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O JUREMOS CON GLORIA MORIR

RaMarSa
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Domingo 20 de junio.

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Pensamiento

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bsalas87

Esperanza cuenta que Rodrigo estuvo enfermo y que Analía no lo dejó salir, y Antonio se persigna al tiro. ¿Rodrigo tuvo algo que ver con esa horquilla?

Esperanza cuenta que Rodrigo estuvo enfermo y que Analía no lo dejó salir, y Antonio se persigna al tiro. ¿Rodrigo tuvo algo que ver con esa horquilla?

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O JUREMOS CON GLORIA MORIR

Domingo 20 de junio.

El pueblo amaneció congestionado, sacudiéndose el frío invernal para volcarse a las calles en una atmósfera de pura festividad patria.

Banderas celestes y blancas flameaban en los frentes de los comercios y en las antenas de los autos que se iban sumando al movimiento.

​En la salida de San Genaro, junto a la ruta, la caravana de fierreros ya se encontraba lista para partir rumbo al autódromo de Rafaela.

A la cabeza del pelotón relucía la Ford F-350 doble cabina bordó de Don Jorge; en la caja de carga, sujetada con tensores de goma gruesos, descansaba la Honda CBR 600 F4 roja, luciendo orgullosa el número 17 en color negro sobre el carenado.

​Detrás de la camioneta, el motor del 3CV de Antonio regulaba despacio.

En el asiento trasero, erguido y con la cabeza asomada por la ventanilla, Malevo vigilaba el movimiento del pueblo con las orejas atentas, recuperado pero con la cicatriz reciente de la mordedura en la pata.

​Día de festejos y alegría; nadie quería perdérselo.

Rastrojeros viejos destilando olor a gasoil transportaban en sus cajas a quienes no tenían en qué ir, apiñados entre mates y mantas.

Esperanza viajaba junto a Romina y sus padres Gabriel y Cecilia a bordo de un Ford Falcon Sprint '74 azul marino, impecable, luciendo las clásicas franjas blancas sobre el capó y los laterales.

​Jorge arrancó la F-350 encabezando la marcha, acompañado por su esposa Blanca y por su mayor orgullo: su hijo Hernán, que miraba por el espejo retrovisor el brillo rojo de la CBR asegurada en la cajuela.

Detrás de ellos, una larguísima caravana se encolumnó sobre la Ruta 34, haciendo sonar las bocinas y cantando sin cesar en un clima de fiesta patria.

​A los lados de la ruta, algunas motos de menor cilindrada se adelantaban en el convoy, bajando la velocidad un segundo solo para acariciar la cabeza del dogo.

Malevo, con la trompa al viento asomada por la ventanilla del 3CV de Antonio, parecía disfrutar del paseo como un integrante más de la fiesta.

Después de más de una hora y media de marcha, al fin llegaron al autódromo de Rafaela.

El ambiente era totalmente familiar: nadie en todo el predio caminaba sin lucir con orgullo la escarapela en el pecho.

De los puestos de comida comenzaban a emanar los aromas del chorizo asado, el locro hirviendo en las ollas grandes y las empanadas recién fritas; tampoco faltaban los churros, los pastelitos y las empanadas turcas para quienes preferían acompañar el mate con algo dulce.

​La F-350, cargando aún la pistera roja en la parte trasera, buscó un lugar y estacionó.

A su derecha se acomodó el 3CV de Antonio con Malevo que miraba el gentío , y a la izquierda, el Falcon Sprint azul marino, que no pasó desapercibido entre los fierreros de la multitud.

​Hernán bajó de la camioneta y fijó la vista en la puerta del Ford que acababa de abrirse.

Esperanza descendió lentamente.

El muchacho la miró en silencio y ella, al cruzar sus ojos, le regaló una sonrisa simple.

La complicidad entre los dos floreció al instante, sin necesidad de palabras.

