Un sábado cualquiera, mientras el mundo giraba con su prisa habitual —los niños reían a lo lejos, los pájaros cruzaban el cielo y el sol acariciaba la playa con su luz dorada—, yo caminaba sin rumbo, buscando algo que ni siquiera sabía nombrar.
Fue entonces cuando la vi: una carta de un tono naranja encendido, abandonada a su suerte sobre el listón de madera de una banca. Me pareció un anacronismo. En estos tiempos, ya nadie escribe a mano.
La tomé con una mezcla de pudor y curiosidad. La caligrafía era hermosa, delicada, como si cada trazo hubiera sido esculpido con paciencia. No tenía un remitente claro, pero había algo en su peso que me hizo presentir que su hallazgo no era una simple casualidad. Impulsado por la rutina y el aburrimiento, decidí responder. Lo que no sabía era que esa hoja doblada sería el primer verso de una historia imposible de explicar mediante la lógica.
Desde aquel día, no he dejado de escribir. No sé quién eres. No sé qué rasgos dibujan tu rostro. Solo poseo tus letras, tus emociones contenidas y la densidad de tus ausencias. Y, sin embargo, me basta. Porque en cada trazo que me envías, siento latir un amor genuino. Un amor que no se toca, pero se habita; que no se ve, pero lo ilumina todo.