¿Qué filósofo o científico era el que decía que no existe acción sin reacción? Newton, supongo. Otra memoria perdida en este ruido. El dato exacto se me escapa, pero la ley física me vibra en los dientes: a toda acción corresponde una reacción igual y opuesta. Una verdad milimétrica, fatal. Sin embargo, la gente que me rodea se mueve por el mundo como si hubiera logrado hackear las leyes de la física. Viven como si no hubiera un después, y después lloran, porque ese después existe de inmediato.
Son un fastidio.
Es la fiesta de fin de año de la agencia y el bar en Palermo está decorado con luces de neón rojas que parpadean a una velocidad insoportable. Para mí, el parpadeo es una agresión continua; para el resto, es el fondo perfecto. Me apoyo contra la barra, estático, con la rigidez de una columna mientras el oleaje de los creativos y ejecutivos de cuentas rebota contra mi superficie.
Observo a Lucila, la redactora estrella. Se cuelga del cuello del director de arte, estira el brazo libre y apunta con su teléfono hacia ellos. En una fracción de segundo, sus rostros se transforman: las bocas se abren en una risa eufórica, los ojos se achican en un simulacro perfecto de felicidad salvaje. Sostienen la pose los tres segundos exactos que dura el video para la red social. En cuanto el dedo de Lucila suelta la pantalla, la magia se corta como si les hubieran soltado los hilos de la marioneta. Sus caras caen, desinfladas, volviendo a la neutralidad gris de siempre. No se hablan. No se miran. Clavan los ojos en el rectángulo de luz artificial, frotando el vidrio con el pulgar, esperando la reacción. Suman likes, corazones, visualizaciones de personas que tampoco están viviendo nada. Mendigos de atención digital.
Es ahí donde se ve la verdadera trampa. En el momento mismo en que empezaron a fabricarse estos seres que no se responsabilizan de sus propios minutos, empezó la destrucción de la humanidad. Quieren la acción sin la consecuencia. Quieren el vértigo de la fiesta, el aplauso de la tribuna virtual, pero exigen que el vacío del día siguiente no les sea facturado.
Pero el universo no funciona así. El "después" no espera a mañana; los corre de atrás y los alcanza en el pasillo.
A las tres de la mañana, la marea empieza a retroceder y la realidad les pasa la boleta sin anestesia. Voy al baño y encuentro a Lucila sentada en el piso de baldosas frías, con el rímel corrido y el teléfono apagado inútilmente en la mano. Llora con un hipido seco, infantil. El exnovio vio su historia de Instagram pero no le escribió; la euforia prefabricada de hace dos horas se le convirtió en un frío espeso en el pecho. Salgo a la vereda y veo al director de arte discutiendo a los gritos con un taxista porque no tiene saldo en la tarjeta y el auto no arranca si no hay plata.
Mírenlos. Ahí está su reacción igual y opuesta. Se fabricaron una felicidad de envase y ahora se horrorizan porque el plástico cortante les sangra en las manos. Les estalló el futuro en la cara antes de que termine la noche. Me da asco su fragilidad porque es una fragilidad autoinfligida. Eligen la ceguera y después se quejan de que el piso está duro cuando se caen.
Ese patetismo me quedó flotando en la cabeza durante las semanas siguientes, masticado por la masa pegajosa de mi mente mientras el almanaque de la oficina seguía corriendo a su velocidad absurda. Yo seguía gastando las suelas de mis zapatos en Corrientes, pero el simulacro a mi alrededor se volvía cada vez más nítido. Lucila no aprendió la lección del baño de Palermo; al contrario, duplicó la apuesta. Supongo que el vacío era demasiado grande.
Empezó a gritar sus secretos al viento digital esperando aplausos, sin entender que el viento también arrastra a los lobos. Dejaron de tener intimidad para tener vidrieras. Y cuando te convertís en una vidriera, cualquiera desde la vereda oscura puede cotizar tu precio y planear cómo romper el vidrio.
Lucila consiguió lo que buscaba. Las fotos de la fiesta, sus descargos en Twitter sobre el vacío existencial de los domingos y un par de videos llorando frente a la cámara frontal la volvieron semi-viral. Cincuenta mil desconocidos validando su miseria. Pero entre la masa de ojos muertos, apareció uno nítido. Un usuario sin rostro claro, pero con la palabra justa. El eco perfecto para su hambre.
Lo descubrí una tarde en la oficina. La observaba desde mi escritorio: ya no miraba la pantalla con la ansiedad dispersa de antes; ahora lo hacía con devoción. Sonreía con una intensidad peligrosa. Con mi lentitud de entomólogo, analicé el perfil de ese tercero. Ella creía haber encontrado un alma gemela; yo vi un diseño quirúrgico. El tipo había leído sus publicaciones como quien estudia un plano para desvalijar una casa. Sabía exactamente qué fibra tocar porque ella misma le había entregado el manual de instrucciones.
El viernes a la tarde, Lucila apagó la computadora antes de tiempo. Estaba acelerada, flotando en el simulacro de una cita perfecta. Iba a encontrarse con él en un departamento en San Telmo. Quise decirle algo. Sentí el impulso de frenarla, de clavarle una de mis frases nítidas para romperle el hechizo, pero el mundo exterior iba al doble de velocidad. Para cuando logré destrabar la parálisis y articular las palabras, ella ya había agarrado su cartera, se había despedido con un grito efusivo y la puerta de vidrio de la agencia ya se estaba cerrando a sus espaldas. El tiempo se me escurrió entre los dedos, dejándome el sabor amargo de la inminencia.
