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Vuelvo a ciertos lugares de vez en cuando.

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Vuelvo a ciertos lugares de vez en cuando.

No sé muy bien por qué. Tal vez porque hay sitios que guardan recuerdos mejor que nosotros. Lugares que parecen iguales a cualquier otro para quien pasa por allí, pero que para uno conservan una voz, un olor, una tarde, una herida.

Esta vez estoy parado sobre dos baldosas donde entendí algo que hasta entonces desconocía: que puede llegar un momento en que vivir también canse.

Aquí comprendí lo que significa no tener ganas de seguir. No por tristeza solamente, ni por una enfermedad determinada, sino porque a veces la vida llega a pesar tanto como todos los años que uno lleva encima.

Esta es la historia.

Mis abuelos habían construido, sin saberlo, una pequeña vida perfecta.

No era perfecta porque sobrara el dinero ni porque no existieran problemas. Era perfecta porque tenía un orden. Y cuando se llega a cierta edad, quizás la felicidad se parece mucho a eso: saber quién estará sentado frente a uno cuando despierte, qué habrá sobre la mesa y qué ocurrirá después.

Ella se levantaba siempre antes que él.

Mientras la casa todavía estaba medio dormida, preparaba el café con leche y cortaba el pan. Lo untaba con manteca y con la mermelada que ella misma hacía.

Él aparecía después.

Se afeitaba, se lavaba los dientes, se acomodaba como podía y llegaba hasta la mesa donde ella ya lo estaba esperando.

No necesitaban decir demasiado. Después de tantos años juntos, hay personas que aprenden a conversar también con los silencios.

Terminaban el desayuno y él caminaba hasta el cuartito de la quiniela, donde funcionaba su agencia. Ella levantaba la mesa, acomodaba las cosas y al rato iba detrás de él.

Allí empezaba otra parte de la rutina.

Ella preparaba las jugadas que después él salía a vender. Las llamaban “locas”. Papelitos, números, esperanzas pequeñas que la gente compraba imaginando que quizás esa tarde la suerte se acordaría de ellos.

Él recorría las calles, clinicas, bares y cuento sitio llegue, vendiéndolas. Ella quedaba en la agencia.

Al mediodía volvían a encontrarse. Comían juntos. Después ella se quedaba escuchando los números de la quiniela de la siesta y él descansaba un rato antes de volver a salir por la tarde.

Y así pasaban los días.

Café con leche.

Pan con manteca.

Mermelada casera.

Números.

Locas.

Almuerzo.

Siesta.

Otra vez la calle.

Otra vez encontrarse.

Cena.

Mirado desde afuera podía parecer una vida pequeña. Pero hay vidas que caben enteras dentro de una cocina. Y ellos tenían la suya.

Hasta que un día llegó un ACV. Lo sufrió ella.

Y en apenas unas horas se desordenó todo lo que había llevado años construir.

Ella sobrevivió, pero necesitaba cuidados, rehabilitación, tiempo. La familia se ocupó de ayudarla, de acompañarla, de hacer todo lo posible para que pudiera recuperarse.

Pero mientras todos mirábamos cómo ella intentaba volver, nadie entendió del todo que él también se estaba apagando. Porque su enfermedad no apareció en una tomografía. A él le habían quitado, de golpe, la vida que conocía.

Ya no estaba el café preparado por ella. Ya no estaba el pan con manteca. Ya no estaban las locas que ella hacía para que él saliera a vender. Ya no estaba esa mujer esperándolo del mismo modo.

La casa seguía siendo la misma. La mesa seguía allí. La agencia también. Pero faltaba el mecanismo invisible que hacía funcionar todas las cosas.

Faltaba ella.

O, quizás, faltaban ellos.

La familia trató de protegerlo. De acompañarlo. De decirle que estuviera tranquilo, que ella iba mejorando. Y era verdad. Ella luchaba por volver. El problema era que él ya no tenía tiempo para esperarla.

O quizás sentía que no lo tenía.

Los días empezaron a caerle encima. Primero dejó algunas cosas. Después otras. Hasta que poco a poco comenzó a entregarse a la vejez. No ocurrió de golpe. Eso fue lo que más me impresionó. Uno imagina que las personas se apagan como una lámpara. Pero a veces se apagan como una casa abandonada.

