¿Has sentido cuando el mundo se acelera hasta tal punto que quedás enjaulado en cámara lenta, sin poder seguir el ritmo? Todo afuera se mueve a una velocidad insoportable. Es una forma silenciosa de la parálisis.
Los estímulos chocan contra mí y rebotan; no hay memoria posible para lo que no se vive con la misma intensidad que el resto. Soy un espectador de una película que va al doble de velocidad.
La gente corre, se abraza, recuerda cosas que yo apenas llego a registrar. Mi memoria es un motor lento; no puede guardar lo que pasa tan rápido, no puede retener lo que no llega a tocar el cuerpo.
Sin embargo, aquello que ocurre lento no me lo puedo despegar; es una masa endeble y pegajosa que intenta corroer y apoderarse de cada experiencia nueva. Es un filtro espeso que mastica los estímulos y los deforma, dejándome siempre al margen, con la sensación de que la memoria no puede guardar aquello que no llegó a vivirse del todo.
A pesar de todo, cuando logro separarme de ella, el tiempo me resulta una obra de arte. Perfecto en cada aspecto. No por lo que se detiene, sino por su longitud. Me estremece la sucesión exacta de hechos que nos llevan a donde estamos; la cantidad de vidas que transitamos con el simple hecho de seguir funcionando, de seguir caminando. Es la maravilla de una maquinaria invisible que avanza y acumula existencia, incluso cuando uno cree que no está sintiendo nada.