​Entre varios hombres comenzaron a bajar la CBR de la caja de la camioneta mientras, en los altoparlantes del predio, la voz de La Sole retumbaba con fuerza sobre la multitud:

​—...que en esa gaucha bandera, nacía la libertad.

Antonio le puso el collar con correa a Malevo, lo bajó del 3CV y caminaron juntos entre la multitud hacia el complejo.

Malevo no tiraba.

Iba pegado a su pierna, mirando el suelo.

Como si ya supiera dónde pisar.

Jorge y Hernán se dirigieron con la pistera roja hacia su puesto en boxes, ajustando los últimos detalles mecánicos.

"Jorge le pasó la mano al número 17."

Lo limpió con el pulgar, aunque estaba limpio.

Blanca, Romina y Esperanza buscaron un buen lugar en las tribunas, cerca del alambrado de la pista, acompañadas por el cura y su perro.

La juventud alrededor se divertía sin pausas: varios grupos llevaban esos viejos termos de plástico con dispensador de siete litros cargados con sangría helada para acompañar los choripanes.

Todo estaba listo para la gran contienda.

Más de cincuenta mil personas colmaban las instalaciones del autódromo, abrazadas por una fiesta patria que prometía ser inolvidable.

En los altoparlantes, los organizadores anunciaban el inicio inminente de la competición.

Los pilotos permanecían parados, firmes como soldados al lado de sus motos, mientras comenzaban a sonar las primeras notas de Aurora.

Cincuenta mil almas, con la mano derecha apoyada en el pecho sobre la escarapela, entonaban al unísono:

​—... es la bandera de la patria mía...

​La melodía dio paso de inmediato a las estrofas del Himno Nacional, escalando en emoción hasta el estallido final:

​—... ¡O juremos con gloria morir! —gritaban los presentes con pasión visceral, haciendo retumbar el cemento de las tribunas.

​Terminado el himno, Hernán dio media vuelta.

Tomó el casco con ambas manos y, antes de calzárselo, buscó con la mirada un punto específico en la tribuna.

Encontró a Esperanza entre la gente.

Le guiñó un ojo con una chispa de picardía y bajó el visor.

Ella respondió con una sonrisa tibia y le levantó la mano en un saludo distante, siguiéndolo con la vista hasta que el muchacho montó la Honda roja.

Las motos se pusieron en marcha.

Los motores rugían en perfecta sincronía con los gritos desenfrenados que bajaban de las tribunas.

​Comenzó la vuelta previa, esa oportunidad íntima que Hernán no dejó pasar para lucirse ante su gente y ante Esperanza: levantó la rueda delantera de la CBR en un willy impecable antes de acomodarse definitivamente en su cajón de la grilla, aguardando a que el semáforo cambiara a verde.

​Las luces se apagaron y la competencia empezó oficialmente.

​Mientras el ensordecedor paso de las máquinas sacudía el suelo, Antonio alcanzó a escuchar en las gradas una conversación casual entre las chicas, pero cargada de un significado sombrío.

​—Estuve en casa de Rodrigo estos días —le susurró Esperanza a Romina por encima del ruido. —y no vino porque estos días estuvo enfermo y Analía no lo dejó salir.

​​Antonio cerró los puños con fuerza y se persignó en silencio.

Miró hacia abajo a Malevo, que le devolvió la vista con un gruñido sordo y vibrante desde el pecho.

​En la pista, la carrera continuaba vibrante.

La Honda roja N.° 17 venía devorando metros y recuperando puestos a una velocidad endemoniada hasta que, al llegar a la vuelta diez, Hernán ya se encontraba peleando mano a mano por la primera posición.

Hernán venía segundo, pegado al escape del puntero, esperando la recta principal de Rafaela para usar la succión.

Entró a la recta y abrió a fondo.

En la tribuna, Malevo se erizó.

Largó un gruñido bajo, clavando los ojos en la CBR roja.

Después ladró.

Una vez.

Seco.

Antonio lo sintió en la correa.

Miró.

