La preparatoria acabó hoy, o quizá ayer, no puedo recordarlo con certeza.
Todo comenzó allá por mediados de agosto, cuando, después de haber disfrutado de las vacaciones que sirvieron de puente entre la secundaria y aquella tan esperada llegada a la preparatoria, me hallé frente a una nueva etapa de mi vida. El cielo se mostraba lluvioso y cubierto de nubes, y había en el aire un clima extraño, aunque agradable, que bien pudiera haber sido el reflejo del ánimo con que yo habría de enfrentarme a los días venideros, mientras me acostumbraba a una nueva rutina y, quién sabe, quizá también a una nueva manera de vivir.
Yo creía firmemente en aquello de los nuevos comienzos. La secundaria, aunque no estuvo desprovista de buenos momentos, había tenido también sus desventuras y circunstancias que me impidieron mostrar todo cuanto llevaba dentro. Por ello, contemplaba la llegada de la preparatoria como quien contempla ante sí el comienzo de una gran empresa, sin saber aún cuántos caminos habría de recorrer ni cuántos tropiezos encontraría.
Tenía, entre mis propósitos más importantes, conservar mi cabello algo más largo que aquel ya traumático casquete corto que tantas desdichas me había causado; hallar amigos con quienes pudiera establecer una verdadera conexión; aventurarme de vez en cuando a tomar la ruta para volver a casa, aun cuando mi casa se encontrase apenas a diez minutos de camino; y, sobre todo, encontrar personas con las cuales pudiera sentir que podría crecer a la par.
No habría de saber yo, en aquel entonces, que conseguir todo aquello me tomaría mucho más tiempo del que imaginaba.
Y así, con un cielo nublado, no pocas incertidumbres y la firme creencia de que, esta vez, las cosas serían diferentes.