Augusto le muestra la página del acuerdo y listo, la seguridad era del estadio. Con un papel así nadie se hace cargo de nada, y la chica desangrada en la cancha queda en medio de dos firmas. Me suena a que esa página la redactó alguien que ya sabía lo que iba a pasar en Moscú.
Latidos De Porcelana: Capítulo 7 - Castillos de Arena
Hoy fue uno de esos días. Ya sabes, de esos en los que trato de no ser yo, en los que finjo que me gusta algo para encajar, en los que la pregunta exacta llega en el momento exacto.
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Augusto le muestra la página del acuerdo y listo, la seguridad era del estadio. Con un papel así nadie se hace cargo de nada, y la chica desangrada en la cancha queda en medio de dos firmas. Me suena a que esa página la redactó alguien que ya sabía lo que
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Hoy fue uno de esos días. Ya sabes, de esos en los que trato de no ser yo, en los que finjo que me gusta algo para encajar, en los que la pregunta exacta llega en el momento exacto.
—Padre, madre, como bien saben, cantaré en el festival de la Ressu. Quería preguntarles si ustedes asistirán a verme.
—¡Claro, hija! Eso es un hecho, ¿verdad, Ivar?
Mi padre solo asintió, aunque la idea no le parecía del todo agradable. Este último mes me ha costado el doble de esfuerzo no discutir con él. Quiero, en verdad, mostrarle que soy buena en esto. Debo hacerlo bien. Debo impresionar a mis padres y hacerle cambiar de idea, o tan solo considerar la posibilidad de dejarme hacer esto.
—Hoy me acompañarás a la oficina, Verónica —dijo mi padre.
—Tengo ensayo con los chicos. Nos faltan ensayar algunas canciones más de Mina...
—Ve a bañarte. Salimos en veinte minutos.
No quise discutirle. Me levanté mecánicamente. Llamé a mi sol. Me excusé: no podía asistir hoy.
—¡Ya van a ser dos! Vamos a tener que cambiarlo para mañana.
—¿Dos? ¿A qué te refieres, Sofí?
—Valo tampoco contesta, y no ha aparecido... Así que mejor iremos por ahí a hacer algo, ya me estoy aburriendo aquí esperándolos.
¿Qué le habrá pasado al ermitaño? Le marqué y tampoco me contestó.
—¡Verónica, apúrate!
La voz de mi padre tras la puerta volvió a programar mi otra personalidad.
Llegamos al bufete de mi padre. Me duele la espalda de tanto estirarme, y estos estúpidos zapatos de charol son una tortura. Sí, tengo un outfit de muñeca. A mi padre le encanta. A mí solo me hace pasar vergüenza. Aunque si lo tiñera de negro...
—Hija, él es Augusto Hamling, un colega de la universidad.
—Un gusto, don Augusto.
Estreché su mano. Augusto, a diferencia de todos los vampiros presentes, es bastante cálido. Casi toda la conversación de camino a la oficina fue en torno a preguntarme sobre mi vida, lo cual me hubiese gustado contestar con la realidad y no con lo preparado por mi padre.
Ahora, sentada en una de las sillas de la mesa, mi cerebro se consumía atendiendo al caso de mi padre y Augusto. Más que en clases, imagínate. Discutían sobre una chica. Bueno, no discutían: llegaban a un acuerdo. Augusto representaba a una chica norteamericana que fue atacada en el recinto del estadio de Moscú, y mi padre representaba a dicho estadio. La cosa no pintaba para bien, y lo que me fui enterando me dejó perpleja. A la chica la habían atacado dentro del recinto. Estaba desangrada en medio de la cancha. Al parecer, la habían atacado unos animales. Por suerte, la chica estaba viva, y según parece, y según dicen los documentos, en su declaración no recuerda nada.
Me acabó de dar cuenta de la mirada de orgullo de mi padre mientras ojeo los papeles de la chica. No, papá. No me interesan las leyes. Me preocupa la chica.
—Don Augusto... Disculpe, pero ¿la chica está bien ahora?
—Sí, está bien, en el hospital de Moscú. Aún no recuerda nada. Quizás el trauma de lo sucedido.
—Estoy viendo la fecha y... ¿ese día fue el concierto de Mina Virtanen?
—Exacto. Mina estuvo ahí.
Me volvió una sensación extraña en la base del cuello. Cotorrita y yo iríamos a ese festival. Pudimos ser nosotras.
—¿Alguna pregunta más, hija? —mi padre me miraba con interés. Quería que yo participara, pero en verdad el tema va por otro lado.
Pensé en una pregunta. Busqué falencias. Algo con que aportar que no suene estúpido.
—Si Mina estuvo ahí... ¿no se supone que ella llevaba a su propia seguridad?
Augusto, tan cálido de presencia como de cortesía, esbozó una sonrisa contestándome que ellos solo se preocupaban por la artista, y que el estadio tenía su propia seguridad.