Esta vez la física no les devolvió una consecuencia pequeña. No hubo llanto en el baño ni resaca moral. El lunes Lucila no vino. El martes tampoco. Cuando volvió el jueves, era una carcasa vacía. Tenía los ojos fijos en el piso, las mangas de la campera estiradas hasta los nudillos y un silencio sepulcral que le goteaba de los hombros. Ya no miraba el celular. El monstruo la había encontrado en la intimidad, allí donde las pantallas no filman, y la había desarmado pieza por pieza, alimentándose de su desesperada necesidad de ser vista. La mirada de esa gente no te valida; te devora.
Me acerqué a su escritorio a última hora, cuando los demás ya se habían ido a seguir gastando sus vidas en el after office. Me paré frente a ella, estático. No había compasión en mí, solo esa hambre limpia y pegajosa de entender el reverso de la moneda.
—Lucila —le dije. Mi voz sonó como un bisturí en el silencio de la oficina vacía. Ella levantó los ojos, aterrada, encontrándose con mi espejo nítido. Sabía que conmigo no podía usar el lenguaje tibio del "estoy bien".— Sabés que yo no hablo por hablar. Sé lo que pasó. Y sé que no podés cargarlo sola.
Se le escapó un sollozo seco, pero se lo tragó. Estaba al límite.
—Te propongo un trato —continué, apoyando las manos en su escritorio, obligándola a sostener mi ritmo lento—. Entregámelo. No se lo tenés que contar a la policía, ni a tus amigas, ni a una red social. Dejamelo a mí. Yo tengo espacio para la lentitud del daño. Si me dejás mirar, te limpio el cuerpo.
Era nuestro contrato silencioso. Una transferencia de contrabando. Ella no entendía cómo funcionaba mi maquinaria invisible, pero vio en mis ojos un sótano seguro donde tirar su basura. Desesperada por aliviarse de la consecuencia, asintió con la cabeza. El pacto estaba sellado.
Cerré los ojos y dejé que mi proceso interno hiciera el trabajo. No necesité que hablara; a través de su mirada fija y entregada, las imágenes empezaron a filtrarse hacia mi propia memoria muscular. El contrato se ejecutó en mi propia cámara lenta, porque el trauma tiene la misma velocidad pesada que mi propio motor.
Y entonces, empecé a habitar su horror.
Sentí el frío de la llave girando en la cerradura de ese departamento desconocido. Sentí el olor a humedad y a encierro que ella ignoró por culpa de la adrenalina. Vi, a través de sus ojos del pasado, la figura del tipo recortada contra la luz de la ventana: no era un galán de internet, era un tipo gris, de sonrisa demasiado ensayada, que cerró la puerta con doble traba mientras le decía un halago que sonaba a condena. Sintiéndolo en mi propio pecho, experimenté el momento exacto en que el simulacro se rompió: cuando el tipo le sacó el celular de las manos, lo apagó y lo guardó en su bolsillo. La desconexión total. El pánico espeso que le subió por la garganta al entender que ahí adentro no había likes, ni filtros, ni público para salvarla. Viví la humillación sistemática, el peso de un cuerpo perverso que se movía con la certeza de un carnicero, destruyéndole la autoestima y la carne durante horas que parecieron siglos.
La masa pegajosa de mi mente masticó cada golpe, cada humillación, cada segundo de esa noche en San Telmo. Lo absorbí todo hasta vaciarla.
Cuando abrí los ojos, Lucila respiró hondo, como si le hubieran devuelto los pulmones. Sus hombros se aflojaron. El brillo de terror en sus pupilas se había apagado; ahora estaba simplemente vacía, limpia, regresada al gris cotidiano. Se paró, agarró sus cosas y se fue de la oficina sin mirarme, apurada por volver a la inercia de los vivos.
Salí a la avenida Corrientes bajo una llovizna fina. Los bocinazos y los gritos de la calle seguían rebotando en mi superficie, pero por dentro yo era una caldera de horror ajeno. Caminé arrastrando los pies, sintiendo en mis propios músculos el dolor físico de Lucila, el asco metido en los huesos, la marca invisible del monstruo que ahora vivía en mí.
Llegué al departamento. Abrí la puerta y te encontré sentada en el sillón, esperándome con la calidez de siempre. Me miraste y tu sonrisa se congeló al ver mi rigidez, al notar el peso insoportable que traía colgado del cuerpo.
Te acercaste despacio, asustada por el frío que emanaba de mi piel.
—¿Qué te pasa? —me preguntaste, y tu voz por fin rompió el eco de San Telmo.
Me arrodillé frente a vos, pegando mi frente contra tus rodillas, sintiendo la masa espesa amenazando con devorarme a mí también.
—Contamelo todo —te supliqué, con un hilo de voz quirúrgica, desesperada—. Hablame de cualquier estupidez. Decime qué color era el cielo a la tarde, contame el chiste que escuchaste en el colectivo. Necesito que me saques de acá. Esta vez recolecté un monstruo, y si no me prestás tu vida ahora mismo, me va a comer por dentro.