Un frío lo envolvió, porque Malevo nunca ladra por nada.

En ese instante, la horquilla delantera de la CBR dijo basta.

Se partió con un chasquido que ni el ruido de los motores pudo tapar.

La rueda se metió abajo, se clavó contra el cárter y la moto se paró en seco.

Hernán salió despedido.

Dio una vuelta entera en el aire, con los brazos abiertos, y cayó de espaldas contra el asfalto.

El golpe le sacó todo el aire.

No tuvo tiempo ni fuerzas para recuperarse.

La CBR venía atrás, dando tumbos.

Se levantó una vez más y cayó.

De punta.

La rueda trasera, con todo el peso del motor y el cuadro, le dio de lleno en el pecho.

Se escuchó como cuando pisás un cajón de manzanas.

Malevo miro al cielo y aulló.

El estruendo del autódromo se desplomó, reemplazado por un silencio absoluto, denso.

Los gritos de algarabía se transformaron de golpe en murmullos de lamento.

Las manos que momentos antes posaban con orgullo sobre las escarapelas, ahora se apoyaban sobre las cabezas en un gélido asombro, sin poder creer lo que sus ojos acababan de registrar.

Entre la conmoción de las tribunas se alzó el grito desgarrador de Blanca, que era contenida con desesperación por Romina y Esperanza.

Antonio se puso de pie de inmediato; su rostro era una máscara de dolor.

Se persignó, con los ojos anegados en lágrimas, y exclamó al cielo:

—¡Padre Santo, en el nombre de Jesús!

Los paramédicos corrían por la pista mientras las ambulancias se abrían paso hacia el lugar del impacto.

El equipo de boxes, paralizado, fue contenido por los auxiliares.

El cuerpo de Hernán convulsionaba sobre el asfalto.

Un paramédico se agachó junto a él y, con una precisión cargada de pesar, le quitó el casco con extrema precaución.

De su boca brotaban escupitajos de sangre.

Hernán miró por última vez hacia la dirección del alambrado, buscando algo, o quizás a alguien, entre la multitud.

Su respiración se extinguió en un suspiro final.

Jorge, que había logrado avanzar hasta el borde de la pista, se desplomó.

Cayó de rodillas sobre el cemento, asumiendo con un dolor que no cabe en el cuerpo el trágico final de su hijo.

Thoughts

  • GasparLeon

    Un 3CV y un Falcon Sprint del 74 en la misma caravana, caramba, eso es de cuando los fierros se cuidaban por años. Las horquillas se parten así, de golpe, cuando la fatiga del metal no se ve por fuera.

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  • bsalas87

    Esperanza cuenta que Rodrigo estuvo enfermo y que Analía no lo dejó salir, y Antonio se persigna al tiro. ¿Rodrigo tuvo algo que ver con esa horquilla?

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  • TintaYMadrugada

    Órale, Jorge limpiando con el pulgar el número 17 que ya estaba limpio es lo que me llevo de todo esto, porque ahí el hombre ya carga algo que nadie dice. Y Malevo ladrando una sola vez, seco, antes de la recta. Me alegra que después no haya velorio ni explicaciones, que todo se quede con Jorge de rodillas en el cemento. Apuesto a que en la siguiente entrega Antonio junta lo del perro con lo que oyó en la tribuna sobre Rodrigo.

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  • NicolasBravo

    Bro, yo pensé que el ladrido de Malevo era por la chica y no por la moto. ¡No lo vi venir para nada!

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  • Ovid

    Cincuenta mil personas cantando el himno con la mano sobre la escarapela y, un rato después, las mismas manos sobre la cabeza. Apuesto a que ese 20 de junio va a pesar en todo lo que sigue, porque en ese pueblo ya no va a haber fiesta patria sin que alguien se acuerde de Hernán y del número 17.

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  • Marisolita

    Pobre Blanca, ay.

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  • Mujeresquedecidennomaternar

    Hermoso

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