Esta vez mi padre me miraba al borde de la decepción.
—Es un hecho que está en esta página —Augusto levantó las hojas y me mostró donde se especificaba ese acuerdo.
Le devolví la misma sonrisa, con riesgo de quebrarse por la mirada de mi progenitor.
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Al término de la jornada, nos sentamos en una cafetería con mi verdugo. Solos él y yo.
Me llamó la atención cómo, tan de repente, las nubes se oscurecieron sobre el sol.
—Veremos a una clienta. Necesito que te comportes y no hagas preguntas absurdas.
—Padre, me gustaría poder hablar algo contigo.
—Dime.
—Mañana tengo ensayo con los chicos. Es importante... Temo que quieras que participe más, pero en verdad tengo que ir...
Mis palabras se cortaron de repente. A mi derecha se sentó una mujer muy alta, de un peinado moderno cortado hasta el mentón y dos mechones rojos. Y a mi izquierda...
—Un gusto conocernos al fin.
—Lo mismo digo, señorita Virtanen. Ella es mi hija, Verónica Petrova. Saluda, Verónica.
No podía hablar. Mi descortesía era una mandíbula desencajada y ojos redondos, sin poder despegarlos de los verdes de ella.
—¿Verónica? —repitió mi padre.
Estreché la mano de mi diosa —digo, de Mina Virtanen—. Fingí moderación, pero ella me devolvía una risita tan cantarina que me derritió por dentro. Mientras, la otra mujer parecía fulminarme con su mirada. Me dejó con la mano estirada.
Mi mirada iba de mi café a Mina en lapsos. Discutían del caso de la chica. Mi padre les tranquilizaba con respecto al caso, más hablando con la mujer alta, porque Mina y yo no parábamos de mirarnos, sonriendo ambas como tontas. Como si fuéramos cómplices de una amistad oculta.
—Qué hermosa te ves, querida... Pareces una muñequita.
—¡G-gracias! Es mi vestido favorito.
—Si lo tintaras de negro, se vería aún más espectacular.
—¡Verdad que sí!
Recompuse mi voz. Había cortado por un instante la charla de Cassandra y mi padre, así que volví a esbozar mi máscara. Mina me acarició el dorso de la mano.—No me la volveré a lavar. Sé que es cliché, pero en verdad me la cortaré y la pondré en un marco.
—¿La preparatoria Ressu? —se sorprendió Mina al escuchar que mi padre mencionó que yo iba ahí.
Y al igual que a mí, a Mina no le importó el siguiente discurso de mi padre sobre mi futuro. Sus ojos recorrían mi outfit y mi cara con una sonrisita tan dulce. ¡Es tan hermosa, Dios!
—Yo tengo una solicitud de tu preparatoria... ¿Lo sabías?
—¡Sí! Yo... yo cantaré ahí también. Se supone que, si aceptas, yo seré tu segunda voz.
—¡Oh! Sería maravilloso. ¿No crees, Cassandra?
—Sí, sería un espléndido espectáculo —respondió la otra.
Aunque su rostro pasara del juicio a un amor incontenible al mirar a Mina, su sonrisa tembló al volverme la mirada. Creo que la ama tanto como yo. O quizás más. Admito que me da bastante miedito. Es como si contuviera una máscara de demonio detrás de esas facciones de juicio.
—Qué lindo va a ser, las dos juntitas cantando en el escenario. Tan juntitas que seríamos una sola. ¿Te lo imaginas, mi amor? Solo de pensarlo... tú ahí, conmigo, mientras todos nos gritan, y tú abrazándome así, apretadita contra mí... ¡Ay, qué deleite!
—¿En verdad piensas eso?
—¡Claro que sí, querida! ¡Obvio que sí! Ya somos amigas, ¿no? Solo prométeme una cosita: ese día te vas a poner un vestido tan hermoso como el que traes ahora... pero más ajustado. Aquí. Que se te note todo. Hay que exhibir la sensualidad, ¿no lo crees, mi amor? No me digas que no, porque me pongo triste.
—¡Sí! ¡Obvio que sí! Tienes razón, aunque estoy flacucha —reí.
Chasqueó la lengua y me dijo:
—No seas tontita, mi amor...
Y luego me susurró:
—A los hombres les encantan las chicas que parecen mosquitas muertas... para luego sorprenderse cuando te desnudas encima de ellos.
Lo dijo con una sonrisa tan melosa que el calor me golpeó el rostro de lleno. Gemí de nervios; sé que es seductora, pero no imaginaba que a ese nivel. Y comencé a reírme como tonta mientras me abanicaba con la mano.
—Yo no...
—Oh, bueno... algún día lo entenderás, querida.
El tiempo se hizo bastante corto. Jodidamente corto. Pero lo suficiente para una selfie con mi amada. ¡Ja! Cotorrita, te vas a morir cuando la veas. Te la mostraré en persona solo para deleitarme con tu expresión.
