Hola, A. Perdona si esta carta te llega de improvisto o si interrumpo tu creatividad artística, pero necesito hablarte, o más que hablarte, necesito que me hables, que me escribas. Sé que es difícil y puedo ser molesta, pero tu frialdad me está acabando. Mi más grande amor, ¿por qué me dejas de lado? Yo que por ti lo dejé todo y un triste lamento es lo que estoy convertida ahora. ¿Algún día dejarás todo atrás, como presumes en esos cuentos, en esos relatos? ¿Y rodearás tus brazos entre mi cuerpo, entre mi pecho cansado, como aseguras en esos famosos folios?
Carezco de un talento verdadero, y de una esencia real, pero haces estallar de mí un maravilloso éxtasis dorado, un éxtasis limpio, fastuoso, que purga mi corazón enfermo y utilizado. Reemplazas mi núcleo enfermo y purificas la brea podrida que dispensa mi negro corazón. ¡Oh! De la ominosa métrica de mi escrito ha derivado una especie de belleza pantanosa. Pero hoy no puedo pensar nada más. ¿Vendrás a visitarme? Dime la hora y la fecha, por favor, pues deberé alistarme, ¿podrías imaginarlo, A.? ¡Qué vergüenza! Hallarme en la cama, entre las desordenadas sabanas.
Alguna vez sucedió, ¿no? Que bellas tardes idílicas. Mi madre me ha venido a visitar de vez en cuando, pregunta por ti, está algo preocupada, pues he perdido peso, pero le hablé de aquella vez que me cargaste como a una liviana pluma, y me dejaste suavemente sobre la cama. Aquel día me besaste, trazaste un peligroso camino entre mis piernas, y entre mi piel… Me erizo de solo el recuerdo, y me pregunto si también tú lo harás. Esos son los momentos en los que me he sentido amada, amada de verdad.
Yo, quien escribe, yo no soy Andrés, si algo, soy la pobre chica llorando, aunque no me atrevería a decir que es una mujer quien lo protagoniza. De la depravación.