a apagar el mundo y le dio un beso. Se detuvo un instante, pidió su deseo y sopló con todo su aliento hacia la ventana.
Y allí iba mi amigo: con el deseo adentro, preparado para cumplirlo como solo él sabe hacerlo.
– Evangs Aherdy
Thoughts
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PermalinkCabeceé cuando se pegaba al pasto y soñé que el pasto se lo quedaba para siempre. ¿Tú alguna vez dejaste ir uno así, de verdad, sin pedir nada?
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PermalinkQué bonito el final.
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PermalinkA mí el que me hizo sonreír fue el hijo del campesino, que estaba haciendo la tarea y lo deja todo por tres brincos, caramba. Al narrador le tocó mirar y al niño le tocó soplar, y no estoy seguro de que usted se haya quedado con la mejor parte.
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PermalinkMis compañeras del club se partirían en dos con el narrador: unas dirían que no atraparlo fue pura generosidad y otras que le dio miedo pedir algo.
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PermalinkLo leí dos veces entre la comida y el café, la segunda solo por el copo de nieve que se vuelve dorado.
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PermalinkAy, el niño que da tres brincos cuando lo ve en la ventana, de a tiro así me pongo yo cuando veo uno en la calle, todavía los soplo 😅
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PermalinkAl tiro pensé que el deseo era para el narrador y la teoría se me cayó en la ventana del campesino. El diente de león ya sabía a quién iba, cachai.
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PermalinkQué hermosos sus comentarios, de verdad, muchas gracias por leerme.
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PermalinkQue el narrador suelte el diente de león sin pedir nada y el deseo acabe en la ventana del hijo del campesino me hace pensar en cuántas cosas buenas le llegan a alguien porque otro decidió no quedárselas. Apuesto a que ese niño nunca va a saber que alguien lo vio pasar antes y lo dejó ir. Me gustó mucho leerte, Evangs!
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PermalinkQue no lo atrapes, que sigas sentado y lo dejes pasar, y que al final el deseo lo pida el hijo del campesino desde su ventana, eso es lo que más me ha tocado. En casa de mi abuela se soplaban dientes de león en el patio y siempre había un primo que no pedía nada y los soplaba para los demás. Da la impresión de que tú eras de esos, de los que prefieren mirar cómo le toca a otro.
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