Primero queda una habitación a oscuras.

Después otra.

Después se cierra una ventana.

Después nadie vuelve a abrir la puerta.

Un día fui a verlo. Hacía un par de jornadas que prácticamente no se levantaba de la cama. Entré en la habitación y lo encontré acostado. Me acerqué.

—Nono, levantate. Vamos.

Me miró. No recuerdo si tardó mucho en contestarme o si mi memoria hizo más largo aquel silencio.

—¿Para qué, hijito?

Busqué rápidamente algo capaz de devolverlo al mundo. Algo que todavía pudiera entusiasmarlo.

—Vamos a ver a River, nono. Está por jugar.

River el cuadro de su vida, su otro amor. Durante tantos años había alcanzado con eso. Un partido. Una camiseta. Un gol. Noventa minutos en los que todavía era posible enojarse, gritar, discutir un penal o insultar al árbitro.

Pero aquella vez no alcanzó. Me miró con una ternura que todavía puedo recordar.

Y dijo:

—Ya no tengo ganas, Javito.

Después hizo una pausa.

—Ya me quiero morir.

Hay frases que uno escucha y olvida. Y hay otras que se quedan viviendo dentro de uno. Yo era más joven. Hasta ese momento creía que la muerte era algo que las personas temían. Pensaba que el instinto natural era aferrarse.

Un día más.

Una hora más.

Un minuto más.

Aquella tarde entendí que no siempre es así.

Comprendí que existe un cansancio que no se cura durmiendo.

Un cansancio hecho de años, de pérdidas, de cuerpos que ya no obedecen, de rutinas que desaparecen y de personas que dejan de estar en el sitio donde estuvieron durante toda una vida.

Entendí que envejecer no consiste solamente en sumar arrugas o caminar más despacio.

A veces envejecer es ir perdiendo, una detrás de otra, las pequeñas razones por las cuales uno se levantaba por la mañana.

El café.

El pan con manteca.

La mermelada.

La agencia.

Las locas.

La mujer que estaba enfrente.

La certeza de saber para qué comenzaba cada día.

Tal vez por eso aquella respuesta me dolió tanto.

Porque cuando le pregunté, sin preguntárselo realmente, por qué no se levantaba, él me contestó con la pregunta más difícil:

¿Para qué?

Durante mucho tiempo pensé en esa tarde. Hoy creo que allí entendí la vejez por primera vez. No la vejez de los cumpleaños ni de los documentos. La otra.

La que ocurre cuando el cuerpo todavía respira pero algo comienza a oxidarse por dentro.

Cuando los días dejan de ser promesas y empiezan a parecer repeticiones.

Cuando incluso aquello que amamos ya no alcanza para hacernos levantar de la cama.

Por eso regreso a veces a este lugar.

Porque aquí quedó una parte de mí.

El muchacho que entró en aquella habitación creyendo que un partido de River podía solucionar cualquier tristeza salió siendo otro.

Ese día entendí que hay personas que no quieren morir porque odien la vida. A veces quieren descansar porque la amaron demasiado. Porque tuvieron una rutina, una compañera, una mesa compartida, una razón para caminar cada mañana.

Y cuando todo eso desaparece, el mundo puede volverse demasiado grande y demasiado vacío.

Ahora miro este lugar y pienso en ellos.

En ella levantándose temprano.

En el sonido de una cuchara contra una taza.

En él entrando recién afeitado.

En el pan todavía tibio.

En la manteca derritiéndose.

En un frasco de mermelada casera sobre la mesa.

En dos personas que quizás nunca supieron que estaban viviendo sus mejores días mientras los vivían. Como casi todos nosotros. Y entonces comprendo algo más.

La vida rara vez se anuncia cuando está siendo extraordinaria.

Casi siempre parece un martes cualquiera.

Una taza de café.

Una mesa.

Alguien esperándonos.

Por eso, cada vez que vuelvo aquí, ya no recuerdo solamente el lugar donde mi abuelo me dijo que quería morir.

También recuerdo el lugar donde aprendí qué cosas hacen que uno quiera vivir.

Respuestas

  • OsvaldoFierro

    El café ya servido antes de que él apareciera. Yo tampoco he dado las gracias nunca por el que me dejan servido, poh. ¿Y la agencia sigue abierta?

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