He aquí donde me encuentro, sentado en un muelle, contemplando el agua bajo mis pies. Y entonces pienso por qué las olas solo llegan hasta la orilla, por qué la niebla entorpece mi vista y, también, cómo pude llegar hasta este punto.
Me dije a mí mismo: soy dueño de mis decisiones, de mi futuro y de mi vida; y terminé siguiendo el camino de generaciones de falsas promesas.
Pido perdón al sol, el que estuvo desde que abrí mis ojos, el que me iluminó el camino, el que me cuidó hasta cuando la luna quiso acaparar su luz.
Pido perdón a la rosa que me encantó con su belleza, la que me dio la felicidad que había perdido cuando mi sol se fue, y la que me hizo sentir un amor tan rojo como sus pétalos, los cuales se marchitaron por mi culpa.
Y también le pido perdón a la pequeña flor que planté, pero que no estuve para cuidarla ni para darle la misma luz con la que el sol me iluminó a mí.
Llegó la hora de dejar la costa y dirigirme al azul océano. Veo las olas de nuevo y en ellas veo mi destino; hubiera querido que no fuera así, pero pienso en el ayer y me doy cuenta del porqué el agua está fría...