Terminó otra partida.
Volví a ganarle.
Mi hija se quedó unos segundos mirando el tablero. Frunció la cara, empujó la silla hacia atrás y se levantó enojada.
—No juego más.
Se fue.
Yo sonreí. No porque hubiera ganado. Sino porque sé que va a volver.
Ya ocurrió muchas veces.
Cuando jugamos delante de otras personas, algunos observan la partida y, al darse cuenta de que no pienso aflojar, empiezan los gestos.
—Dale, dejala ganar.
Yo niego con la cabeza.
—No puedo.
—Qué malo que sos.
Puede parecerlo. Un padre grande, jugando contra su hija y negándose a regalarle una partida.
Pero hay cosas que uno hace por razones que los demás no pueden ver.
Y la mía empezó hace muchos años, con otro tablero.
No recuerdo qué edad tenía.
Recuerdo, sí, una bolsa de paño y un tablero que dormían guardados en algún rincón de la casa esperando que alguien volviera a darles vida.
Los encontré husmeando.
Los chicos tenemos esa habilidad: descubrir objetos que para los adultos llevan años siendo invisibles.
Le pregunté a mi mamá qué era.
—Es un ajedrez.
—¿Y cómo se juega?
—Tu papá sabe. Preguntale.
No recuerdo cuándo se lo pregunté. Tampoco recuerdo nuestra primera partida. Sólo sé que mi viejo me enseñó.
La torre se mueve en línea recta.
El alfil, en diagonal.
El caballo hace una especie de L y tiene la particularidad de poder saltar por encima de las demás piezas.
La reina es la más poderosa.
Y al rey hay que cuidarlo o se termina la partida.
Así empecé. Primero aprendí cómo se movían las piezas. Después empecé, lentamente, a entender el juego.
Jugábamos de vez en cuando.
Yo perdía. Él explicaba alguna cosa. Volvíamos a guardar el tablero. Hasta que entré en la juventud y aquellas partidas comenzaron a repetirse cada vez más.
Después de la siesta sacábamos un cajón de Pepsi. Lo dábamos vuelta. Ese era nuestro escritorio generalmente. Nuestra mesa de juego. Nos sentábamos uno frente al otro, colocábamos el tablero encima y empezábamos.
Juagabamos una partida muy raras veces dos. El deber lo llamaba.
No necesitábamos demasiado. Treinta y dos piezas. Un tablero. Un cajón de Pepsi o de alguna otra bebida tambien servía.
Mi viejo de un lado.
Yo del otro.
Y había algo que me obsesionaba. Ganarle. Quería ganarle. No importaba cuántas veces hiciera falta intentarlo. Él me vencía y yo volvía.
Otra partida.
Volvía a perder.
Otra.
Me daba bronca.
Pensaba dónde había cometido el error. Volvía a sentarme. Él siempre parecía saber una jugada más que yo. Siempre veía algo antes. Siempre tenía una salida que yo no había imaginado.Y eso me obligaba a regresar.
Tal vez ése era el verdadero secreto de aquellas tardes.
Yo creía que regresaba para ganarle. Hoy sé que regresaba porque todavía no había podido hacerlo.
Hasta que ocurrió.
Uno de esos días que parecen iguales a todos los demás y después terminan quedándose para siempre en la memoria.
Como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente...
Le gané.
Por fin.
No recuerdo la jugada final. No recuerdo qué piezas quedaban. Pero recuerdo la sensación. Le había ganado a mi viejo. Después de tantas derrotas, de tantas tardes, de tantas partidas sobre aquel cajón de Pepsi, finalmente había ocurrido.
Yo estaba feliz.
Había conseguido lo que durante tanto tiempo había querido conseguir.
Hoy, muchos años después, tengo una sospecha.
Creo que me dejó ganar. Nunca se lo pregunté. Y ya nunca voy a poder hacerlo.
Quizás no fue así.
Quizás aquel día jugué mejor.
Quizás él cometió un error.
Quizás simplemente había llegado el momento en que el alumno podía vencer al maestro.
Pero algo dentro mío sigue creyendo que aflojó.
Tal vez vio cuánto lo deseaba.
Tal vez quiso regalarme aquella alegría.
Tal vez pensó que era hora.
Nunca lo sabré.
Lo que sí sé es que después de aquel día algo cambió. No de golpe. No fue que guardamos el tablero y nunca más volvimos a abrirlo. Seguimos jugando.
Pero ya no era igual.
Yo había llegado a la cima que llevaba tiempo queriendo alcanzar. Había conseguido aquello que me hacía volver una y otra vez. Y cuando volvimos a jugar, descubrí que ya no sentía la misma necesidad.
Con el tiempo las partidas empezaron a espaciarse. A veces ganaba él. A veces ganaba yo. Después jugamos menos.
Después todavía menos.
Hasta que un día dejamos de jugar.
Lo extraño es que no recuerdo cuál fue nuestra última partida. Esa maldita ironía de la vida de no avisar cuándo está haciendo algo por última vez.
Si lo supiéramos, seguramente prestaríamos mucha más atención.
Me gustaría recordar qué apertura usamos. Quién movió primero.
Quién ganó.
Me gustaría recordar cómo estaba vestido. Qué dijimos. Si nos reímos. Si al terminar guardé las piezas yo o las guardó él.
Pero no recuerdo nada.
Porque aquel día ninguno de los dos sabía que estábamos cerrando el tablero por última vez.
La vida siguió.
Yo crecí. Partí.
