Dimitri había nacido observador. Un disfrute eterno de la visión del mundo, se deleitaba mirando su alrededor y los paisajes mientras que gozaba el simple hecho de respirar entre los árboles. No era el tiempo actual en el vivía dimitri, su vida esta posicionada en aquellos tiempos donde se salia a pasear con traje y un reloj colgando de su saco. Pero el sol se sentía como el mismo sol que había reinado por tantos años. Se embriagaba de sus colores, de la nitidez y del asombro que sus ojos tenían cada vez que parpadeaba. Porque siempre habían cositas nuevas que ver y descubrir.
Por eso, cuando el joven diviso a una chica mirando la nada pero apoyando sus manos en algo que parecía un cuaderno, se quedó dudoso. En sus casi 26 años de vida jamas había visto cosa similar. La chica parecía tener la mirada perdida mientras sus manos se veian en total concentración con cada movimiento. Veía sus dedos presionar y hasta parecía que la yema del dedo estaba buscando algo y reconocer. La joven en cuestión se veía casi de su edad, pelo perfectamente rizado y un perfil bastante atractivo a su juicio. Dimitri no podía quitarse esa imagen de la mente, por lo que aquella noche corrió donde un amigo a pedir consejos.
—Estaba leyendo en braille, probablemente. ¿No te fijaste si era ciega?
Y Dimitri, arrugando su entrecejo pensó: ¿cómo vivía alguien que no podía ver? ¿Acaso nunca se había visto el rostro? ¿La comida? ¿El cielo?
El joven dio un paso atrás, tropezando con sus mismos pies ante la revelación.
—Te veo afligido. Deberías sentarte un momento.—
—¿Y cómo se sienta ella sin ver la silla? ¿Acaso sabe donde está?
Y quedó en blanco. Escuchó a su amigo explicarle con atención que era aquello que usaba para leer y entender todo. Un sistema de puntitos sobresalientes del papel que le hacían comprender las escrituras, las marcas, las botellas y todo. El no podía asimilarlo.
La mañana siguiente le vio ahí nuevamente. ¿Como acercarse a alguien que no sabe que estas ahí? Lo intentó con cautela, acercándose lento y con cuidado pero ella volteó su rostro al segundo, preguntando quien andaba ahí. El se sorprendió, y por un instante no mencionó nada. Tragando duro y pensando.
—¿Me podrías enseñar a leer? Soy Dimitri, un gusto.
Y el chico vio la sonrisa ajena en su rostro, comprendiendo y sintiendo tristeza porque ella jamas podría ver que su sonrisa era la más linda que jamás había visto.