Leí tu carta. La leí despacio, paladeando cada palabra, como quien se resiste a llegar al punto final. Y mientras mis dedos recorrían las marcas del papel, lloré. No de tristeza, sino por el sobrecogimiento de saber que alguien, en algún lugar del planeta, fue capaz de verme en la penumbra sin haberme mirado jamás.
Sí, era yo. Siempre fui yo. La chica invisible de las cartas... que por fin ha encontrado su hogar en ti.