Y aquel cajón de Pepsi quedó perdido en alguna tarde de mi juventud.
Mi viejo se fue, muy temprano.
Y con él se fue también la posibilidad de hacerle una pregunta que todavía hoy me acompaña.
—Viejo, aquella vez que te gané... ¿me dejaste?
Tal vez me diría que no.
Tal vez se reiría.
Tal vez me miraría con esa cara que tienen los padres cuando saben algo que sus hijos todavía no comprenden.
Pero hoy hay otra cosa que quisiera decirle.
Algo mucho más importante.
Quisiera decirle que ya entendí.
Durante años pensé que aquella tarde había sido una de mis grandes victorias.
Ahora sé que posiblemente fue el comienzo de una gran derrota.
Porque después de ganarle empecé, poco a poco, a dejar de sentarme frente a él.
Y cuando finalmente comprendí lo que había perdido, ya no había posibilidad de pedir otra partida.
Por eso, si pudiera volver treinta años atrás y encontrarme con aquel Javi joven sentado frente al tablero, desesperado por ganarle a su padre, me acercaría y le diría al oído:
No tengas apuro.
Perdé.
Perdé otra vez.
Enojate si queres.
Pensá toda la noche cómo vas a vencerlo mañana.
Pero volvé. Sobre todo, volvé.
Porque vos creés que lo importante es ganarle.
Y no tenés idea de lo equivocado que estás.
Lo importante es que él todavía esté ahí.
Del otro lado.
Mi hija regresa.
Todavía tiene cara de ofuscada.
—Vamos a jugar otra.
Sonrío.
Se sienta.
Empieza a acomodar las piezas.
Sé perfectamente qué quiere. Quiere ganarme.
Y ojalá tarde.
Ojalá le cueste muchísimo.
Ojalá tenga que volver cien veces. Mil.
No porque yo necesite sentirme mejor que ella.
No porque disfrute verla perder.
Ni siquiera porque quiera enseñarle una lección.
Le gano porque cada derrota le deja una deuda conmigo.
Una revancha.
Una razón para regresar.
Mientras quiera ganarme, tendrá una excusa para sentarse del otro lado del tablero.
Y yo tendré una para sentarme frente a ella.
Algún día va a ocurrir. Lo sé.
Algún día verá una jugada antes que yo.
Algún día mis ojos serán más lentos.
O su cabeza será más rápida.
Algún día empujará una pieza, levantará la mirada y dirá:
—Jaque mate.
Y yo voy a sonreír y me voy a morir de miedo por dentro.
Porque yo ya viví esa escena una vez.
Sólo que estaba sentado del otro lado.
Por eso hoy, mientras pueda, voy a seguir ganándole.
Que se enoje.
Que se levante.
Que diga que no juega nunca más.
Sé que mañana volverá.
Y cuando alguien me mire y me diga:
—Dale, dejala ganar.
Voy a volver a decir que no.
Porque ellos ven una partida de ajedrez.
Yo veo otra cosa.
Veo un viejo cajón de Pepsi.
Veo a mi padre sentado frente a mí.
Veo todas aquellas tardes que creí que durarían para siempre.
Y comprendo, demasiado tarde, que nunca jugué para ganarle.
Jugaba para tenerlo ahí.
Por eso hoy no quiero ganarle a mi hija.
Quiero que vuelva.
Una vez más.
Y otra.
Y otra.
Porque aprendí que la pero derrota en el ajedrez no es perder la reina.
Ni quedarse sin torres.
Ni siquiera escuchar " jaque mate".
La peor derrota es cuando abrís el tablero...
y ya no hay nadie sentado del otro lado.
JAQUE MATE
Terminó otra partida. Volví a ganarle. Mi hija se quedó unos segundos mirando el tablero. Frunció la cara, empujó la silla hacia atrás y se levantó enojada. —No juego más. Se fue. Yo sonreí. No…
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Thoughts
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Permalink¿Tu hija sabe algo de las tardes sobre el cajón de Pepsi con tu viejo?
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PermalinkLos que miran y piden que la deje ganar no ven que el que no afloja también está cuidando algo. Me quedé con eso.
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PermalinkYo sí la dejaría ganar alguna vez, neta. El chico del texto dejó de sentarse después de ganarle al padre, pero la hija puede ser otra: hay gente que gana y vuelve igual, por jugar con alguien que quiere. Me suena a que ese miedo habla más de aquella tarde que de ella.
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PermalinkLa bolsa de paño dormida en un rincón me dejó quieta un rato. Cada casa tiene ese objeto que espera a que un crío lo encuentre.
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PermalinkLa nena va a ganar antes de lo que él cree, y apuesto a que ese mismo día él pide la revancha. Ojalá haya otra parte contando esa tarde, aunque salga dentro de diez años.
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PermalinkEl cajón de Pepsi dado vuelta como mesa me llevó directo a la vereda de casa, que era igual pero con cajón de cerveza.
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PermalinkQué golpe ese cierre.
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PermalinkUy, ese final 😶
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PermalinkLa hija que se levanta enojada y vuelve al rato con la cara ofuscada me hace pensar en que el tablero está haciendo con ella lo mismo que hizo con vos, solo que ahora estás del otro lado para verlo. Apuesto a que el día que ella diga jaque mate vas a pedir la revancha en el acto. Gracias por subir esto!
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PermalinkSi el viejo aflojó esa tarde, fue su forma de decir lo que no decía en la mesa. Los de antes eran así, poh.
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