Mi padre se quedó un instante más con ella, devolviéndole los papeles de la demanda. Mientras, la otra mujer posó su mano en mi hombro. El frío de su mano atravesó mi vestido, como esas bolsas de hielo para los golpes. Le devolví la mirada y ella parecía hurgar en mis ojos.
—Así que cantarás.
—Sí.
—¿Y tu banda? ¿Están todos preparados?
—Hacemos todo lo posible para sonar bien.
—¿Todos fueron hoy sin ti?
—Bueno... no todos.
Espera. ¿Cómo supo que hoy tenía ensayo? Bueno, imagino que es una profesional de la gestión y logística. Por algo está con Mina.
—Faltó otro chico, pero ya le llamaré.
—Llámalo... Como buena líder, debes preocuparte por el bienestar de todos.
—Sí, eso haré...
—Es un juramento...
Se apartó de mí, junto a mi deidad. No pude evitar abrazar a mi papá con todas mis fuerzas. Me dio palmaditas en la espalda para que lo soltara, pero me negué. Es un buen papá. ¡Todo este tiempo te juzgué mal!
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Mientras mi padre conducía hacia Töölö, me tenté a enviarle la foto a la cotorrita. ¡Me tenté! La cotorrita y Lucas estaban en la puerta de mi casa esperándome. Sí. Todo iba a la perfección. Todo alineado para que este extraño, oscuro y raro día volviera a iluminarme.
Pero ya sabes cómo es mi vida, ¿no? Todo parece ir bien hasta que todo empieza a ir bastante mal. Como darle una patada a la base de un castillo de arena y observar cómo comienza a derrumbarse de a poco... y más y más, hasta que solo queda un montículo patético de un edificio que soñaba con ser un castillo de verdad.
—Hemos llegado a un acuerdo con Augusto. Mañana me acompañarás al juzgado y veremos otro caso.
—Pero papá, mañana tengo el ensayo para la presentación con Mina. ¡Ella aceptó! ¿La viste?
—Harás lo que te pido, Verónica.
—Pero... ¿por qué, papá? El festival es en cuatro meses más, y el último álbum de Mina es extenso... Todo debe ir a la perfección...
Cortó mis palabras con su rostro rebosante de seriedad. Y pronto lo entendí todo. O eso me hizo entender. Me mostró por última vez a Mina Virtanen... como una despedida. Solo una última vez más, para luego encaminarme en lo que a él le parece. Lo entendí en su mirada. No hizo falta que lo explicara.
—Papá.
—Dime.
—Cantaré en el festival, ¿cierto?
El silencio fue la respuesta.
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En la puerta de nuestro edificio, mi padre apago el motor diciéndome un "despídete de tus amigos" sin haberles saludado antes. Pero lo detuve de su brazo. Le dije que no. Que cantaría igual en la Ressu. Que por eso me había esforzado tanto en los estudios hasta la noche. Que iba a la biblioteca cargando esas torres de libros de derecho una y otra vez, leyéndolos todos y memorizándolos.
Me dijo que hoy demostré poca competencia. Que incluso me dejé llevar por las emociones. Que si llegaba a ser una abogada exitosa, cómo podría pretender ser profesional si me quedaba en blanco frente a una celebridad. Continuó diciéndome que me falta camino por recorrer.
Ni me di cuenta de que le estaba respondiendo casi a gritos. Me parecía tan injusto lo que hacía conmigo; no podía actuar así, no ahora, no en un día que se suponía perfecto. Pero me gritó. Sofía y Lucas lo notaron de inmediato, a pesar de que el auto tenía todas las ventanas y puertas cerradas.
No recuerdo qué fue lo que mi padre dijo con exactitud. Solo recuerdo el temblor de mis manos y la vista borrosa. Y luego un portazo cuando mi padre bajó.
Sofía y Lucas me recibieron. Me senté en la acera a llorar como una tonta. Lucas me abrazó mientras mi sol me acariciaba el cabello. No preguntaron nada. Solo se preocuparon por contenerme un ratito más.
Ivar Petrov, no puedo odiarte. Pero tampoco haces fácil que mi cariño se sustente más sobre ti de lo que me permites mantenerlo.
Thoughts
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PermalinkOe, la mano de Cassandra fría como bolsa de hielo y encima sabía lo del ensayo. Gestora de logística, ya pues.
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PermalinkVerónica abrazando a su padre en la cafetería y, unas horas después, el portazo del coche. Me suena a que Ivar todavía cree que la está protegiendo, también de Mina, y apuesto a que la selfie con ella va a terminar siendo la prueba de algo que Verónica todavía no ve. Cassandra preguntando por el chico que faltó no fue casualidad.
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PermalinkAugusto le muestra la página del acuerdo y listo, la seguridad era del estadio. Con un papel así nadie se hace cargo de nada, y la chica desangrada en la cancha queda en medio de dos firmas. Me suena a que esa página la redactó alguien que ya sabía lo que iba a pasar en Moscú.
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