Leo se puso de pie serenamente. Extendió la mano derecha hacia Clarisse y, con los dedos índice y medio de la otra mano, caminó sobre su propia palma abierta: la seña de ir juntos.
Clarisse no necesitó que lo escribiera en la libreta. Comprendió el gesto al instante.
Puso su mano sobre la de él. Al sentir la calidez de los dedos de Leo entrelazándose con los suyos, la princesa supo que la búsqueda de sí misma había llegado a su destino. Por primera vez en mucho tiempo, caminar sin rumbo dejó de sentirse como estar perdida.